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España
LA ENTREVISTA DE RUBÉN SÁNCHEZ

Steven Forti: "La extrema derecha no es la causa de la crisis democrática, es el síntoma"

En una época marcada intensamente por la polarización y el terreno que ganan los discursos ultras en todo el mundo, entender las nuevas estrategias de la política urge más que nunca

Steven Forti   La extrema derecha no es la causa de la crisis democrática, es el síntoma

Steven Forti La extrema derecha no es la causa de la crisis democrática, es el síntoma

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Steven Forti es historiador y ejerce como profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona. En su investigación política y académica ha acuñado el término "extrema derecha 2.0" para superar un debate interminable y ayudar a descifrar cómo figuras de la talla de Donald Trump, Marine Le Pen, Giorgia Meloni o Santiago Abascal se han reinventado en la era digital. En esta entrevista, analiza el verdadero riesgo que corren nuestras instituciones, la alarmante pérdida de peso de los movimientos ciudadanos cuando gobierna la izquierda, el inmenso poder de los bulos en internet y la necesidad apremiante de construir una izquierda política que ofrezca horizontes de futuro ilusionantes.

 

Pregunta: Hablas de extrema derecha 2.0 en tus estudios. ¿Qué elementos diferencian sustancialmente a esta corriente ultra de los fascismos tradicionales y neofascismos del siglo XX?

Respuesta: Hay líneas evidentes de continuidad histórica con el fascismo tradicional, pero resulta imprescindible comprender que estos movimientos responden a profundas transformaciones de la sociedad postindustrial. A partir de los años setenta, vivimos un debilitamiento progresivo de las sociedades industriales, el fin de los treinta gloriosos y una clara victoria política de la contrarrevolución neoliberal. Hoy, partidos ultras como Vox conectan directamente con una vieja tradición reaccionaria española del siglo XIX, totalmente previa al nacimiento del fascismo de entreguerras, apoyándose en el mito trasnochado del imperio y el nacionalcatolicismo más rancio.

P: A diferencia de la dictadura de Franco, hemos visto a líderes ultras decir barbaridades como que Hitler era comunista. ¿Por qué cambian tanto el relato y denostan al nazismo?

R: La figura de Adolf Hitler y el régimen nazi representan el mal absoluto tras el Holocausto. Reivindicar esa barbarie dificulta muchísimo llegar al poder gubernamental en las democracias occidentales. Por ese motivo recurren sin pudor a la difusión masiva de bulos y teorías de la conspiración para intentar quitarse de encima el estigma neonazi. Es un revisionismo burdo que encaja con sus políticas socioeconómicas puramente ultraliberales. Como los fascismos históricos aplicaban un enorme intervencionismo estatal en la economía, las extremas derechas de hoy intentan desvincularse por completo de aquello tachándolo falsamente de comunismo. Es el modelo anarcocapitalista violento que defiende con vehemencia Javier Milei.

P: ¿Seguir limitándonos a llamarlos fascistas resulta útil para que la ciudadanía frene a estos partidos reaccionarios?

R: Llevamos muchas décadas presenciando una brutal banalización del concepto fascista hasta convertirlo tristemente en un insulto arrojadizo. A nivel de estrategia discursiva es fundamental mostrar de forma clara lo que realmente hacen cuando toman el poder. Llevan a cabo recortes dramáticos de derechos sociales, atacan sin piedad a las minorías y socavan el Estado de derecho y el pluralismo mediático. Sin embargo, esa mera denuncia ciudadana no es suficiente. Necesitamos crear urgentemente propuestas progresistas que ilusionen profundamente y respondan a la precarización real. Las extremas derechas nunca son la causa inicial de la crisis de la democracia occidental, sino el síntoma de que nuestras democracias fallan estrepitosamente.

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P: Afirmas que el populismo es un término inservible para el análisis actual. ¿Por qué consideras peligroso reducir este fenómeno global a una mera táctica de lenguaje?

R: El populismo acabó convertido en una especie de cajón de sastre gigantesco donde los tertulianos meten a cualquier figura política. Utilizar ese adjetivo esconde la profunda crisis estructural de intermediación política que están atravesando todas nuestras democracias liberales. La sociedad moderna ha perdido en gran medida esos cuerpos intermedios esenciales. Los grandes partidos de masas arraigados fuertemente en el territorio y los sindicatos apenas logran canalizar la frustración colectiva. Ante esta sociedad sumamente desestructurada, brotan los líderes personalistas con retóricas inflamadas simulando que conectan de forma directa con el pueblo.

P: Hablas de solucionar problemas reales. ¿La falta de políticas sociales valientes frente al gran problema de la vivienda abre la puerta a la llegada de la extrema derecha?

R: La grave crisis de la vivienda resulta absolutamente central y demanda la aplicación de intervenciones gubernamentales enérgicas. Con todos los defectos evidentes que podamos encontrarle, el Gobierno de coalición progresista español ha hecho bastante más por los ciudadanos que otros ejecutivos de centroizquierda europeos. A pesar de ello, se necesita desplegar muchísima más contundencia frente a los grandes intereses para frenar el aumento sistemático de las enormes desigualdades.

P: Las derechas justifican abiertamente desahucios crueles de ancianas de ochenta años. ¿Esa exhibición descarnada de falta de empatía provoca un rechazo generalizado en las urnas?

