España está viviendo estos días una oleada de virulentos incendios que está afectando a numerosas comunidades autónomas. Una vez más, hay que reconocer el extraordinario trabajo que realizan los profesionales de los distintos servicios públicos: bomberos, bomberos forestales (en su mayoría dependientes de las comunidades autónomas o de las diputaciones), los servicios de Protección Civil y también la Unidad Militar de Emergencias, dependiente del Estado. Todos ellos están siempre dispuestos a intervenir allí donde sea necesario, demostrando su profesionalidad y la importancia de que estos servicios trabajen juntos gracias a la cooperación entre las distintas administraciones.
Hemos visto cómo el Gobierno de España ha tenido incluso que solicitar apoyo internacional para hacer frente a la magnitud de algunos incendios. Pero, por desgracia, también hemos visto proliferar los bulos y las mentiras, utilizados para sacar rédito político de una tragedia que es, al mismo tiempo, medioambiental y humana.
Para mí, una de las polémicas más lamentables que resurgen cada vez que España sufre una catástrofe natural es el debate sobre el cambio climático. Como respondiendo a un reflejo automático, aparecen con toda su virulencia los negacionistas para repetir que siempre ha hecho calor, que siempre ha habido incendios y que, en realidad, nada ha cambiado. A partir de ahí, comienzan a señalar a sus demonios habituales: los ecologistas, los científicos o los adversarios políticos. En definitiva, cualquiera que no piense como ellos.
Estos negacionistas parecen querer vivir dentro de una burbuja del tiempo, un lugar imaginario donde todo permanece exactamente igual que hace cincuenta, sesenta o setenta años. Niegan las evidencias científicas porque aceptar la realidad supondría abandonar esa comodidad intelectual.
Pero esa burbuja del tiempo es, en realidad, una determinada mentalidad conservadora que les lleva a pensar que bastaría con la voluntad política para que el país vuelva a ser el que era hace décadas. Como si la historia pudiera detenerse o retroceder por decreto.
Sin embargo, España no vive aislada del resto del mundo, ajena a la realidad. Nuestro país forma parte de un mundo más interconectado que jamás en la historia, un planeta que comparte problemas que sin una visión global son inabordables.
Si existe un cambio climático provocado por la acción humana, y esa acción se produce a escala global, sus consecuencias también alcanzan a España, independientemente de quién gobierne. Lo que sí cambia con las decisiones políticas que se toman son las medidas de prevención, de adaptación y de respuesta ante esta nueva realidad. Negar el problema no hará desaparecer los incendios, es este caso, únicamente conseguirá que estemos peor preparados para afrontarlos.
Esa forma de negar la realidad no se limita al cambio climático. También aparece cuando determinados discursos pretenden convencernos de que España puede volver a ser la sociedad homogénea de hace medio siglo. Como si bastara con expulsar a quienes tienen otra religión, otro color de piel o, incluso, una orientación sexual distinta de la que algunos consideran aceptable para regresar a un pasado idealizado.
También aquí se refugian en una burbuja del tiempo.
Conviene recordar, en este otro caso concreto, por qué España era un país sin inmigración hace apenas unas décadas. No era porque existiera una supuesta pureza nacional que hoy deba recuperarse. El motivo era que España era un país pobre. Un país marcado por el subdesarrollo, por las consecuencias económicas y sociales de la Guerra Civil y por unas políticas que durante décadas fueron incapaces de generar prosperidad. Eran los españoles quienes tenían que emigrar para encontrar oportunidades y construir un proyecto de vida digno en otros países.
Afortunadamente esa realidad cambió, y lo hizo, sobre todo, con la llegada de la democracia. España se convirtió entonces en un país moderno, libre y económicamente dinámico. Un país con problemas, por supuesto, pero también con una economía que continúa creciendo, creando empleo (sin obviar el aumento del coste de la vida, en particular de la vivienda), con un Estado del bienestar que protege a toda la ciudadanía y con unos servicios públicos que son admirados y valorados desde muchos lugares del mundo.
Vivimos en un país al que muchas personas desean venir porque creen que aquí pueden encontrar oportunidades. Este es el verdadero “efecto llamada”: el éxito de España como sociedad moderna, abierta, democrática y próspera.
Pensar que podemos regresar a una España donde únicamente los “cristianos viejos”, utilizando aquella antigua expresión histórica, poblaran la piel de toro es una visión profundamente anacrónica. No responde ni a la realidad española ni a la del mundo en el que vivimos.
La inmigración no es un fenómeno exclusivamente español. Es una consecuencia de los enormes desequilibrios que existen entre unos países que han alcanzado elevados niveles de desarrollo y otros donde la pobreza, las guerras, las dictaduras o los intereses económicos que perpetúan esa situación impiden a millones de personas construir su proyecto de vida. Mientras esas diferencias existan, seguirán existiendo movimientos migratorios.
Un mundo más equilibrado desde el punto de vista económico y social sería también un mundo más pacífico y con menos conflictos. Es, probablemente, una aspiración difícil, incluso una utopía. Pero es una utopía que merece ser perseguida impulsando políticas de cooperación, desarrollo y justicia internacional.
Negar el cambio climático; negar que el mundo cambia constantemente; negar la igualdad entre hombres y mujeres; negar la existencia de la violencia de género; negar que cada persona tiene derecho a elegir libremente con quién quiere compartir su vida; negar que las mujeres deben poder decidir sobre su propio futuro cuando afrontan un embarazo; negar, incluso, que España es hoy un país suficientemente próspero como para resultar atractivo a personas procedentes de Latinoamérica, África o de cualquier otra parte del mundo; sostener que España es un país fracasado únicamente porque resulta políticamente rentable afirmarlo, no es un ejercicio de análisis serio y realista, es una forma de negar la realidad.
Es, en definitiva, querer vivir dentro de una burbuja. No sé si es una burbuja del tiempo. Pero una burbuja, al fin y al cabo.
Cosme Bonet
Exsenador, politólogo y miembro del PSIB-PSOE
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