Alberto Núñez Feijóo ha derribado el último gran tabú del Partido Popular. Aquella máxima dictada por el fundador de la formación, Manuel Fraga Iribarne, quien en su día rompió la carta de dimisión de José María Aznar para advertirle que en el partido no se admitían “ni tutelas ni tutías”, ha pasado a mejor vida. 

Lo que durante décadas funcionó como el eslogan de autoridad indiscutible para cualquiera que ostentase el mando en Génova, ha sido liquidado públicamente por el actual líder de la oposición. Feijóo ha claudicado: habrá gobiernos en coalición con la ultraderecha y las directrices ya no se dictan en exclusiva desde el despacho del presidente nacional.

La confirmación de este viraje estratégico se escenificó en horario de máxima audiencia televisiva. Durante su intervención en el programa El Hormiguero, Feijóo asumió abiertamente que hará lo que sea necesario para alcanzar el Palacio de la Moncloa tras los próximos comicios. “En el caso de que tengamos que hacer un acuerdo y una coalición de Gobierno, nos sentaremos y haremos una coalición de Gobierno de acuerdo con los principios básicos de nuestros partidos”, reconoció de forma taxativa.

Esta declaración fulmina el plan de gobernar en solitario que el propio aparato del PP defendía con vehemencia hace apenas un año. El 7 de julio del año pasado, el recién elegido secretario general, Miguel Tellado, aseguraba tajante ante los medios: “No habrá coalición. Es un compromiso”. 

Una tesis ratificada días después en Onda Cero (“Acuerdos con Vox, sí; pero Vox en el Gobierno, no”) y refrendada por la portavoz parlamentaria, Ester Muñoz, y barones de la talla del andaluz Juan Manuel Moreno Bonilla. Hoy, aquella firmeza se ha disuelto ante la realidad de los números y la presión interna.

El fin de la autonomía: un líder cercado por las corrientes

El análisis técnico de la comunicación política y de la praxis partidista revela que la renuncia a la premisa de Fraga no es un movimiento audaz, sino el reflejo de una posición de debilidad. Feijóo se ha convertido en un dirigente que camina a remolque de voluntades ajenas, tratando de comprar favores en una campaña infinita donde su propio liderazgo está en liza. Las “tutelas” que el axioma del partido prohibía se han materializado en tres frentes asfixiantes.

En primer lugar, la tutela de Isabel Díaz Ayuso: El líder gallego se ve obligado de forma sistemática a mimetizar la estrategia de la Comunidad de Madrid. El giro discursivo del PP hacia postulados de dureza migratoria —llegando a afirmar Feijóo que “los españoles no se sienten seguros ni en su casa” tras los altercados xenófobos de Torre Pacheco— es una asimilación directa del marco ideológico impuesto por el ala dura madrileña.

En segundo lugar, la tutela de José María Aznar: Lo que algunos rotativos de difusión nacional han bautizado explícitamente como el “momento Aznar de Feijóo” evidencia la subordinación del actual presidente al expresidente del Gobierno. 

Fue Aznar quien marcó el rumbo estratégico al exigir el acercamiento a Junts per Catalunya, una directriz que Génova acató de inmediato. El propio Aznar ya empleó la frase en sede parlamentaria contra un debilitado Pablo Casado (“Tú gobernarás sin tutelas ni tutías”); hoy, Feijóo incumple el mandato ante su mentor.

Y en tercer lugar, la tutela empresarial y de Vox: Las exigencias de Antonio Garamendi (CEOE) desde el plano socioeconómico, sumadas al empuje de la formación de Santiago Abascal, arrastran al PP a un proceso de negociación donde las líneas rojas se difuminan. De hecho, los negociadores de Vox ya advierten al líder popular que no puede “vender la piel del oso antes de cazarlo”.

De la "prioridad nacional" a la "dulcificación" de la ultraderecha

La gymkana electoral de los últimos meses ha forzado al PP a firmar cesiones ideológicas de calado técnico e institucional en las comunidades autónomas. La más significativa ha sido la asunción de la “prioridad nacional”, un concepto jurídicamente vacío pero de enorme potencia retórica y divisiva que abandera Vox en Aragón, Castilla y León y Extremadura.

Pese a que el discurso oficial intentó circunscribir estos pactos de cohabitación al ámbito estrictamente autonómico, la pérdida de la mayoría absoluta de Moreno Bonilla en Andalucía ha terminado por arrastrar la estrategia nacional de Feijóo. En el cuartel general de los populares ya se habla abiertamente de un proceso de “dulcificación” de las relaciones con Vox para normalizar la entrada de ministros de extrema derecha en el Consejo de Ministros, un escenario inédito en la historia democrática reciente de España.

El problema del acting explícito: disonancia en la oratoria

Desde una perspectiva de la consultoría de comunicación, el viraje de Feijóo adolece de un problema de autenticidad en la puesta en escena. En el ámbito de la oratoria política, todo discurso posee un componente de acting imprescindible para persuadir a las masas. Sin embargo, en el caso del líder del PP, el artificio resulta demasiado explícito.

La opinión pública detecta con claridad la disonancia entre la personalidad real del político gallego y la impostura que su equipo de comunicación le obliga a ejecutar. Feijóo desembarcó en Madrid exhibiendo un perfil institucional, predecible y ligado a la “política para adultos”. Al intentar mutar en un opositor beligerante que compite en testosterona con Vox y con el presidente Pedro Sánchez, el registro quiebra.

Cuando el desempeño escénico es forzado, ocurren desconexiones graves: gestos pretendidamente simpáticos en redes sociales que resultan risibles, o discursos parlamentarios donde la sobreactuación anula la credibilidad. Al asumir un rol que no le es propio para contentar simultáneamente a los poderes fácticos de su partido, a los barones territoriales y al electorado de derechas, Feijóo ha terminado por validar lo que Manuel Fraga pretendió extirpar de las siglas del Partido Popular: un liderazgo tutelado.

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