Los ataques de Javier Milei contra Luiz Inácio Lula da Silva ya tienen consecuencias diplomáticas. Brasil ha decidido que su embajador en Buenos Aires, Julio Bitelli, no regrese a su puesto y dejará la representación en Argentina en manos de un encargado de negocios.

No es una ruptura formal de relaciones. La Embajada brasileña seguirá abierta y los canales administrativos continuarán funcionando. Tampoco supone, por el momento, la suspensión de los intercambios comerciales o de la cooperación dentro del Mercosur. Pero sí representa una degradación política de la relación entre las dos mayores economías de Sudamérica.

El Gobierno brasileño ha comunicado la decisión al embajador argentino en Brasilia, Daniel Raimondi. Bitelli, llamado a consultas después de la última visita de Milei a São Paulo, no volverá a Buenos Aires. La interlocución diplomática queda así reducida a un nivel inferior, sin una fecha fijada para la normalización de las relaciones.

La medida llega después de que el presidente argentino volviera a llamar a Lula “ladrón”, “corrupto” y “expresidiario”. Milei también atacó al magistrado del Tribunal Supremo brasileño Alexandre de Moraes, una de las figuras más cuestionadas por el bolsonarismo.

Las descalificaciones no son nuevas. Milei ya utilizó esos términos durante la campaña argentina de 2023 y los ha repetido desde su llegada a la Casa Rosada. La diferencia está en el contexto y en el lugar elegidos para hacerlo.

A finales de julio, el dirigente argentino viajó a São Paulo para participar en un acto del bolsonarismo. Allí respaldó la candidatura presidencial del senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, y volvió a cargar contra Lula y contra la Justicia brasileña. El Gobierno de Brasil interpretó la intervención como una afrenta institucional y como una intromisión en su proceso electoral.

La confrontación ha dejado, por tanto, de ser una sucesión de declaraciones entre dos presidentes ideológicamente enfrentados. El conflicto personal entre Milei y Lula ya condiciona la relación entre Argentina y Brasil.

El método Milei llega a las embajadas

Milei ha trasladado al escenario internacional una fórmula que utiliza de manera habitual en la política argentina: identificar enemigos, elevar el tono y convertir cada desacuerdo en una batalla ideológica.

El presidente argentino divide a los gobiernos extranjeros entre aliados y adversarios. En el primer grupo sitúa a Donald Trump, a la familia Bolsonaro, al genocida Benjamin Netanyahu y a diferentes dirigentes de la extrema derecha europea y latinoamericana. En el segundo coloca a los ejecutivos progresistas de la región.

Ese planteamiento refuerza su perfil ante un electorado que valora la confrontación. También permite que Milei se presente como uno de los principales representantes de una ofensiva internacional contra la izquierda, el multilateralismo y las instituciones que identifica con el llamado “globalismo”.

Sin embargo, la política exterior no termina en una intervención ante simpatizantes. Las declaraciones de un presidente comprometen al Estado que representa, especialmente cuando se producen en territorio extranjero y durante un acto electoral de la oposición.

Hasta ahora, el Gobierno de Lula había intentado separar las provocaciones de Milei del funcionamiento cotidiano de la relación bilateral. Las cancillerías, los ministerios económicos y los equipos técnicos mantuvieron abiertos los contactos necesarios, pese a la ausencia de diálogo presidencial.

Brasil también evitó responder a cada ataque con una medida equivalente. La decisión de no devolver a Bitelli a Buenos Aires indica que esa estrategia ha alcanzado un límite. Brasilia ha optado por convertir su malestar en una decisión institucional. La retirada del embajador no paraliza las relaciones, pero envía un mensaje político claro: Brasil ya no considera los ataques de Milei una cuestión exclusivamente retórica o personal.

Milei entra en la campaña de Brasil

El último episodio tiene una dimensión especialmente sensible. Milei no se limitó a cuestionar las políticas de Lula desde Argentina. Viajó a Brasil para participar en una convocatoria del partido de Bolsonaro y respaldar a uno de los candidatos que competirán contra el actual presidente.

