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1. Licenciados y doctores
Las posibilidades de morir en un AVE eran infinitesimales hasta el accidente de Angrois de julio de 2013 y poco significativas hasta el accidente de Adamuz de enero pasado, pero inquietantes tras el accidente de Urda el miércoles pasado. Eso no quita, sin embargo, para que a raíz de estos dos últimos accidentes nos hayamos convertido todos en ingenieros ferroviarios. Con Adamuz nos sacamos la licenciatura y con Urda el doctorado: en verdad sorprende la presunción, la suficiencia, el desparpajo con que políticos, periodistas, tertulianos y ciudadanos de a pie evaluamos sistemas de seguridad de la red de alta velocidad de los que hemos tenido conocimiento ¡apenas unas horas antes de sentar cátedra!
2. Taxonomía del error
¿Debe dimitir el ministro de Transportes? ¿Debe dimitir ya? Vayamos por partes. El accidente de Urda se parece mucho más al de Angrois que al de Adamuz. Hay quien considera imposible que el error de una persona, de una sola persona pudiera causar la tragedia que causó. Bueno, es lo que pasó en Angrois, donde el desencadenante inmediato fue un despiste del maquinista. Y lo que pasó en Los Rodeos el 27 de marzo de 1977: un error del capitán del avión de KLM que despegó sin autorización formal de la torre de control. Y lo que pasó en el accidente de Spanair en Barajas el 20 de agosto de 2008, cuando la tripulación olvidó desplegar los alerones para el despegue. Y lo que pasó en el naufragio del crucero Costa Corcordia en 2012, cuando el capitán modificó su ruta para acercarse a una isla y el barco impactó con unos escollos. Errores de diagnóstico, decisiones imprudentes, descuidos operativos, despistes inusuales, falta de atención, incumplimiento del protocolo, … El error humano ha estado y sin duda estará presente en muchas grandes catástrofes ferroviarias, aéreas o marítimas, lo que no quiere decir que el error tuviera lugar en el vacío: tales errores nunca tienen lugar en el vacío, casi siempre suele haber un contexto de lagunas, de deficiencias –operativas, laborales, reglamentarias, estructurales…– que o bien propician que se produzca el error o bien multiplican exponencialmente sus efectos catastróficos, del mismo modo que una carretera secundaria mal trazada, mal conservada o mal peraltada aumentan las posibilidades de que acabe en un barranco el autobús cuyo conductor sufre un despiste o supera sin darse cuenta la velocidad prescrita para esa vía: la causa principal e inequívoca del accidente será el despiste del conductor, él es el culpable primero; no obstante, las causas secundarias, circunstanciales, envolventes de la causa principal pueden ser muchas, desde el mal estado de la carretera al exceso de horas trabajadas o a la presión de la empresa sobre su personal. El despiste no puede evitarse; todo lo demás, sí. En atender ese ‘todo lo demás’ debe emplearse a fondo ahora el ministro, además de explicarnos por qué no lo hizo antes.
3. Taxonomía de la culpa
Mientras tanto, seguimos sin tener un manual de instrucciones para aplicar en casos de responsabilidad política, donde nos seguimos rigiendo por la ley del embudo. ¿Es Puente responsable político de lo sucedido en Urda? En sentido estricto, que es un sentido se parece poco al sentido político y mucho menos al sentido electoral, es pronto para afirmarlo o negarlo, aunque una cosa sí parece segura: Puente jamás volverá a ser ministro de Transportes. Las exigencias de que dimita, descontadas aquellas inspiradas únicamente en el sectarismo o incluso en el odio político, quizá obedezcan al natural impulso humano de hacer un poco de justicia a los muertos, de hacérsela a estos aun a costa de cometer injusticia con aquel a quien hemos convenido en convertir en chivo expiatorio, señalándolo como culpable aunque no utilicemos esta palabra y nos inclinemos por la menos comprometedora de ‘responsable’. Si cae Puente, al menos tendremos un culpable a la altura de la desgracia; todos, o si no todos sí la mayoría, sospechamos que el principal e inmediato –pero seguramente no único– culpable ha sido el centro de control de ADIF en Atocha, pero unos simples operarios apenas estarán nunca a la altura del formato de Culpable con mayúsculas reclamado por nuestra ira, por nuestro miedo, por nuestra turbación: un ministro nos vale, un trabajador no. Para la mayoría de la gente, los políticos responden al perfil narcisista, desaprensivo y sin escrúpulos que con tanto éxito, y en estrecha colaboración con los propios interesados, viene poniendo en circulación el periodismo desde hace no menos de un siglo. Si el error en apariencia flagrante cometido por uno o varios operarios del centro de control de Atocha lo hubiera cometido un político en el marco de sus competencias, no habría nadie, ni siquiera en su partido o en su gobierno, que saliera a auxiliarlo rebuscando en su biografía o en las circunstancias que lo abocaron a errar los atenuantes que, por el contrario, hoy están a la orden del día para disculpar al trabajador o trabajadores que se equivocaron.
4. Taxonomía del ministro
Del mismo modo que nadie es sublime sin interrupción ningún ministro es, tampoco, un buen ministro siempre y sin interrupción. Puente lo es cuando está en lo suyo, pero no cuando se adentra machete en mano en las selvas de internet dispuesto a cortar cuantas cabezas de adversarios se crucen en su camino. Cuando en las redes sociales Puente llama “mamarracha” a la presidenta madrileña es un mal ministro; pero cuando, tras accidentes tan graves como el de Adamuz o Urda, comparece con premura y sin excusas ni coraza ante la prensa, con los informes técnicos bien aprendidos, y explica lo sucedido con solvencia, propiedad y pedagogía, entonces es seguramente el mejor ministro del Gobierno. ¡Cuánto nos hubiera gustado que, tras la avalancha de Ceuta, Robles o Marlaska hubieran hecho lo mismo! ¿Con qué Puente quedarse? Ya quedó escrito, con ocasión de la tragedia de Adamuz, que en Puente parecen convivir un doctor Jekyll y un míster Hyde, un hombre discreto y un bocachancla, un ministro capaz de explicar con sensibilidad y rigor las tragedias de Urda o Adamuz pero también un tipo incapaz de contar hasta diez antes de ponerse a tuitear improperios. “Ya me gustaría a mí, pero es lo malo que tenemos las testigas, que no podemos mentir”, decía Chus Lampreave en el cine; “Ya me gustaría a mí, pero es lo malo de los bocas, que no podemos callarnos”, parece decir Puente cuando se pone en modo míster Hyde.




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