R: La deshumanización espantosa que estamos normalizando moviliza activamente a muchas personas con conciencia social. Lo comprobamos ante la salvajada del genocidio contra el pueblo palestino impulsado por Israel o ante las violentas deportaciones racistas de Trump. Pero debemos encarar una verdad sociológica muy incómoda. Una parte importante del electorado asume, compra y reivindica fervientemente esas demostraciones de extrema dureza institucional. Décadas atrás los líderes conservadores disimulaban sus acciones más lesivas. Actualmente, la extrema derecha alardea del maltrato institucional con enorme espectacularización porque constatan que esa crueldad descarnada tiene un grandísimo éxito electoral.

P: Destacas la enorme trascendencia de la llamada guerra cultural impulsada por ideólogos como Alain de Benoist. ¿Cómo han logrado introducir tesis tan extremistas en nuestro día a día?

R: Comprendieron de manera magistral que debían normalizar totalmente sus propuestas reaccionarias ganando la hegemonía cultural de la que hablaba Antonio Gramsci. Llevan mucho tiempo inyectando temáticas polarizantes en la sociedad para desplazar la ventana de Overton, logrando que discursos completamente inaceptables formen parte de la normalidad cotidiana. Despliegan un ejército de comunicadores y de influencers en la fachosfera que cuelan el racismo o el machismo en espacios de moda o de comida. Tras repetirse obsesivamente, estas barbaridades consiguen contaminar por completo la agenda central del debate político.

P: ¿Cómo logran captar a tantos adolescentes para que asuman postulados contra el feminismo o contra la igualdad del colectivo LGTBI?

R: Existe un malestar palpable y un resentimiento profundo en la base de la sociedad a causa de la parálisis total del ascensor social. El neofascismo sabe canalizar maravillosamente ese profundo odio acumulado presentándose ante la juventud como la única alternativa auténticamente transgresora y antisistema del momento político. Todo este escenario reaccionario no se entendería jamás sin el tremendo impacto que ha tenido el aplastante éxito del pensamiento neoliberal. El mercado salvaje pulverizó la noción colectiva de igualdad ciudadana y colonizó por completo la idea de libertad, transformándola cínicamente en el sagrado derecho de los millonarios a acaparar la riqueza general.

P: Mencionas la necesidad imperiosa de reapropiarnos de conceptos secuestrados como el de la libertad. ¿De qué manera debe disputar la izquierda política esa crucial batalla hegemónica?

R: Resulta imperdonable que le hayamos regalado la noción de la libertad a las derechas autoritarias. Nos toca dar la batalla cultural incansablemente desde las aulas universitarias, el activismo periodístico y las diferentes luchas sociales. Hoy vemos atónitos cómo las turbas ultras intentan asaltar el Capitolio gritando que defienden fervorosamente la verdadera democracia nacional. Reapropiarnos del significado íntegro de la democracia nos obliga a acometer un lento pero constante trabajo de hormiga militante, tejiendo de nuevo todas esas redes vecinales ahora mismo destrozadas.

P: En Hungría vimos a Viktor Orbán usar a la justicia para amedrentar a todos sus rivales. ¿Asistimos en España a un claro intento de desgaste democrático orquestado desde los tribunales contra el Gobierno?

R: Resulta innegable que existe un afán persistente por socavar la legitimidad democrática del actual sistema parlamentario español. En las autocracias electorales consolidadas comprobamos permanentemente cómo el poder Ejecutivo asfixia al poder judicial para eliminar de raíz el pluralismo político. La enorme rareza institucional que vivimos ahora en nuestro país reside en que un bloque entero de la magistratura ejerce directamente de ariete político reaccionario contra las medidas del Ejecutivo legítimamente elegido. Esta colisión constante refleja un nivel de desestabilización extremadamente grave para las libertades.

P: La enorme estructura propagandística ultra inunda de odio los espacios digitales. ¿Podemos parar este inmenso fango sin democratizar las grandes plataformas gobernadas por millonarios excéntricos?

R: Las temibles maquinarias del odio emplean las emociones humanas primarias porque la extrema opacidad de los algoritmos de internet favorece su multiplicación instantánea. El auténtico núcleo central del problema radica en que nuestro ecosistema digital pertenece exclusivamente a un pequeño puñado de tecnooligarcas que imponen sus normas privadas por encima del bien común. Someter legalmente al capitalismo voraz de las plataformas, forzar la transparencia tecnológica total y recuperar los espacios de internet para el control cívico debe ser una gigantesca demanda ciudadana inaplazable.

P: Viendo el terrorífico retroceso de derechos que asoma en el panorama mundial, ¿sientes esperanza de que logremos tejer una resistencia ciudadana sólida?

R: Atravesamos sin duda la peor etapa de emergencia democrática global desde la derrota militar del fascismo original. Nuestra actual cultura audiovisual está saturada hasta el límite de relatos completamente distópicos que nos dibujan futuros apocalípticos muy oscuros. Si claudicamos socialmente y asumimos que nunca más lograremos vivir mejor, los lemas fuertemente excluyentes seguirán prosperando al presentarse como un anhelado refugio frente al caos de nuestras vidas. Nuestro mayor compromiso vital pasa inevitablemente por pensar juntos y moldear una alternativa material que vuelva a ilusionarnos con un futuro prometedor y verdaderamente alegre.

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