1. El virus
Era difícil no sentir vergüenza ajena estos días al escuchar a la portavoz del PP en el Congreso, Esther Muñoz, al vicesecretario de Coordinación Autonómica y varias cosas más, Elías Bendodo, o al jefe nacional de Vox, Santiago Abascal, diciendo las mentiras y sandeces que han dicho sobre una gestión del Gobierno español de la crisis del hantavirus en perfecta coordinación con las autoridades sanitarias de Unión Europea y la Organización Mundial de la Salud. Muñoz: “Caos absoluto”; Bendodo: “Gobierno fallido”; Abascal: “Sánchez es capaz de provocar una pandemia con tal de que no se hable de corrupción”. La catarata de necedades disfrazadas de santa indignación patriótica no es nueva en las derechas: ya la desencadenaron con ocasión de la pandemia del coronavirus. Y volverán a hacerlo de aquí a nada: cuando haya una epidemia de gripe, cuando vengan inundaciones, cuando tengamos sequía, cuando suframos incendios, cuando suba la audiencia de TVE, cuando baje…
Imposible imaginar una situación, un acontecimiento, un dictamen lo suficientemente inocuos como para que las derechas no hagan política con ellos. Quiere decirse: mala política, un oficio este víctima de sí mismo, un oficio donde lo sustancial de él ha sido devorado por lo anecdótico, lo principal por lo secundario, lo importante por lo banal. Como el mar cuyas olas golpean incesantes los acantilados de un enclave industrial, la actividad política suele mostrar en su superficie una espuma sospechosa que oculta a la mirada la trascendencia vital de su función, del mismo modo que la sucia capa de burbujas blanquecinas oculta las fuerzas benéficas que operan bajo el agua generando las corrientes, las mareas, las olas mismas que hacen posible la regulación climática global sin la cual todo esto, el planeta y nosotros con él, se iría al traste. El populismo ha hecho creer a la gente que la política es únicamente esa espuma banal o repugnante y no lo que está bajo ella, que no es otra cosa que el cuidado de la convivencia, la distribución de recursos, la protección de derechos, la promulgación de leyes… todas esas cosas sin las cuales todo esto se iría al traste.
2. El caos
Ante las advertencias de Moreno de que, ojo, mucho cuidado a la hora de votar porque si el 17-M el PP no saca mayoría absoluta, lo que viene es “el lío”, se abre paso en la memoria el viejo chiste de Chumy Chúmez, allá por 1975, en Hermano Lobo: el orador de un mitin alertaba a las masas desde la tribuna: “¡O nosotros o el caos!”, a lo que ellas replicaban con entusiasmo: “¡El caos, el caos! El chiste no acababa ahí; lo cerraba el político así: “Es igual, también somos nosotros”. Ese es también el eje de la campaña del presidente andaluz: “¡O yo o el lío!”. Si la gente dice que Moreno y le da de nuevo mayoría absoluta, perfecto; si no se la da y viene el lío porque Moreno quede en manos de Vox, perfecto también. “¿El lío? Es igual, nosotros también somos el lío”.
Moreno es muchas cosas pero no un outsider: el lío no le hará renunciar al poder, su formación y su trayectoria política son las propias del leal, eficiente y cauteloso burócrata de partido que ha ascendido sigilosamente sin aportar nunca ideas propias, ya fuera por no tenerlas, ya por no incomodar a alguno de los jefes de quienes dependía su ascenso. En eso no es muy distinto Moreno de buena parte de altos cargos políticos o ejecutivos de empresa. De no haber llegado a presidente de Andalucía –la primera vez gracias al Gordo que le tocó Vox mediante en la Navidad de 2018, pero la segunda gracias a su talento para invertir provechosamente aquel premio–, Moreno no habría continuado como presidente del PP andaluz, desde luego, pero tampoco habría caído en desgracia: volvería a ser el Moreno grisáceo y opaco anterior al Moreno rutilante que hoy conocemos y que el domingo que viene estrenará, con lío o sin lío, su tercer mandato presidencial. Los disparos de los desganados fusileros del socialismo andaluz rebotan sin convicción sobre la cúpula translúcida bajo la que sestea Juan Manuel Moreno Bonilla, también llamado Juanma.
3. La promoción
El Ayuntamiento de Sevilla acota con vallas insalvables el entorno de la Torre del Oro, el puente de San Telmo y la calle Betis para que quienes no tuvieran su entrada de Netflix no pudieran ver el espectáculo musical sobre el Guadalquivir que la plataforma norteamericana organizó este sábado en la ciudad para promocionar su nueva serie Berlín. El plato fuerte de la noche era Rosalía. Muchos vecinos se han enfadado al encontrarse con ese muro que les cerraba el paso cuando caminaban por los bajos del Paseo Colón o les impedía ver qué estaba pasando allá abajo, sobre las aguas del río por primera vez clausurado para los sevillanos.
No hay noticia de cuánto ha pagado Netflix al Ayuntamiento o incluso de cuánto ha pagado el Ayuntamiento a Netflix por lo que el alcalde, el popular José Luis Sanz, calificaba como “una promoción absolutamente impagable de la ciudad de Sevilla”, para añadir, imparable y eufórico: “No tendríamos presupuesto para pagar una campaña de imagen como esta”. Ni falta que hace, alcalde. Quizá va siendo hora de que las autoridades locales empiecen a preguntarse lo que hace ya bastante tiempo que se preguntan los vecinos que las han puesto ahí con su voto: ¿de verdad necesita Sevilla otra ‘promoción impagable’ más? Madrid, Barcelona, Sevilla, París, Londres, Roma, Viena… El turismo está devorando a las ciudades turísticas, pero sus regidores parecen no saberlo. Sus vecinos, en cambio, sí.
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