Uno. Un título discretamente revisionista
Entre nosotros, cada controversia sobre la Guerra Civil acaba convirtiéndose en una guerra civil en miniatura. La última ha sido con ocasión de haber decidido el escritor David Uclés declinar su participación en unas jornadas sobre la contienda organizadas por Arturo Pérez Reverte y Jesús Vigorra. Uclés justificó su retirada por la presencia en las jornadas de José María Aznar y el cofundador de Vox Iván Espinosa de los Monteros y por el título discretamente revisionista de las mismas: ‘1936-1939: la guerra que perdimos todos’. Unos más que otros, claro. Otros nombres de la izquierda que habían comprometido su participación siguieron los pasos de Uclés. A las sonoras renuncias vinieron a sumarse las sombrías amenazas de los autodenominados colectivos antifascistas a los conferenciantes mediante el más bien fascistoide método del escrache.
Dos. Temblor de piernas
Conclusión: la Fundación Cajasol, que financiaba las jornadas, olfateó guerra civil a la vista, le temblaron las piernas y finalmente optó por suspender las jornadas. Los bancos y sus fundaciones son, como se sabe, muy dados a que les tiemblen las piernas cuando ven comprometida su imagen o amenazado su prestigio, aunque no así cuando lo que está comprometido o amenazado es su dinero, porque entonces gastan puño de hierro, corazón de plomo y piernas de hormigón armado.
Tres. Soldado Uclés
Bastantes observadores han interpretado lo sucedido como una victoria de Uclés y no pocos de ellos incluso como una victoria del mismísimo bando republicano frente al bando nacional. Uno diría, por el contrario, que de estas jornadas suspendidas sí puede decirse lo que en puro rigor histórico no puede decirse de la Guerra Civil: las de Cajasol, donde participaban prestigiosos nombres de la mejor historiografía de la Guerra Civil, han sido las jornadas que perdimos todos y también las jornadas que nos perdimos todos. La deserción del soldado Uclés en la mini guerra civil de Reverte y Vigorra tiene el amargo sabor de los goles en propia puerta.
Cuatro. 90 años no es nada
Esta controversia, tan ácida y malencarada como todas las relacionadas con el 36, demuestra que es inexacto aquello de que los efectos de una guerra civil duran unos setenta años. De la nuestra han pasado noventa y sus ecos espectrales siguen llegando con sobrecogedora nitidez hasta nosotros. En esta última polémica quizá todos se han equivocado, pero unos más que otros. El que más, David Uclés: primero porque la presencia en las jornadas de políticos de la derecha normal y de la otra no es razón de suficiente peso para abjurar de ellas; si hoy le damos la razón a Uclés por hacer, aun con la mejor voluntad, lo que ha hecho, mañana tendremos que dársela al propagandista de derechas que haga lo mismo en otras jornadas por la presencia de políticos de la izquierda.
Cinco. Crímenes y errores
Ahora bien: una cosa es que Uclés no tenga razón sobre las jornadas y otra muy distinta que no la tenga sobre la Guerra Civil, que no la tenga al rechazar enérgicamente ese revisionismo que, en el mejor de los casos, reparte culpas a partes iguales entre republicanos y golpistas, entre quienes cometieron errores legítimos y quienes cometieron crímenes ilegítimos, entre los que perdieron y los que ganaron, entre las víctimas y los verdugos.
Seis. ¿La Tercera España?
Muchos revisionistas gustan de utilizar como escudo argumental la figura del insigne periodista republicano Manuel Chaves Nogales, a quien acostumbran a citar como encarnación de esa entelequia llamada Tercera España. De Chaves Nogales les interesa lo que en sus escritos hay de denuncia de la violencia republicana una vez desencadenada la guerra, una violencia sectaria de la que él mismo habría podido ser víctima, como es seguro que lo habría sido de la violencia fascista. Pero que, ya en plena contienda, extremistas republicanos fuertemente fanatizados hubieran querido liquidar a gente como Chaves Nogales no desacredita a la República misma, como pretenden sus detractores conservadores.
Siete. Chaves Nogales y Cristo
Las derechas hablan de Chaves Nogales como la Iglesia habla de Jesús: lo tiene en un altar pero rara vez menciona que era judío. Las derechas apenas mencionan que Chaves Nogales era republicano, acostumbran más bien a encuadrarlo en una fantasmagórica tercera España –ya saben: ni los Hunos ni los Hotros– que, simulando una impostada equidistancia, se diría que fue inventada para equiparar a la España legítima y la España golpista, a la España democrática y la España fascista, blanqueando así el negro pecado que pesa sobre esta por haber desencadenado la guerra civil.
Ocho. Fascistas y machistas
La República puede que hiciera malas leyes, demasiado avanzadas o demasiado imperfectas o demasiado lo que se quiera, o incluso que cometiera infaustos errores como el levantamiento del 34, pero no desencadenó una guerra civil. Los fascistas se tomaron las libertades y los desplantes republicanos como los maltratadores se toman las libertades y los desplantes de sus mujeres. ¿Conque quieres ser libre, eh? ¡Toma libertad! Y la matan. ¿Con que quieres ser moderna, eh? ¡Toma modernidad! Y le montan un golpe de Estado. Para los revisionistas, la causa de que los golpistas provocaran la guerra fue de los republicanos; para los machistas, la culpa de que los hombres maten a las mujeres es de las mujeres. ¡Ay, pío, paciente, compasivo lector, qué difícil escribir de la Guerra Civil sin ponerse un poco guerracivilista!