La crisis política en Extremadura resume hoy mejor que nada el problema estratégico de Alberto Núñez Feijóo. El Partido Popular decidió adelantar elecciones porque no podía aprobar los presupuestos. Aquella decisión pretendía desbloquear la legislatura y reforzar al PP. El resultado ha sido el contrario: ahora Extremadura no tiene ni presupuestos ni investidura.

Vox ha votado dos veces en contra de María Guardiola y la comunidad permanece atrapada en un bloqueo político que amenaza con prolongarse. Una jugada pensada para fortalecer al PP ha terminado mostrando su debilidad. Y el problema podría repetirse también en Aragón, donde el adelanto electoral tampoco ha despejado la incertidumbre política.

El aún líder del PP creyó que adelantar elecciones autonómicas podía generar una dinámica favorable que reforzara su liderazgo nacional. La idea era clara: acumular poder territorial para proyectar una alternativa sólida a La Moncloa. Pero la realidad está siendo muy distinta. Las elecciones adelantadas no han fortalecido al PP. Han demostrado hasta qué punto depende de Vox y hasta qué punto Vox puede poner en aprietos al Partido Popular cuando lo considere conveniente.

El ejemplo extremeño es especialmente revelador. Durante meses el PP hizo todo lo posible para cerrar un acuerdo con la formación de Santiago Abascal. Incluso María Guardiola llegó a modificar su propio discurso para facilitar ese entendimiento. No hay que olvidar que, en un momento especialmente polémico, llegó a presentar a Vox como un referente en la defensa del feminismo, una afirmación que sorprendió incluso dentro del propio Partido Popular.

El giro era evidente. El objetivo también: asegurar los votos de Vox para gobernar. Pero ni siquiera eso ha funcionado. Vox ha votado dos veces “no” a la investidura de Guardiola. Dos negativas que han dejado al Partido Popular en una situación políticamente muy incómoda. Porque, después de asumir buena parte de las exigencias de la ultraderecha, el PP sigue sin los apoyos necesarios para gobernar.

El resultado es un bloqueo institucional que complica el futuro político de la propia Guardiola, debilita al Partido Popular y deja a Extremadura en una situación de incertidumbre. Lo que debía ser una solución ha terminado convirtiéndose en un problema mayor.

Esta situación no es un accidente político. Es la consecuencia directa de una estrategia equivocada. Feijóo se las prometía muy felices. Pensaba que esto era coser y cantar: ganar y gobernar Extremadura, después hacer lo mismo en Aragón, más tarde en Castilla y León y seguir avanzando hasta llegar en volandas a La Moncloa. Se equivocó rotundamente.

Al expresidente gallego le ha pasado como en el cuento de la lechera. El llamado “efecto arrastre” que esperaba se ha transformado en algo muy distinto: un efecto bumerán. Cada día Feijóo se debilita y pinta menos ante los españoles, e incluso dentro de su propio partido. Cada movimiento táctico que debía reforzar al Partido Popular está sirviendo para demostrar su dependencia de Vox.

Mientras tanto, el partido de Santiago Abascal continúa consolidando su posición. No necesita gobernar para ganar influencia política. Le basta con demostrar que tiene la llave del poder y que puede utilizarla cuando quiera. Eso es exactamente lo que está ocurriendo ahora. Cada día sube más en las encuestas, mientras Feijóo baja.

El PP necesita a Vox para gobernar en muchos territorios, pero Vox no necesita al PP para crecer políticamente. De hecho, su estrategia parece ser justamente la contraria: marcar distancias y demostrar que el Partido Popular depende de sus votos.

Por eso cada negociación se convierte en un pulso. Cada investidura es una demostración de fuerza. Y cada crisis política termina reforzando la idea de que el control de la derecha española ya no está tan claro.

Feijóo parece confiar en que, llegado el momento, Vox terminará apoyándolo para gobernar España. Pero esa hipótesis parte de un error de cálculo. Santiago Abascal no aspira a ser un socio subordinado del Partido Popular. Su objetivo es disputar el liderazgo de la derecha.

Para lograrlo necesita debilitar al PP, no fortalecerlo. Y cada episodio como el de Extremadura contribuye precisamente a ese objetivo. Porque lo que hoy está quedando claro es que la fórmula PP-Vox no garantiza estabilidad política. Al contrario: allí donde se intenta aplicar termina generando tensiones, bloqueos y crisis institucionales.

El Partido Popular blanqueó a la ultraderecha en España e intentó normalizar la presencia de Vox en gobiernos autonómicos y municipales, pensando que eso permitiría integrar a la ultraderecha dentro de su espacio político.

Pero la realidad es que ha ocurrido justo lo contrario. Vox ha utilizado esa posición para ganar protagonismo, imponer su agenda y demostrar que el PP depende de sus decisiones. La paradoja de Feijóo es cada vez más evidente. Intentó acercarse a Vox para poder gobernar, pero ese acercamiento ha terminado reforzando a Vox y debilitando al propio Partido Popular.

Extremadura se ha convertido en el símbolo más claro de ese fracaso estratégico. El PP convocó elecciones porque no podía aprobar presupuestos. Hoy no tiene ni presupuestos ni gobierno. Y ese resultado dice mucho sobre la situación actual de la derecha española. En cada encuesta que se publica Feijóo baja, y ya son muchos meses de descenso.

Feijóo trató de demostrar su supuesto liderazgo adelantando elecciones. Lo que ha terminado ocurriendo es algo muy distinto: su proyecto político depende cada vez más de un socio que no está dispuesto a facilitarle el camino al poder.

El PP está entrando en descomposición ante la falta de liderazgo de Feijóo, tanto es así que acaba de dimitir el secretario general de Nuevas Generaciones del PP que ha terminado pidiendo el voto para Vox.

Y, como dice la “Ley de Murphy”, todo es susceptible de empeorar. Eso es lo que le está ocurriendo a Feijóo. Ir de la mano de Abascal para arrodillarse ante Trump y apoyar la guerra tampoco le está dando resultado. En la última encuesta publicada por El País, Feijóo solo recibe el apoyo del 18%. Y dos de cada tres españoles se oponen a la guerra con Irán mientras aprueban la actuación del Gobierno de Pedro Sánchez. Negro, muy negro se le está poniendo el futuro a Feijóo. Y además lo sabe.

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