25 años han pasado, un cuarto de siglo desde que Al Qaeda atentó contra las Torres Gemelas del World Trade Center y el Pentágono de Estados Unidos. Una imagen imborrable y que aún permanece en el recuerdo político del presente. Prueba de ello, que Israel haya entrado en un paralelismo contradictorio de este episodio histórico con los ataques de Hamás en su país del 7 de octubre de 2023. 

Su primer ministro, Benjamín Netanyahu, recordó este viernes a las víctimas del 11-S haciendo una comparación directa con los ataques de Hamás como si del mismo calado se tratasen ambos acontecimientos: “El 11 de septiembre, Estados Unidos fue golpeado por el mal puro. El 7 de octubre, Israel volvió a ser golpeado por él”, deslizando que ambos países, el Estado hebreo y la potencia norteamericana, son víctimas de la misma lacra. 

De esta manera, señaló que ambos atentados “no son ninguna coincidencia”: “Nos odian a ambos por la misma razón. Porque Estados Unidos e Israel representan la libertad, la democracia, la civilización y la vida”, reivindicó en un vídeo difundido a través de redes sociales.

Netanyahu argumentó que no tiene cabida el comprender “el contexto” de los terroristas porque no existe motivación “que justifique quemar vivas a familias, asesinar deliberadamente a personas inocentes”: “Cuando se trata de terrorismo, no existe un ‘sí, pero’”. Omitiendo intencionadamente el genocidio que su Gobierno y Ejército llevan asestando desde hace tres años sobre el pueblo palestino de la Franja de Gaza. 

El dirigente hebreo prosiguió su discurso del viernes señalando que estos terroristas incitan a la “muerte a Estados Unidos y muerte a Israel” y, frente a ello, alabó el papel de su homólogo en la Casa Blanca, Donald Trump: “Estados Unidos vuelve a demostrar que se enfrenta al terror. Así que hoy recordamos a quienes nos fueron arrebatados y honramos a quienes corrieron hacia las llamas. (...) Nunca nos inclinaremos al terror, nunca nos rendiremos ante el mal y, juntos, lo derrotaremos”, incidió, una tarea en la que aseguró que ambos países se encuentran “juntos”. 

Otros cargos de renombre de Israel, como su presidente, Isaac Herzog, recordó el 11-S con la imagen de las Torres Gemelas “desplomándose hasta el suelo”. “Nunca olvidaremos el valor y el heroísmo de los primeros intervinientes y de los servicios de emergencia, junto con los neoyorquinos de a pie que se adentraron en el fuego y el polvo para salvar la vida de sus conciudadanos”, subrayó. En estos términos, definió a su vez a Washington como “el mayor aliado y amigo” internacional de Tel Aviv. 

Las declaraciones de los altos mandos de Israel con respecto a los atentados del 11-S se enmarcan en un recuerdo colectivo sobre una tragedia de la historia contemporánea. Sin embargo, sus condenas no concuerdan con sus acciones; de hecho, se sitúan en las antípodas de su ofensiva en territorio palestino donde, según datos del Ministerio de Sanidad de Gaza, ya son 73.670 los muertos desde octubre de 2023, cerca de 1.360 desde el inicio del alto el fuego pactado en octubre de 2025. Sumado a ello, cabe tener en cuenta la situación extrema de su población: hambruna, sin hogares ni las necesidades más básicas, sin poder escapar de la zona y asediados por el Ejército israelí. 

El 11-S, el atentado que marcó el inicio del siglo XXI

Al margen de los postulados israelíes, cabe recordar la huella que dejó tras de sí este acontecimiento que marcó el inicio de siglo. Aquel 9 de septiembre de 2011, el mundo enteró miró hacia Estados Unidos, noventa minutos de ataques devastadores, entre las 08.46 y las 10.03 horas (hora local), contra los principales centros económicos y militares del país. Una retransmisión en directo que dejó pegados a los televisores a millones de personas. 

Hasta entonces, nadie se había atrevido a atacar territorio estadounidense a semejante escala desde el bombardeo de la Armada Imperial de Japón sobre la base de Pearl Harbor, aunque rivaliza en simbolismo, el 11-S tuvo un coste humano muy superior: el impacto de los tres aviones contra las torres y el Pentágono, así como el siniestro de un cuarto avión secuestrado en Pensilvania dejaron 2.977 muertos de 103 países a los que habría que añadir 4.600 fallecidos más en los años siguientes, según las estimaciones de los Centros de Control de Enfermedades de Estados Unidos en 2021, por enfermedades físicas o mentales directamente relacionadas con los atentados, o complicaciones médicas derivadas de ellos.

Tras el atentado, comenzó la carrera del mandato de George W. Bush por la guerra en Afganistán y darle muerte a Al Qaeda y el régimen talibán, lo que declinó en la invasión de Irak en marzo de 2003. No obstante, la campaña militar vendida para erradicar supuestas “armas de destrucción masiva” en manos del dictador Sadam Husein terminó por destapar los escándalos y torturas de militares estadounidenses contra prisioneros de guerra, que terminaron por retirarle el crédito internacional a Washington sobre el conflicto. 

Sumándose al derramamiento de sangre y al escenario bélico, lo cierto es que la consecuencia de los atentados y las guerras en Oriente Medio dejaron una huella de señalamiento hacia el sentimiento y cultura musulmana, derivada de la instalación en la conciencia occidental del islam radical como principal enemigo de sus valores.

Lejos de haberse erradicado las tensiones en este episodio, o después de la muerte del líder del grupo terrorista, Osama Bin Laden, en 2011 a manos del Ejército estadounidense, las hostilidades entre Occidente y Oriente continúan, sin ir más lejos, en la actual guerra con Irán que precipitó Washington y Tel Aviv por un presunto rearme nuclear.

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