Mientras el esférico rueda sobre el césped, suele recabar la mayor parte de la atención de lo que ocurre en los grandes estadios del mundo del fúbtol. Sin embargo, más aún si los partidos se siguen por televisión, el balón suele ceder en distintos momentos el protagonismo al contexto político, al apuntar las cámaras en distintas ocasiones a lo largo del tiempo de juego a los palcos presidenciales. Si ya en muchas ocasiones este deporte ha dejado imágenes para el recuerdo en este sentido, la final de este Mundial no podía pasar desapercibida, al tornarse Donald Trump en el anfitrión de una cita que fue seguida por miles de millones de personas en todo el mundo. 

El político republicano y presidente de los Estados Unidos viene siendo la figura que mayor protagonismo está adquiriendo este año, por su capacidad tanto para generar polémica constante como para hacer temblar a todo el panorama internacional. A lo largo de este 2026, Trump ha vivido en una actitud ofensiva constante, no dejando de amenazar con intervenir militarmente en distintos países, haciendo pender de un hilo todas las relaciones comerciales estadounidenses con sus famosos aranceles y presionando a diferentes países a cumplir sus deseos. Venezuela, Irán, la OTAN, la tirantez con Europa, su cercanía con Netanyahu... Estos, sumados a otros tantos asuntos, han controvertido a Trump en una de las figuras más controvertidas, y temidas, del planeta. Caracterizado, además, por su caracter y forma de actuar cambiante e imprevisible, todos estos elementos se convertían en un cóctel por el cual no dejaba de haber miradas de reojo a lo que ocurría en el palco presidencial mientras España hacía gala de un gran fútbol ante Argentina sobre el césped. 

Las grandes ocasiones deportivas, como esta final del Mundial de fútbol, suelen ser una llamada a la unión y a un clima más propicio tanto al diálogo como a unas relaciones más amistosas. Prueba de ello eran las palabras que Tom Cruise pronunciaba antes del inicio del partido, en las que hacía un llamamiento a dar lugar a un contexto menos tenso. Un discurso el de este actor, que se hacía notar de manera especial, teniendo en cuenta que en el palco presidencial se sentaba Donald Trump junto a Gianni Infantino, presidente de la FIFA, (habiendo protagonizado ambos alguna que otra polémica en torno al fútbol durante el campeonato) pero en el que también estaban tanto Pedro Sánchez como los mandatarios de los países coorganizadores del torneo, Claudia Sheinbaum y Mark Carney, de México y Canadá respectivamente. 

En un vistazo rápido, ver a estos responsables políticos compartir palco junto a Trump era una imagen que guardaba la lógica del protocolo al ocupar los asientos de este espacio los anfitriones del torneo como el presidente de uno de los países que competía por el trofeo final. No obstante, por rápido que fuera el vistazo que se echara, era imposible hacerlo sin recordar las tensiones que el mandatario estadounidense ha tenido con España desde el año pasado o que ha impuesto sendos aranceles tanto a mexicanos como canadienses e, incluso, amenazado con anexiones o el uso de tropas en sus territorios. 

Estos palcos presidenciales han dejado a lo largo de los años momentos tantos de cercanía verdadera entre los que allí podían encontrarse, como escenas en las que se atisbaba una simpatía un tanto forzada marcada por la necesidad de abogar por la diplomacia para evitar mayores tensiones entre países. Así, cada vez que las cámaras enfocaban a Trump y al resto de figuras políticas con las que compartía el partido, se hallaban miradas continuadas al terreno de juego y poca conversación entre ellos. Ahora bien, no fue esta la única ocasión en la que el presidente estadounidense se tornaba un controvertido protagonista de la final del mundial.

Donald Trump es, entre otras cosas, conocido por dejar su sello allí donde va, pequeños detalles poco trascendentales en el momento pero muy recordados posteriormente. Teniendo esto en cuenta, aunque llamara la atención, no resultaba tampoco extraño que el presidente estadounidense se saltara el procedimiento habitual en la entrega de la copa al equipo ganador del Mundial para, sin hacer demasiado ruido, a pesar de que Infantino le llamaba a retirarse de la escena, no abandonar el escenario y quedarse junto a los jugadores mientras estos alzaban el trofeo en una imagen para la historia de este deporte (y, ahora, de la política internacional). Una escena que, al menos en lo que se recuerda, muy rara vez se ha dado en este campeonato.

De esta manera, el estadounidense volvía a resultar incómodo pero a lograr su objetivo, no siendo otro que, a pesar de ser consideradas muchas de sus actuaciones un tanto vergonzosas, remarcarse a sí mismo como el dominador del tablero. Tal y como ha sido definido en muchas ocasiones, el matón que al que pocos tienen el valor de plantar cara, que hace y deshace como desea, actuando de manera continuada con la intención de dejar sendos mensajes de su posición autoritaria.

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