En poco más de un año desde su regreso a la Casa Blanca, espoleado por una mayoría apabullante en el Congreso y Senado, Donald Trump ha abierto más frentes de los que puede asumir. En un 2026 clave para el segundo cuatrienio del magnate, con las midterm en el horizonte – previstas para el mes de noviembre -, el presunto líder del mundo libre se desangra en términos internos y externos. La pulsión imperialista que tiñe sus acciones en Venezuela e Irán provoca hemorragias entre el electorado estadounidense. Incluso en las entrañas del movimiento MAGA. Sus recetas se cimentan sobre la confrontación como herramienta política contra jueces, fiscales, intelectuales, demócratas y medios de comunicación. Pero no todos los enemigos son iguales. O, al menos, no todos cuentan con una influencia que puede ser letal para esas elecciones de mitad de mandato. El choque con el Papa León XIV, estadounidense y una figura con autoridad moral global y capacidad de despertar a una parte de un electorado que fue vital para su reelección, coloca al presidente en terreno ignoto para él y en una vorágine de desgaste constante.
Con los datos en la mano, la guerra vaticana no parece un frente menor. De hecho, todo lo contrario. La disputa de la Casa Blanca con la Santa Sede no se limita a la mera ideología, sino que es una colisión que puede impactar de lleno en uno de los bloques más determinantes en la política norteamericana: el colectivo católico. Hay que retrotraerse al 5 de noviembre de 2024, cuando Estados Unidos dio la espalda a un Partido Demócrata sumido en el caos post Joe Biden. El republicano recuperó el cetro de mando, así como una mayoría en el Congreso y Senado que prácticamente le entregaban las llaves de todo el país. En las elecciones, Trump recabó un 54% del apoyo de los católicos, frente al 44% que optó por la papeleta de Kamala Harris, según los datos recabados por Associated Press.
Y es que los católicos representan aproximadamente uno de cada cinco estadounidenses con derecho a voto, según reflejan los informes de Pew Research Center. Dicho de otro modo: el colectivo católico representa un caladero de sufragios crucial para cualquier aspirante a la Casa Blanca. No obstante, pese a su carácter decisivo, en absoluto representan un movimiento granítico, dado que no es homogéneo. En las últimas presidenciales, Trump se hizo con el apoyo mayoritario del elector católico blanco. Sin embargo, el hispano – otro grupo de enorme relevancia – orbitó en torno a los demócratas.
Según los citados estudios del Pew Research Center, la fragmentación del voto no sólo responde a cuestiones raciales, sino que también comprende divergencias culturales. El colectivo de católicos hispanos tienden hacia una cosmovisión más progresista en cuestiones de calado social y migratoria, por lo que arroja una fotografía poco compacta del colectivo católico como bloque monolítico y lo acerca a una posición más cercana al conglomerado ideológico. Ello implica que cada ataque, iniciativa o comentario permeé de manera diferente entre los estratos de este sector, en virtud del perfil del votante.
Cuestión papal
Pero el contexto actual se aleja de una batalla puramente ideológica, sino que puede acarrear componentes más espirituales. La guerra con el Papa no es una cuestión de fe o se encapsula en doctrina religiosa, sino que puede incurrir en la estrategia electoral. Trump no corre el peligro de perder todo el apoyo católico cosechado en 2024, pero la tensión con la Santa Sede podría traducirse como elemento desmovilizador del norteamericano católico moderado o, en su defecto, la elección de la papeleta demócrata. Al mismo tiempo, el magnate se arriesga a una disminución de la energía electoral que ahora mismo necesita como el pan y el agua para asegurar victorias clave en distritos con el voto más fragmentado.
La colisión con León XIV se sumerge en un caldo de cultivo aún más espeso. Por un lado, la guerra con Irán que algunos expertos se atreven a comparar con el Vietnam de la Administración Trump - a grandes rasgos, claro -. El presidente ya ha notado el impacto de los cerca de 50 días de conflicto con Teherán en términos de popularidad, con unas cifras en caída libre que, a su vez, impactan sobre las paredes de un movimiento MAGA que empieza a separarse del culto a su líder. El Santo Padre, líder moral y espiritual para más de mil millones de católicos en todo el mundo, ha sido una de las voces que con más vehemencia se ha opuesto a la deriva belicista de su compatriota en Oriente Medio, despreciando las intervenciones militares y demandando una recentralización de la diplomacia como arma para solventar conflictos.
“Dios no bendice ningún conflicto”, llegó a advertir el Sumo Pontífice en uno de sus últimos mensajes, exhibiendo su rechazo a la justificación religiosa que promueven desde algunos sectores de la derecha. La oposición del Papa pone en evidencia la fractura con la base tradicionalista, que tiene a la figura religiosa como referente moral. No obstante, el magnate también ha reconvertido tal colisión en un intento de recoser los tejidos de su base MAGA. Mientras tanto, su compatriota en El Vaticano mantiene firme su postura opositora a Trump, sugiriendo que ignora la magnitud de la amenaza global que representa Irán.
La disyuntiva de Trump
En este sexenio trumpista ha quedado claro que el republicano está plenamente capacitado para transformar cualquier choque en un catalizador político para sus fervientes seguidores. Es posible que, en este marco, su base más radical pase por alto el enfrentamiento con El Vaticano. Pero estas confrontaciones suelen tener un precio. Máxime cuando León XIV se suma al coro del ‘no a la guerra’ que, a su vez, sitúan al presidente de Estados Unidos ante una disyuntiva estratégica: mantener el telón imperialista e incendiar al sector más fiel a la Iglesia católica o edulcorar su posición a riesgo de debilitar la imagen de hombre rudo ante sus votantes más conservadores.
En cualquier caso, la guerra de Irán ha servido como desencadenante del campo de batalla entre Washington y la Santa Sede, pero eso no quiere decir que sea el único. El Papa no sólo limita su oposición al trumpismo en clave bélica, sino que la abrocha con el botón de la inmigración: elemento incandescente en la política norteamericana. La Iglesia, especialmente en sus sectores de origen hispano, defiende una política de acogida y solidaridad que se sitúa a años luz de distancia de la agenda de Trump. Un contraste que también fue clave para que una nutrida representación del colectivo se aleje de la retórica del presidente. En otras palabras, una nueva fuente de desgaste con vistas a las midterm.
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