En 2018, tras la histórica pérdida del Gobierno de la Junta de Andalucía por parte del PSOE, se produjo en Sevilla una escena discreta pero reveladora. Un alto dirigente del socialismo andaluz se reunió para tomar un café con un homólogo del Partido Popular, en el equipo de Juan Manuel Moreno Bonilla.

Durante el encuentro, el representante del PSOE manifestó su convicción de que el vuelco electoral no era más que un paréntesis; un mero accidente en una comunidad autónoma que el socialismo había vertebrado a su imagen y semejanza, erigiendo servicios públicos de calidad como la sanidad, la educación y la cultura, partiendo de una profunda desventaja competitiva tras cuatro décadas de abandono estatal y con una compleja demografía de marcado carácter rural.

Bajo esta premisa, el dirigente socialista vaticinó que Moreno Bonilla no lograría consolidarse en el poder. La respuesta del estratega del PP fue tan pragmática como premonitoria: «Estás muy equivocado. Hemos estudiado a la perfección lo que ha hecho el PSOE durante 37 años en Andalucía. Entendemos perfectamente las formas y el tono de la izquierda, y nos vamos a apropiar de este invento».

La mímesis discursiva: el diseño del «moderado»

Esta conversación, de estricta veracidad histórica, desvela el armazón técnico sobre el que se edificó el fenómeno político de Juanma Moreno Bonilla. El laboratorio de Génova y San Telmo diseñó una cuidada operación de mímesis discursiva: transformar una fuerza tradicionalmente percibida como muy conservadora en una plataforma de apariencia centrista y andalucista.

Desde una perspectiva retórica, la estrategia se basó en el contraste formal con el modelo de la Comunidad de Madrid, abanderado por Isabel Díaz Ayuso. Mientras Ayuso optaba por la confrontación abierta, la factoría de Moreno Bonilla apostó por un tono institucional, desprovisto de insultos, que introducía de forma sistemática en sus discursos conceptos tradicionalmente asociados a la izquierda, tales como la «igualdad» o la «defensa de los servicios públicos».

Sin embargo, el análisis empírico de la acción de gobierno revela una profunda disonancia entre la retórica parlamentaria y la realidad ejecutiva. Lo que se proclamaba en el Palacio de San Telmo difería de forma radical de lo que finalmente se publicaba en el Boletín Oficial de la Junta de Andalucía (BOJA). La distancia entre el relato y la praxis legal evidenció que, bajo una pátina de templanza, la agenda económica y estructural seguía respondiendo a las directrices ortodoxas del Partido Popular.

El papel de los medios y la quiebra de la centralidad

La consolidación de este perfil centrista y el éxito de la denominada «vía andaluza» no pueden explicarse de forma aislada. Requirieron del concurso de un ecosistema mediático que asumió y reprodujo de forma acrítica el marco conceptual del «líder moderado». Este blindaje analítico, sólidamente respaldado por la distribución de la publicidad institucional y el riego de fondos públicos, permitió prolongar el mito de la centralidad incluso cuando las necesidades aritméticas forzaron un giro estratégico sustancial.

La quiebra definitiva del relato de moderación se ha certificado con la asunción de pactos de gobernabilidad con la extrema derecha. El encaje de las exigencias de Vox —materializadas en discursos de marcado tinte xenófobo y racista, así como en contrapartidas identitarias como la defensa institucional de la tauromaquia— sitúa al PP andaluz fuera de la centralidad que sus propios guionistas diseñaron en 2018. El pragmatismo del poder ha terminado por diluir el artificio lingüístico, dejando al descubierto la naturaleza eminentemente conservadora del proyecto.

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