La ONU ha lanzado una de sus denuncias más duras contra la deriva militar de Estados Unidos en Oriente Próximo. Tom Fletcher, secretario general adjunto para Asuntos Humanitarios y máximo responsable de la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), ha afirmado que el dinero que Washington ha destinado a la guerra contra Irán en menos de dos semanas habría bastado para financiar el plan prioritario con el que la organización pretende salvar 87 millones de vidas en 2026. La comparación, demoledora en términos políticos y morales, resume para Naciones Unidas la dimensión del colapso humanitario global: faltan fondos para sostener a millones de personas mientras sobran recursos para la guerra.

Fletcher formuló esa crítica durante una intervención en Chatham House, en Londres, en la que cargó contra el coste de la ofensiva estadounidense y contra la normalización de una retórica política cada vez más violenta. Según expuso, por cada día del conflicto se están gastando 2.000 millones de dólares, mientras que el objetivo total de su “plan hiperpriorizado” para salvar 87 millones de vidas asciende a 23.000 millones. Su conclusión fue tan simple como devastadora: ese plan podría haberse financiado en menos de una quincena de guerra.

La cifra no es una ocurrencia retórica. OCHA viene defendiendo desde finales de 2025 un plan de choque basado en prioridades extremas para 2026, con el argumento de que los recortes en ayuda han obligado a la ONU a concentrarse en las personas con más riesgo inmediato de morir. En ese marco, el organismo fijó en 23.000 millones de dólares la cantidad necesaria para llegar a 87 millones de personas con apoyo vital. Fletcher ya había reclamado en marzo a los gobiernos que eligieran “humanidad” para sostener ese esfuerzo, en un contexto de recortes sin precedentes.

Bombas para la guerra, tijeras para la ayuda

La dureza del mensaje no se explica solo por el coste del conflicto con Irán, sino por el agujero financiero que afronta todo el sistema humanitario. Fletcher ha advertido de que el presupuesto humanitario se ha desplomado prácticamente a la mitad y de que OCHA arrastra un déficit de alrededor de 10.000 millones de dólares, una brecha que amenaza con dejar sin cobertura a millones de personas en los escenarios más vulnerables del planeta. El jefe humanitario vincula ese deterioro a dos factores: los recortes de ayuda exterior y el desvío de prioridades presupuestarias hacia defensa y seguridad.

La acusación contra Washington encaja, por tanto, en una crítica más amplia. La ONU sostiene que el problema no es solo cuánto cuesta esta guerra, sino qué revela ese gasto sobre las decisiones políticas de las grandes potencias. Mientras el conflicto absorbe miles de millones de dólares, los llamamientos humanitarios siguen infrafinanciados y los organismos internacionales se ven obligados a seleccionar a quién pueden ayudar y a quién no. La imagen que traslada Fletcher es la de un sistema internacional que ha normalizado invertir en destrucción mientras regatea recursos para evitar muertes evitables.

En su intervención, el responsable de OCHA también alertó de que la guerra no solo mata por la vía directa de los bombardeos. Sus efectos económicos se expanden mucho más allá del campo de batalla. Reuters informó hace unos días de que el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo calcula que una inversión de 6.000 millones de dólares podría evitar que 32 millones de personas caigan en la pobreza a causa del encarecimiento energético derivado de la guerra en Oriente Próximo. El mensaje de fondo es el mismo: el coste de la guerra se multiplica en los mercados, en la inflación, en el precio de los alimentos y en la fragilidad de los países importadores de energía.

La denuncia de Fletcher se produce, además, en plena intensificación del debate sobre el impacto global del conflicto con Irán. The Guardian ha subrayado que el coste directo e indirecto de la guerra ya desborda el plano estrictamente militar y amenaza con arrastrar a millones de personas a un empeoramiento de sus condiciones de vida, especialmente en regiones empobrecidas de África y Asia. Ese deterioro se suma a la crisis preexistente de desplazamientos, inseguridad alimentaria y colapso sanitario en numerosos frentes abiertos.

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