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La vivienda se ha convertido en uno de los grandes ejes ideológicos de la política occidental. Si durante la última década la desigualdad, la transición ecológica o los derechos laborales ocuparon buena parte del espacio discursivo de la izquierda, la dificultad creciente para acceder a una vivienda digna está desplazando el foco hacia un terreno capaz de conectar con amplias capas sociales, especialmente jóvenes, trabajadores urbanos y clases medias tensionadas por el incremento de los alquileres.
La tendencia es visible tanto en Estados Unidos como en Europa. Desde Nueva York hasta Berlín, pasando por Barcelona o Madrid, la crisis habitacional ha pasado de ser un problema económico a convertirse en un elemento de identidad política. Y esa evolución comienza a trasladarse también a España, donde sectores de Izquierda Unida, Más Madrid, Movimiento Sumar, Podemos y referentes de Esquerra Republicana de Catalunya consideran que la respuesta desarrollada hasta ahora resulta insuficiente para frenar el encarecimiento de la vivienda y el peso creciente de los grandes propietarios en el mercado residencial.
Berlín: la vivienda como motor electoral
El caso que más atención está despertando en la izquierda española es el de Berlín. Las recientes elecciones regionales en la capital alemana han situado a Die Linke como la fuerza más votada tras una campaña construida alrededor de la crisis de la vivienda y del deterioro de las condiciones de acceso al alquiler.
La formación liderada por Elif Eralp ha defendido una combinación de medidas que incluye la intervención de los alquileres, la ampliación del parque público y la socialización de viviendas en manos de grandes corporaciones inmobiliarias. Parte de estas propuestas se apoyan en el precedente del referéndum celebrado en 2021, en el que una mayoría de votantes respaldó la expropiación de grandes empresas propietarias de miles de viviendas en la ciudad, aunque el resultado no tenía carácter vinculante.
El debate se produce en una ciudad donde el acceso a la vivienda se ha convertido en una cuestión estructural. Los alquileres prácticamente se han duplicado en poco más de una década y las autoridades estiman que Berlín necesitará más de 200.000 nuevas viviendas antes de 2040 para responder a la demanda existente.
La victoria de Die Linke ha sido interpretada por buena parte de la izquierda europea como la demostración de que la vivienda puede convertirse en un elemento de movilización electoral capaz de articular una mayoría social en torno a políticas redistributivas.
El fenómeno Mamdani: vivienda asequible frente al coste de la ciudad
Si Berlín se ha convertido en el referente europeo de la nueva política de vivienda, Nueva York representa para una parte del progresismo internacional el laboratorio más visible de las propuestas que buscan intervenir de forma más decidida en el mercado residencial. El ascenso político de Zohran Mamdani, figura emergente del ala progresista demócrata, ha situado la cuestión habitacional en el centro del debate público de la mayor ciudad estadounidense.
Durante su campaña, Mamdani articuló buena parte de su discurso en torno al aumento del coste de la vida, vinculando directamente la crisis de acceso a la vivienda con la pérdida de poder adquisitivo de las clases trabajadoras y medias. Entre sus principales propuestas figuran la congelación de los alquileres regulados, la construcción de centenares de miles de viviendas asequibles promovidas desde el sector público, el fortalecimiento de la vivienda social y la limitación de prácticas especulativas que, a su juicio, contribuyen a expulsar a residentes históricos de numerosos barrios de la ciudad.
El dirigente neoyorquino ha defendido además una mayor fiscalidad sobre las grandes fortunas y sobre determinados actores del mercado inmobiliario para financiar programas de vivienda pública, una estrategia que ha encontrado eco entre organizaciones de inquilinos y movimientos sociales. Su planteamiento parte de la idea de que el acceso a la vivienda debe ser considerado un derecho garantizado por las administraciones y no únicamente una cuestión sometida a las dinámicas del mercado.
Aunque sus propuestas han sido cuestionadas por sectores empresariales, promotores inmobiliarios y economistas que alertan sobre posibles efectos en la inversión y en la generación de nueva oferta residencial, el fenómeno Mamdani ha reforzado la percepción, compartida por una parte de la izquierda europea, de que la vivienda puede convertirse en una herramienta de movilización política capaz de aglutinar demandas sociales muy diversas.
La izquierda presiona al Gobierno
El éxito de las propuestas berlinesas y neoyorkinas ha servido además para reactivar las críticas de los sectores más a la izquierda del espacio progresista español hacia la estrategia desarrollada por el Ejecutivo.
Dirigentes de Podemos, Izquierda Unida, Más Madrid y organizaciones vinculadas al movimiento por el derecho a la vivienda consideran que las medidas aprobadas hasta ahora representan avances limitados frente a la magnitud de la crisis. Su diagnóstico sostiene que el Estado debería asumir un papel mucho más activo frente a los grandes fondos de inversión, las sociedades inmobiliarias y los propietarios con amplias carteras de vivienda.
Desde estas posiciones se reivindican fórmulas que van desde controles más estrictos sobre los alquileres hasta mecanismos de adquisición pública de vivienda o limitaciones más severas a la concentración de activos residenciales en manos de grandes tenedores. El movimiento inquilino y diversas organizaciones sociales llevan años defendiendo este tipo de iniciativas como respuesta al encarecimiento de los precios.
Frente a ello, el PSOE ha defendido que la Ley de Vivienda ya ha introducido herramientas inéditas en España, como las zonas tensionadas o los límites a determinadas actualizaciones de renta, al tiempo que subraya que muchas competencias decisivas recaen en comunidades autónomas y ayuntamientos.
La nueva frontera ideológica
Durante años, la vivienda ocupó un lugar secundario en la discusión política, eclipsada por otras prioridades económicas y sociales. Hoy ocurre exactamente lo contrario. El acceso a un hogar se ha transformado en un indicador visible de las fracturas que atraviesan las grandes ciudades occidentales y en un símbolo de las dificultades de ascenso social de las nuevas generaciones.
Por eso, desde Nueva York hasta Berlín, pasando por Madrid o Barcelona, la vivienda comienza a adquirir un papel similar al que en otras épocas desempeñaron el empleo, las pensiones o la sanidad pública. Para una parte creciente de la izquierda, ya no es únicamente una política sectorial: es el nuevo campo donde se libra la disputa sobre el modelo de ciudad, la distribución de la riqueza y el alcance de la intervención pública en la economía.



