Hablar de bienestar emocional en la escuela va mucho más allá de preguntar a un niño si está contento. Para Noelia Bascuas, psicóloga especializada en infancia y adolescencia en TusClasesParticulares, la clave está en algo mucho más profundo: “El bienestar emocional en el ámbito escolar hace referencia al estado en el que el alumnado es capaz de comprender lo que siente, expresarlo de forma adecuada y gestionar sus emociones de manera saludable”. No se trata solo de felicidad puntual, sino de herramientas internas para afrontar lo que viene.
“Implica, además, sentirse valorado, aceptado e integrado dentro del grupo”, añade. Y advierte de que cuando ese equilibrio falla, el impacto no se queda en lo emocional. “Pueden aparecer inseguridad, baja autoestima, ansiedad o dificultades en las relaciones sociales”, señala, pero también problemas en el aula: “falta de concentración, desmotivación, bajo rendimiento e incluso rechazo hacia la escuela”. Por eso insiste en que “el bienestar emocional no es un aspecto secundario, sino un pilar fundamental del desarrollo integral”.

Cuando el malestar no se dice, se actúa
Uno de los puntos que más recalca es que el sufrimiento emocional en niños y adolescentes casi nunca se expresa de forma clara. “Rara vez lo expresa de forma directa”, explica.
Entre las señales más frecuentes se encuentran los cambios bruscos en la conducta. Un alumno que antes se mostraba participativo puede volverse irritable, retraído o presentar estallidos de enfado y llanto aparentemente desproporcionados. En otros casos, puede aparecer una actitud desafiante o excesivamente defensiva. Estos cambios suelen ser una forma de expresar emociones que no sabe verbalizar, como frustración, miedo, inseguridad o tristeza", explica la experta.
También alerta sobre los cambios en su desempeño académico. "Cuando un estudiante comienza a mostrar desinterés por tareas que antes realizaba con normalidad, evita participar en clase o deja de esforzarse, puede estar experimentando un bloqueo emocional. La ansiedad, la baja autoestima o el miedo al error pueden interferir directamente en su capacidad de concentración y en su desempeño escolar", asegura la experta, que añade que "las dificultades de atención y concentración, así como la evitación de tareas, son otros indicadores relevantes".
El alumno puede mostrarse distraído, olvidar materiales con frecuencia o posponer constantemente sus responsabilidades. Detrás de esta conducta puede haber inseguridad, miedo al fracaso o sensación de incapacidad" admite Bascues, que no olvida tampoco el cuerpo se libra de las consecuencias de las personas de no tener un buen bienestar emocional.
“Son comunes las quejas físicas recurrentes, como dolores de cabeza o de estómago”, explica. En muchos casos, dice la experta, “no tienen una causa médica clara, sino que son la expresión somática del estrés o la angustia”. Y hay frases que encienden todas las alarmas: “no sirvo para nada”, “soy tonto” o “nadie quiere estar conmigo”. Para ella, esas palabras reflejan “una autopercepción deteriorada que, si no se aborda, puede consolidarse con el tiempo”.

El docente no es terapeuta, pero sí referencia
Bascuas tiene claro que el profesorado juega un papel esencial, aunque no tenga formación clínica. “El profesorado ocupa una posición clave en el bienestar emocional del alumnado”, afirma, porque es la figura adulta con la que pasan buena parte del día. Su influencia, recuerda, va más allá de las asignaturas: “modela actitudes, formas de relacionarse, maneras de afrontar el error y de gestionar la frustración”.
No se trata de hacer terapia en clase. “No es necesario que un docente sea especialista en psicología para contribuir a la salud emocional de su alumnado”. Lo importante es otra cosa: “que sea un adulto disponible, coherente y sensible a las necesidades emocionales que surgen en el aula”. Muchas acciones preventivas, subraya, se basan en algo tan básico como la mirada y la forma de responder.
Crear un entorno seguro marca la diferencia. “Cuando las normas son claras, existe coherencia y se promueve el respeto mutuo, el alumnado se siente más protegido y disminuye la ansiedad”. También insiste en la importancia de validar emociones: “Frases como ‘entiendo que estés frustrado’ o ‘veo que esto te ha molestado’ ayudan al alumno a sentirse comprendido”. Y matiza: “Validar no significa justificar cualquier conducta, sino reconocer la emoción que hay detrás y enseñar formas adecuadas de gestionarla”.
En esta misma linea, Bascuas hace hincapié en la importancia de normalizar el fracaso como parte del proceso de aprendizaje: "Muchos problemas emocionales en el ámbito escolar están vinculados al miedo al fracaso o a la presión por el rendimiento. Cuando el docente transmite que equivocarse es una oportunidad para mejorar y no una señal de incapacidad, reduce significativamente la ansiedad académica y fortalece la autoestima".