El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se apresuró a tender un puente con el hombre que acaba de desmontar uno de sus apoyos más útiles en la Unión Europea. Péter Magyar, vencedor de las elecciones húngaras y futuro jefe del Gobierno, habló este miércoles por teléfono con Netanyahu en una conversación que el Ejecutivo israelí describió como “cálida” y de carácter introductorio. Según la nota difundida por la oficina del mandatario israelí, Magyar le trasladó su voluntad de trabajar con Israel con “plena colaboración” y ambos coincidieron en la necesidad de reforzar los lazos entre los dos países.
La llamada no llega en un momento cualquiera. Apenas han pasado unos días desde la derrota de Viktor Orbán, durante años el aliado más sólido de Netanyahu dentro del bloque comunitario. Budapest sirvió a Israel como dique político en Bruselas cuando crecían las críticas por la ofensiva sobre Gaza y también como gesto internacional de alto valor simbólico cuando Orbán se negó a ejecutar la orden de arresto del Tribunal Penal Internacional y terminó sacando a Hungría de la corte. La caída del líder ultranacionalista ha dejado a Netanyahu sin un socio que durante más de una década convirtió la amistad política en cobertura diplomática.
Por eso el contenido de la conversación importa más de lo que aparenta. Netanyahu no habló con un dirigente consolidado, sino con un primer ministro electo que todavía no ha tomado posesión y que ha construido buena parte de su victoria prometiendo reparar el vínculo con la Unión Europea, rebajar la confrontación permanente de la era Orbán y restablecer contrapesos internos. Ese giro no convierte a Magyar en un dirigente hostil a Israel. De hecho, ya había adelantado que aspira a una relación “pragmática” con el Gobierno israelí. Pero sí dibuja un escenario nuevo: continuidad en la interlocución bilateral, menos automatismo en la defensa política y más atención al encaje europeo.
El equipo de Magyar tiene incentivos evidentes para no abrir un frente innecesario con Israel en el arranque de la legislatura. Hungría necesita recomponer su imagen exterior, desbloquear miles de millones de euros congelados por Bruselas y convencer a las capitales europeas de que el cambio político no es cosmético. Entrar en una crisis diplomática inmediata con Netanyahu no le reportaría nada. Tampoco a nivel interno. Magyar ha ganado con una coalición social amplia, heterogénea, cansada de la corrupción y del agotamiento del modelo Orbán, pero no sobre la base de una política exterior ideológica. Su discurso apunta más a la eficacia y al reequilibrio que a los gestos grandilocuentes.
Aun así, una cosa es preservar la relación bilateral y otra replicar el papel que desempeñó Orbán. Ahí está la clave. El todavía primer ministro saliente fue para Netanyahu mucho más que un aliado europeo. Lo defendió frente a las “difamaciones internacionales”, según palabras del propio mandatario israelí, bloqueó posiciones comunes más duras de la UE y ofreció un escaparate político muy valioso en un momento de creciente aislamiento. Magyar no ha dado señales de querer asumir esa función. Su victoria ha sido leída en distintos medios europeos precisamente como el fin del principal obstáculo interno que tenía la UE para moverse con más libertad en dosieres como Ucrania, el Estado de derecho o las relaciones con socios externos incómodos.
Netanyahu busca un nuevo anclaje en Budapest
Desde Israel se intenta vender la llamada como una garantía de continuidad. Tiene lógica. Netanyahu necesita proyectar que el cambio en Budapest no implica una pérdida súbita de influencia. El problema para su Gobierno es que la nueva etapa húngara nace con otra música. Magyar quiere acercarse a Bruselas, recuperar interlocución con sus socios y corregir la imagen de anomalía política que Orbán dejó instalada. Ese reposicionamiento puede no romper nada de inmediato con Israel, pero sí alterar el tono y, sobre todo, los reflejos automáticos de la diplomacia húngara.
También pesa el contexto regional. Reuters ha recogido que la salida de Orbán despeja en parte uno de los vetos más persistentes contra la agenda europea de apoyo a Ucrania. Magyar no es un dirigente abiertamente pro-Kiev, pero sí menos alineado con Moscú que su antecesor. Ese matiz ya cambia el tablero. Y cuando cambia el tablero con Rusia y Bruselas, cambia también la posición desde la que Budapest negocia cualquier otra relación estratégica, incluida la que mantiene con Israel.
De momento, el primer contacto ha servido para rebajar incertidumbres. Netanyahu salva la foto de la continuidad. Magyar evita un choque prematuro. Falta lo importante: ver si esa “plena colaboración” se traduce en una relación normal entre dos gobiernos o en la reedición, improbable, de la alianza política sin reservas que Orbán puso al servicio de Israel dentro de Europa.