Tambores de guerra en la Casa Blanca. La figura de Donald Trump vive uno de sus momentos más frágiles. Su popularidad no deja de caer, prácticamente al mismo ritmo que el estancamiento del Partido Republicano en las encuestas a poco más de tres meses de las elecciones de mitad de mandato que renovarán Congreso y Senado. La sangría es palpable y en la sala de máquinas de Washington se han puesto manos a la obra. Lo hicieron ya en el 4 de julio, celebrando el Independence Day con la restauración de la narrativa anticomunista de la Guerra Fría. Relato que corona ahora el presidente de Estados Unidos con un señalamiento directo a China, responsabilizándole de una injerencia en las presidenciales que perdió ante Joe Biden. A ese recuerdo se aferra el magnate, que trata de coser las fracturas del movimiento MAGA (Make America Great Again) y las fragilidades republicanas apelando al espíritu del intento de golpe de Estado con el asalto al Capitolio. Una retórica para salvar las midterm y escapar de los reveses constantes en su guerra con Irán.
Donald Trump ha vuelto a 2020 porque el presente se le ha vuelto incómodo. En un discurso televisado desde la Casa Blanca, el presidente de Estados Unidos resucitó el relato del fraude electoral que lleva seis años utilizando para negar la victoria de Joe Biden y anunció la desclasificación de documentos de inteligencia que, según su versión, demostrarían una injerencia china de enorme alcance. El magnate acusó a Pekín de obtener de forma ilícita los datos correspondientes a 220 millones de votantes estadounidenses y presentó el episodio como la “mayor vulneración de datos electorales de la historia”.
Su discurso también sirvió para señalar a miembros de la comunidad de inteligencia y acusarles de ocultar deliberadamente la información. Por el momento, no hay documentos que lo acrediten. Tan sólo las artimañas retóricas de un presidente que vive uno de sus momentos de mayor debilidad política a las puertas de unas elecciones que podrían reconfigurar las mayorías en el Congreso y el Senado. Sin embargo, frente a la retórica trumpista, los hechos. La evaluación oficial publicada en 2021 concluyó que ningún actor extranjero alteró ningún aspecto técnico de las presidenciales y que China consideró una operación de influencia, pero no llegó a desplegarla. Los datos mencionados, además, no eran secretos y pueden ser adquiridos de forma habitual por consultores políticos.
La intervención sirve a Trump para desplazar el debate desde los problemas que dominan la actualidad hacia un terreno conocido: el enemigo exterior, la sospecha sobre el sistema electoral y la movilización de una base que sigue considerando central la derrota de 2020. El presidente volvió a reclamar la aprobación de la SAVE America Act, que endurecería los requisitos de identificación, exigiría pruebas de ciudadanía para registrarse y limitaría el voto por correo. La norma ha superado varias veces la Cámara de Representantes, pero no reúne los 60 votos necesarios para vencer el bloqueo demócrata en el Senado.
Irán, el elefante en la habitación
El intento de cambiar la conversación coincide con una nueva escalada en Irán. Estados Unidos ha encadenado seis noches de bombardeos contra objetivos militares e infraestructuras iraníes, mientras Teherán responde con misiles y drones contra posiciones estadounidenses y países aliados en la región. El tráfico por el estrecho de Ormuz se ha desplomado y la posibilidad de una negociación convive con un alto el fuego que Trump ya da por terminado. La guerra, presentada inicialmente como una operación limitada, se ha convertido en un conflicto de cinco meses sin una salida visible.
Ese desgaste ya se refleja en la opinión pública. Una encuesta de Reuters/Ipsos publicada esta semana señala que el 79% de los estadounidenses cree que la implicación militar se prolongará, frente al 65% de finales de marzo. Solo el 37% aprueba los ataques y el 60% espera que la guerra empeore los precios de la gasolina durante el próximo año. La mitad considera que el conflicto no ha merecido sus costes.
El último sondeo de The Washington Post e Ipsos resulta todavía más preocupante para la Casa Blanca. Trump obtiene un 37% de aprobación y un 61% de rechazo. Su gestión económica recibe el respaldo del 33% y su liderazgo de la guerra con Irán cae al 29%. El 68% sostiene que el conflicto no ha valido la pena, seis de cada diez dudan de que las negociaciones reduzcan el precio de los combustibles y dos tercios no confían en que la estrategia estadounidense impida a Irán desarrollar armas nucleares.
La erosión alcanza además a sectores imprescindibles para el trumpismo. Solo un 15% de los encuestados aprueba con firmeza la gestión presidencial, el nivel más bajo registrado por Post-Ipsos durante este segundo mandato. Entre los independientes, el respaldo se limita al 26%, y entre los independientes inclinados hacia el Partido Republicano baja al 52%. El problema ya no consiste únicamente en movilizar a los adversarios de Trump, sino en la posibilidad de que una parte de sus propios votantes llegue a noviembre desmotivada.
La mayoría republicana, en riesgo
Las elecciones de mitad de mandato renovarán los 435 escaños de la Cámara de Representantes y una parte del Senado. Los republicanos afrontan la cita con mayorías estrechas y los demócratas necesitan únicamente tres cambios de distrito para recuperar la Cámara Baja. El promedio de Silver Bulletin sitúa al Partido Demócrata 6,1 puntos por delante en el voto genérico al Congreso, después de haber alcanzado una ventaja máxima de 7,1 puntos a comienzos de junio.
Trump necesita que las Midterm se conviertan en un plebiscito sobre la identidad nacional, la inmigración y la seguridad electoral, no sobre el precio de la gasolina, la inflación o una guerra que prometió evitar. Su discurso del 4 de julio ya adelantó esa estrategia. Durante la conmemoración del 250 aniversario de la independencia, recuperó la retórica anticomunista de la Guerra Fría, advirtió de que el comunismo era una “amenaza mortal” para la libertad estadounidense y proclamó que el sueño americano seguía vivo y que el país entraba en una nueva “edad de oro”.
Dos semanas después, el enemigo ideológico ha dado paso al enemigo electoral. China, los funcionarios de inteligencia, el voto por correo y los supuestos electores irregulares vuelven a formar parte de una misma narración: Estados Unidos estaría amenazado desde fuera y saboteado desde dentro. Es un marco que Trump domina y que le permitió mantener unido al movimiento MAGA después de perder en 2020.
Pero esta vez llega desde la Casa Blanca, con una guerra abierta, una economía que los ciudadanos perciben con pesimismo y unas urnas a menos de cuatro meses. El regreso al fraude electoral no solo mira al pasado. Es, sobre todo, una maniobra para sobrevivir al presente y preparar por adelantado el relato de noviembre.
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