Hace poco nuestro presidente del Gobierno hacía un anuncio llamativo. No me atrevo a calificarlo de inesperado porque ya algunos países habían tomado la delantera, ni tampoco de esperado, porque no hay consenso en la sociedad entre quienes lo deseaban fervientemente y quienes lo rechazan de plano. Con los miles de zonas grises donde suele estar la sensatez, como suele ocurrir.

Lo que anunciaba no era ni más ni menos que una más que posible futura prohibición de acceso a las redes sociales por parte de las personas menores de 16 años. Nada más y nada menos. Y, al respecto, cabe preguntarse dos cosas: si la medida es adecuada, y si es posible llevarla a cabo.

La respuesta a la primera pregunta podría ser sencilla, pero no lo es en absoluto. Podríamos pensar que, teniendo en cuenta que las redes sociales son susceptibles de provocar consecuencias negativas en niños, niñas y adolescentes, lo suyo sería prohibirlas. Pero no es tan fácil como parece. Porque las redes pueden provocar -y de hecho lo hacen- consecuencias negativas, pero también pueden resultar una herramienta útil para comunicarse, si se hace un buen uso de ellas. Hay divulgadores que hacen un contenido fantástico y que tienen un gran potencial para captar la atención de un público que no conocería estos temas por otros medios. Cuentas con contenido científico, literario o histórico que son una herramienta óptima para combatir bulos y enseñar más allá de las aulas. Además, se pueden fomentar relaciones entre comunidades de intereses de tipo artístico, deportivo, o de aficiones de cualquier tipo que no se lograrían por los medios convencionales. Hay jóvenes que han aprendido música o danza de modo autodidacta cuando sus padres no han podido pagarles clases particulares. Y renunciar de raíz a estas posibilidades tal vez sea ser demasiado corto de miras.

Por otro lado, la experiencia me muestra que quienes más radicalmente se oponen al uso de redes por menores de edad suelen ser personas que no las usan o no las conocen, y solo saben de ellas por lo que han leído u oído. Esto es, la parte negativa, que ya se sabe lo de las noticias y el hombre que muerde al perro.

Por eso me planteo muy seriamente si no sería mejor enseñar a usar las redes que prohibirlas y, sobre, todo, arbitrar un medio de control por parte de quienes tienen encomendada la educación y crianza de los menores que cerrar el grifo sin más.

No hay más que volver la vista atrás para darnos cuenta de que ha sido precisamente el hecho de menospreciar el poder de las redes lo que ha hecho que la ultraderecha cope un espacio que podría haberse aprovechado para educar y concienciar.

De otro lado, y quizás más difícil aún de responder, está la cuestión de cómo llevara a cabo esa posible prohibición. Es imposible poner puertas al campo, e internet es un campo gigantesco. ¿Cómo controlar que quien teclea tiene determinada edad? ¿Cómo evitar que se pueda acceder a cualquier espacio virtual? Y, sobre todo ¿Cómo evitar que unas empresas tecnológicas con sede fuera de España puedan resultar obligadas por una legislación propia de nuestro país? Desde mi analfabetismo digital de boomer/generación X me resulta complicado de resolver, aunque es posible que haya una solución posible que mi analógica mente no pueda imaginar.

A ello hay que añadir que las prohibiciones difícilmente consiguen evitar determinadas cosas, sobre todo cuando hablamos de una población, la adolescencia, en que la rebeldía es seña de identidad. Un ejemplo claro sería la prohibición de venta de alcohol a menores, que no ha logrado que el consumo de alcohol empiece cada vez en edades más tempranas y siga registrando cifras alarmantes. Y es que la atracción de lo prohibido ha existido y siempre existirá.

Doy un paso más allá. ¿Qué pasará cuando ese menor cumpla 17 años y se encuentre todo un mundo que hasta entonces le ha estado prohibido? ¿No estaremos simplemente retardando el momento de enfrentarse a unas redes en que se puede encontrar de todo? ¿No habría sido mejor que ese adolescente conociera las redes y tuviera herramientas para combatirlas? Ahí lo dejo.

No obstante, otro melón importante es decidir qué se considera una red social. Porque si un sistema de mensajería como Whatsapp se considera tal, estaremos privando a padres y madres de una herramienta tan útil para que nuestras criaturas nos puedan comunicar donde están en cada momento, alertarnos si están en peligro o tranquilizarnos si han llegado bien a su destino. ¿Tendremos que regresar a las cabinas telefónicas para ello? ¿O resignarnos a la ignorancia? Otro dilema para sumar a lo anterior.

Así que antes de abogar por la prohibición radical, pensemos. No vaya a ser que el remedio sea peor que la enfermedad.