Durante décadas, la relación entre EH Bildu y el PNV ha estado definida por la competencia por el liderazgo del nacionalismo vasco. Que hoy se plantee la posibilidad de una candidatura conjunta en unas elecciones generales evidencia hasta qué punto ha cambiado el contexto político y cómo ambas formaciones comienzan a adaptar sus estrategias a una nueva realidad institucional marcada por la necesidad de influencia en Madrid.
Esta evolución se entiende mejor al observar la transformación del sistema político español. La práctica desaparición de las mayorías absolutas, la fragmentación del voto y la dependencia constante de acuerdos parlamentarios han incrementado el peso de los partidos con fuerte implantación territorial. En este escenario, la suma de fuerzas deja de ser una hipótesis lejana y pasa a convertirse en una herramienta estratégica con capacidad real para condicionar la gobernabilidad del Estado.
Desde la óptica de EH Bildu, la apuesta por fórmulas de cooperación más amplias responde también a un proceso de cambio interno. En la última década, la coalición ha tratado de consolidar un perfil institucional centrado en la agenda social, los derechos civiles y la profundización democrática, al tiempo que ampliaba su base electoral. Explorar acuerdos con otras sensibilidades del nacionalismo vasco encajaría así en una lógica de acumulación de fuerzas destinada a maximizar representación y capacidad de decisión en el Congreso, más allá de la disputa simbólica por la hegemonía abertzale.
Para el PNV, sin embargo, la cuestión resulta más compleja. Su trayectoria como fuerza predominante en las instituciones vascas se ha sustentado en una combinación de identidad nacional, gestión pragmática y capacidad de pacto transversal con distintos gobiernos estatales. Una eventual coalición con su principal competidor histórico podría reforzar la presencia vasca en Madrid en un contexto de equilibrios ajustados, pero también conllevaría riesgos relevantes: dilución de su perfil propio, tensiones internas y la necesidad de justificar ante su electorado un giro estratégico de gran alcance.
Más allá de los intereses partidistas, la hipótesis de una alianza abre interrogantes sobre la representación política de Euskadi en el conjunto del Estado. Surge así el debate entre la eficacia de una voz plural que compite desde posiciones diferenciadas y la potencial fortaleza de una candidatura unitaria capaz de concentrar fuerza parlamentaria. También se plantea si una coalición respondería a una demanda social real o si sería percibida como un movimiento táctico condicionado por la aritmética electoral. La discusión, por tanto, trasciende a los partidos y se sitúa en el terreno de las expectativas ciudadanas.
A ello se suma el peso de la memoria. Décadas de rivalidad, discursos contrapuestos y desconfianzas acumuladas no desaparecen con facilidad. Cualquier aproximación entre ambas formaciones estaría condicionada por esa historia compartida y por la necesidad de ofrecer coherencia política y ética a sus respectivas bases. Los cambios estratégicos profundos requieren no solo oportunidad, sino también pedagogía y tiempo para ser asumidos socialmente.
Al mismo tiempo, la cultura de los pactos se ha normalizado en la política española. Acuerdos antes improbables forman hoy parte del funcionamiento habitual de las instituciones, y la negociación permanente se ha convertido en condición de estabilidad. En este contexto, explorar nuevas alianzas deja de verse como una anomalía y pasa a interpretarse como una opción posible dentro de un sistema plural.
En ese cruce entre estrategia, memoria y oportunidad se sitúa el debate abierto por la eventual coalición. La cuestión de fondo enfrenta dos lógicas: la de quienes creen que la cooperación puede aumentar la capacidad de influencia en un escenario fragmentado y la de quienes consideran que preservar identidades diferenciadas sigue siendo la vía más coherente. De ahí surge la pregunta central: ¿se comprende que EH Bildu busque una coalición con el PNV para las elecciones generales?