Su presencia permitió al bolsonarismo presentar el acto como una reunión de dirigentes internacionales de la derecha. Para el Gobierno brasileño, en cambio, supuso la participación de un jefe de Estado extranjero en la campaña interna del país.

Milei utilizó el escenario para insistir en que Brasil debía abandonar el socialismo y para presentar al candidato bolsonarista como una alternativa política. También atacó a Moraes, convertido en objetivo habitual de la extrema derecha por las causas judiciales relacionadas con Bolsonaro y con el intento de alterar el orden democrático brasileño.

La respuesta fue inmediata. El Ministerio de Exteriores convocó al embajador argentino para trasladarle su rechazo y llamó a consultas a Bitelli. Días después, Brasil confirmó que el diplomático no regresaría a Buenos Aires y que la relación quedaría en manos de un encargado de negocios.

La crisis coincide, además, con una campaña electoral marcada por las denuncias de injerencia extranjera. Lula ha colocado la defensa de la soberanía brasileña en el centro de su candidatura y acusa a gobiernos y dirigentes internacionales de intervenir en favor del bolsonarismo.

La actuación de Milei encaja en esa denuncia. Aunque el presidente argentino puede presentar su viaje como un gesto de afinidad ideológica, el Gobierno brasileño lo interpreta dentro de una ofensiva política que busca debilitar a Lula antes de las elecciones.

Una relación sin diálogo en la cumbre

La relación entre Milei y Lula nació deteriorada. Durante la campaña electoral argentina de 2023, el dirigente ultraderechista calificó al presidente brasileño de “comunista” y “corrupto”. También cuestionó el Mercosur y aseguró que no promovería vínculos políticos con gobiernos socialistas.

Después de la victoria de Milei, su futura ministra de Exteriores, Diana Mondino, viajó a Brasilia para intentar rebajar la tensión. Entregó a Lula una invitación para asistir a la toma de posesión del nuevo presidente argentino y destacó la importancia estratégica de la relación bilateral.

Lula no acudió a la investidura del 10 de diciembre de 2023. Brasil estuvo representado por su ministro de Exteriores, Mauro Vieira. Quien sí asistió fue Jair Bolsonaro, que ocupó un lugar destacado entre los invitados internacionales.

Desde entonces, Milei y Lula han coincidido en encuentros multilaterales, pero no han celebrado una reunión bilateral oficial de trabajo. El saludo distante que protagonizaron durante la cumbre del G20 en Río de Janeiro no modificó el fondo de la relación. Según Reuters, los dos mandatarios siguen sin haber mantenido un encuentro oficial desde la llegada de Milei al poder.

El vacío presidencial ha obligado a los ministros, embajadores y técnicos a gestionar los asuntos cotidianos. Esa estructura permitió que la cooperación continuara incluso durante los momentos de mayor enfrentamiento.

En 2024, Brasil asumió la custodia de la Embajada argentina en Caracas después de que el Gobierno de Nicolás Maduro expulsara a los representantes diplomáticos argentinos. El episodio mostró hasta qué punto los intereses estatales podían mantenerse al margen de la hostilidad entre los presidentes.

Esa separación es ahora más difícil. Al retirar a su embajador, Brasil eleva el coste institucional de la disputa y reduce el principal canal político permanente entre los dos gobiernos.

Brasil no es un socio más

El enfrentamiento adquiere especial importancia por el peso de Brasil para la economía argentina. No se trata de una relación exterior secundaria ni de un socio que pueda sustituirse con rapidez.

Brasil fue el principal destino de las exportaciones argentinas en 2024, con alrededor del 17% del total vendido por el país al exterior. El mercado brasileño resulta especialmente importante para sectores industriales que no tienen una colocación sencilla en otros destinos.

