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Luiz Inácio Lula da Silva, más conocido como Lula, ha ganado la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil con casi un 52% de los votos y su rival, el ultraderechista Flavio Bolsonaro, se niega a reconocer el resultado. “Es imposible reconocer el resultado en esas condiciones”, ha reaccionado el perdedor. La historia se repite cuatro años después en el país sudamericano, con el líder del Partido de los Trabajadores (PT) saliendo victorioso de los comicios y el cabecilla del Partido Liberal rechazando el dictamen de las urnas.
Algo muy similar sucedió en 2022, cuando Lula se impuso a Jair Bolsonaro, padre de Flavio. Por aquel entonces, el que fuera presidente de Brasil no aceptó el resultado electoral y protagonizó un intento de golpe de Estado, con la ayuda de altos cargos de las Fuerzas Armadas y de miembros de su partido, que derivó en el asalto del Congreso Nacional y la Corte Suprema de Justicia. Finalmente, la democracia triunfó sobre el golpismo y el impulsor de los actos criminales fue condenado a 27 años de prisión.
El hijo del golpista sigue ahora el mismo camino, si bien no cuenta con el control Estatal que tenía su padre, en el ejercicio de la Presidencia cuando fue derrotado. No obstante, esto no ha impedido a Flavio Bolsonaro difundir los habituales bulos sobre el amaño electoral, que solo se produce, casualmente, cuando no gana la ultraderecha. Una pataleta lacrimógena que normalizó en su momento el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y que ahora replican todos sus candidatos de paja cuando son derrotados democráticamente.
"Es imposible reconocer los datos de las elecciones en el contexto de cómo sucedieron estas cosas”, se ha pronunciado el candidato ultraderechista. “Vamos a emprender acciones legales y solicitar la anulación de estas elecciones", ha proseguido, replicando la estratégica habitual y sembrando el miedo a una reedición del golpe del Estado. El argumento de Bolsonaro para sostener la tesis del amaño se basa en la prolongación de la votación durante dos horas, pese a que fue defendido hasta desde su propio partido.
Esta decisión fue tomada por el Tribunal Supremo Federal debido a los fallos en el transporte público que decenas de miles de ciudadanos necesitan para acudir a votar. Los votantes denunciaban que estas fallas se habían producido debido al sabotaje de algunos alcaldes bolsonaristas y el Partido de los Trabajadores solicitó a la Corte Suprema la ampliación del horario. El Partido Liberal, lejos de negarse, también solicitó la ampliación del horario de votación, aunque quería concentrarlo solo en cinco estados (Sao Paulo, Santa Catarina, Paraná, Minas Gerais y Rio Grande do Sul).
Cristiano Zanin, en consecuencia, decidió paralizar le recuento, que apenas llevaba un 0,1%, y prolongó los tiempos. Bien entrada la madrugada española, se confirmaba que Lula había hecho historia, siendo el primer candidato brasileño en remontar una primera vuelta, y había ganado las elecciones con un amplio margen, aventajando a Bolsonaro en más de tres puntos. En ese momento comenzaba la conspiración ultraderechista, aludiendo a un cambio de "las reglas del juego en medio del juego" y de “atropello a la Justicia electoral especializada”.
"Esto nunca había ocurrido en la historia de Brasil, hubo una ruptura total de la igualdad entre los brasileños de diversas ciudades y estados", ha denunciado el Bolsonaro. Sin embargo, estas quejas no están fundamentadas. El presidente del Tribunal Superior Electoral (TSE), Kassio Nunes Marques, la “Justicia electoral especializada” a la que alude, ha reconocido el escenario como “inusual”, pero ha descartado le amaño. “No hubo ninguna alteración derivada de la decisión judicial […] Por lo tanto, tenemos absoluta seguridad de todo el proceso electoral", ha aseverado el presidente del órgano en el que se apoyaba el ultraderechista.
El amaño electoral no existe. Ninguna organización u observador internacional lo sostiene y la propia Justicia Brasileña lo descarta. Es más, hasta los propios líderes ultraderechistas del resto de Sudamérica, como Keiko Fujimori (Perú) o José Antonio Kast (Chile), han felicitado a Lula. Sin embargo, la verdad es lo de menos. Bolsonaro nunca reconocerá un resultado que no le haga presidente, como no lo hizo Trump, y sembrará la duda y el miedo al golpe. Esta estrategia se replica en Europa desde hace años y en España la encarnan Partido Popular (PP) y Vox, quienes no se acordarán del supuesto amaño si ganan.




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