La proximidad de la Diada y las dudas sobre su éxito, o mejor dicho, el temor a que se exhiba durante la manifestación la división indiscutible entre los partidos independentistas, explica la campaña de autosugestión dirigida a las bases del movimiento desde hace unos días. La inminencia de un Tsunami Democrático, anunciado por un emisor anónimo y difundido por todas las familias soberanistas con gran entusiasmo, viene a simbolizar el único punto en el que están de acuerdo: en la utilización del marketing político para inspirar algo de alegría a unos seguidores estupefactos por la falta de propuestas políticas ante la sentencia del Tribunal Supremo. Este mensaje publicitario es, probablemente, el único acuerdo alcanzado en la reunión de Ginebra, cuya celebración podría tener por si misma cierto valor estratégico de futuro.

Durante este verano, algunos independentistas influyentes se han intercambiado uno de los muchos aforismos atribuidos al legendario Sun Tzu: los soldados nunca deben seguir las ordenes de un general capturado por el enemigo. La intencionalidad de la frase es evidente y responde a la existencia de un sector del independentismo que cree que la batalla por el estado propio debe desarrollarse en el exterior y dirigida por lo que se denomina en estos ambientes, el exilio; o sea, por Carles Puigdemont. Una estrategia que va en detrimento de la influencia de los dirigentes encarcelados, especialmente perjudicial para Oriol Junqueras y su apuesta por el diálogo con el gobierno central.

La tesis de este sector se construye a partir de la asunción del fracaso de la confrontación unilateralista dirigida por los partidos y el propio gobierno de la Generalitat, así como de la escasa eficacia de la movilización popular y festiva, cuya indiscutible repercusión mediática no se traduce en ningún tipo de avance. Los partidarios de la internacionalización del conflicto (en los tribunales, en los mercados financieros, en las instituciones, en las universidades o en los think tanks) consideran esta vía como la única con capacidad para desgastar la posición inamovible del Estado español en cuanto a su negativa a considerar un referéndum de autodeterminación.

Puigdemont recuperaría así un protagonismo que ha ido perdiendo lentamente frente al pragmatismo de ERC. La implosión de los republicanos sigue siendo el sueño del legitimismo reinante en Waterloo y aunque ningún independentista puede permitirse todavía el lujo de olvidarse de los políticos presos, todo parece indicar que ante la cumbre de Ginebra, éstos han ido a remolque. Todo muy discretamente, con la máxima cautela por no romper definitivamente el fino hilo de desconfianza interna y siempre con la idea clara que a una semana de la Diada nadie puede poner en peligro el éxito de la misma. De ahí la insinuación del tsunami democrático, la necesidad de volver hacer sentir a las bases su poder en la calle, una promoción de la nueva Diada de los independentistas. 

Volver a sentirse poderosos, este es el objetivo de la manifestación del 11-S. La presidenta de la ANC, Elisenda Paluzie lo explicó muy bien hace un año. De ahí el proceso de autosugestión de estos días para persuadir a los convocados de que todo sigue vivo. De que todo sigue igual. El año pasado, la consigna fue Fem la República Catalana (Hagamos la República Catalana); en esta edición, el eslogan es: Objectiu Independència. Lo mismo, pero un año más tarde, con un innegable retroceso secuencial al proponer ahora un mensaje previo al de 2018, dado que entonces se pretendía construir una realidad que en esta edición se admite que está por conseguir .

Nada va a desanimar a las bases independentistas. Ni la contradicción publicitaria, ni el enfrentamiento entre JxCat y ERC  sobre qué hacer cuando se conozca la sentencia, ni el diálogo de sordos entre el presidente de la Generalitat y el presidente del Parlament sobre lo que sería mejor para el país tras dicha sentencia o ante el fracaso de la negociación de los presupuestos catalanes. La manifestación de la Diada es un acto de fe del que nadie espera ninguna materialización política. Tampoco una especial repercusión real sobre la actitud distante de los protagonistas, a pesar de repetirlo continuamente.

Hace un año, Paluzie, al finalizar la manifestación, exhortó a los políticos independentistas a priorizar los intereses colectivos a los de los partidos; con escaso éxito, vistos los numerosos episodios de enfrentamientos públicos entre ellos. En esta ocasión, podría decirles lo mismo, además de promocionar el inminente tsunami contra el Estado si no absuelve a los dirigentes juzgados. Este tsunami de desobediencia pacífica y lucha no violenta (según el manifiesto) recuerda algunos de los grandes éxitos publicitarios del Procés: todo está preparado (las estructuras de estado) para la declaración de la independencia. O la frase lapidaria pronunciada por Puigdemont en 2017, previa a la aplicación del 155: “no aceptaremos inhabilitaciones ni suspensiones de los tribunales españoles”.