A pesar del, suponemos que intencionado, calificativo indie, Canciones de amor a quemarropa, primera obra de Nickolas Butler, publicada por Libros del Asteroide, es en realidad una novela al viejo estilo, muy a la americana, tanto en tradición como en género, estructurada de manera muy clásica y que gira alrededor de ideas y de personajes que resultan muy familiares. Y a pesar de ello y de sus defectos, la novela funciona de principio a fin.


Canciones de amor a quemarropa está estructura a base de capítulos narrados de manera alterna por su cinco protagonistas: Lee, estrella de rock y orgullo de Little Wing, Wisconsin, emplazamiento principal de la novela y posiblemente también su personaje principal; Kip, exitoso agente de bolsa que regresa al pueblo para comprar una fábrica; Ronny, vaquero de rodeos; Henry, agricultor que, a diferencia del resto, nunca abandonó el pueblo y que se casó con el quinto personaje narrativo, Beth. Alrededor de estos cinco personajes, y alguno más, la novela construye un fresco alrededor de la amistad, el hogar, la familia, los sueños, la marcha y la vuelta, los orígenes y, de trasfondo, sobre una parte de Norteamérica.


La novela de Butler funciona, en cada capítulo y en su conjunto, como una canción country o folk en la que se habla de temas repetidos hasta la saciedad, que resultan poco originales, y que sin embargo logran emocionar. No hay nada novedoso en Canciones de amor a quemarropa pero la capacidad introspectiva y descriptiva de Butler, en ocasiones quizá demasiado enfática, logran una narración dinámica y enérgica, creíble en el desarrollo de los personajes y las situaciones. La mirada poliédrica de Butler alrededor de temas que resultan cercanos y mundanos se percibe como personal y vivida, ya sea de manera directa o indirecta, permitiendo que el lector pueda empatizar con la historia y los personajes sin ningún problema. De igual manera, su capacidad para describir espacios y paisajes, convirtiendo la localidad de Little Wing en un personaje más de la novela, hermana a Butler con la tradición literaria de su país, atento a la comunión entre personas y paisaje mediante un naturalismo y un paisajismo que, si bien abusa de la metáfora, en ocasiones bien traída, en otras simplemente redundante, crea un marco perfecto para una historia que tiene al final un objetivo: que sus personajes encuentren su lugar en el mundo, que sepan no tanto a dónde pertenecen sino dónde quieren estar.


Más nostálgica que melancólica, Canciones de amor a quemarropa no acaba, sin embargo, introduciéndose en un relato sentimentalmente abusivo, sino que transita el interior y el exterior de los personajes con una calculada distancia y con un trabajo narrativo tan atento al flujo de pensamiento como a las acciones externas. Mediante un proceso de construcción espacial de idas y venidas en el tiempo, con tres bodas en tres tiempos diferentes como dispositivos dramáticos, la novela transcurre de manera envidiable a pesar de esos movimientos temporales.


En ocasiones, no está mal encontrarse una novela que sin ser nada nuevo, sin proponer nada realmente impactante y trabajando modelos narrativos y temas de sobras conocido, sea capaz de resultar una muy buena obra.