La industria automovilística es uno de los ejemplos más claros. Las fábricas argentinas y brasileñas forman parte de una cadena de producción regional en la que vehículos, piezas y componentes cruzan la frontera varias veces antes de llegar al consumidor.

También existen relaciones estrechas en energía, petroquímica, maquinaria, productos agrícolas y manufacturas. Una parte considerable del empleo industrial argentino depende directa o indirectamente de ese intercambio.

La crisis diplomática no implica que ese entramado vaya a detenerse. Las empresas seguirán comerciando y los organismos técnicos mantendrán sus reuniones. Sin embargo, la ausencia de diálogo político puede complicar la resolución de conflictos, retrasar acuerdos sectoriales y reducir la capacidad argentina para negociar en condiciones favorables.

Brasil y Argentina son, además, los dos pilares históricos del Mercosur, el proceso de integración creado inicialmente junto con Paraguay y Uruguay. El bloque fue concebido, entre otros objetivos, para transformar una relación marcada durante décadas por la rivalidad en una estructura estable de cooperación.

Las diferencias entre los dos gobiernos ya afectan al debate sobre el futuro del bloque. Milei reclama mayor libertad comercial y cuestiona algunas de sus estructuras. Lula defiende una integración regional con mayor coordinación política y capacidad de negociación conjunta.

Sin interlocución entre Buenos Aires y Brasilia, cualquier avance relevante se vuelve más difícil.

Una crisis al servicio de la ultraderecha

El Gobierno argentino sostiene que sus decisiones exteriores responden a principios y no a conveniencias coyunturales. Milei considera que respaldar a sus aliados forma parte de una batalla política internacional y no oculta su intención de participar en ella.

La cuestión es qué obtiene Argentina de esa estrategia. La crisis con Brasil no se ha producido por una disputa comercial, una diferencia fronteriza o una negociación en la que Buenos Aires estuviera defendiendo un interés concreto. El detonante ha sido la decisión del presidente argentino de apoyar a la oposición brasileña y atacar públicamente al Gobierno del país.

Milei puede obtener visibilidad en los foros internacionales de la derecha y reforzar su alianza con Trump y los Bolsonaro. Argentina, a cambio, pierde capacidad de interlocución con su principal vecino y uno de sus mercados más importantes.

La contradicción es evidente. El presidente que asegura anteponer los intereses argentinos a cualquier consideración política ha deteriorado una relación estratégica para intervenir en una campaña electoral extranjera.

La respuesta inicial de Buenos Aires tampoco apunta a una desescalada. El Gobierno argentino lamentó la decisión brasileña, la calificó de unilateral y acusó a Brasil de aislarse regionalmente por motivos ideológicos. No hubo una rectificación de las palabras de Milei ni un gesto público para facilitar el regreso del embajador.

Un patrón que ya provocó otras crisis

No es la primera vez que las declaraciones de Milei generan un conflicto diplomático.

En marzo de 2024, Colombia ordenó la expulsión de diplomáticos argentinos después de que Milei llamara “terrorista asesino” al presidente Gustavo Petro. La crisis obligó posteriormente a los dos gobiernos a negociar una normalización de sus relaciones.

También hubo enfrentamientos con el Gobierno español después de los ataques de Milei contra Pedro Sánchez y su esposa, Begoña Gómez, durante un acto organizado en Madrid por Vox. España retiró durante meses a su embajadora en Buenos Aires.

En ambos casos, la Casa Rosada presentó la crisis como el resultado de la sensibilidad ideológica de los gobiernos afectados y evitó reconocer responsabilidad por las palabras del presidente.

La repetición de estos episodios muestra que no se trata de errores aislados. El agravio personal se ha convertido en una herramienta de la política exterior argentina.

La diferencia está en el peso de Brasil. Ningún otro país de la región tiene una influencia comparable sobre la industria, el comercio y la inserción internacional de Argentina. Un enfrentamiento prolongado con Brasilia resulta más costoso y más difícil de administrar.

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