Hay seres humanos transparentes, y hay otros impregnados de disonancias entre lo que muestran y lo que de verdad son. Y a veces esas disonancias pueden esconder miserias y maldades que provocan daño grave en los otros. Es el mito del Dr Jekyll y Mr Hyde, o el lobo con piel de cordero, o la máscara que esconde al monstruo, como nos contó muy bien Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray; o el lado, no oscuro, sino espantoso y tétrico, agazapado tras ese otro lado que se muestra en público, de determinados personajes, grupos u organizaciones. Y no son excepciones, sino lo normativo en una parte de la condición humana, aunque no se vea a simple vista.
En los últimos tiempos se están desvelando esos lados tenebrosos y oscuros de personajes relevantes y que han estado, o están, en lo más alto de la cúpula social o de poder. En algunos de esos personajes la oscuridad es obvia y evidente. La supuesta implicación en múltiples casos de abuso y pederastia, y la evidente falta de conciencia y empatía del actual presidente de EEUU es vox populi. Como lo es la implicación en la red pederasta de Jeffrey Epstein de numerosos personajes de las élites mundiales, incluidos algunos casos de la mismísima realeza europea.
Pero, en otros casos, algunas denuncias de mujeres abusadas, o maltratadas, o traumatizadas en lo más profundo, han desenmascarado a determinadas personas cuya supuesta excelencia ha sido su contundente e incuestionable carta de presentación; aunque, presuntamente, en sus esferas privadas se pueden comportar como depredadores sexuales, maltratadores y abusadores incapaces de controlar sus instintos depravados y despreciables, con una falta de empatía impresionante frente a las mujeres, sobre todo frente a las más indefensas y vulnerables.
Por supuesto, la presunción de inocencia es obligada hasta que la Justicia se pronuncia. En casos como el del tenor Plácido Domingo, o Suárez, ese político tan respetado y ensalzado, la caída del mito es aplastante. En el caso reciente del cantante Julio Iglesias, el ídolo de varias generaciones, supuesto símbolo del triunfo de un español en el mundo, la hecatombe será espectacular, y no me refiero a él, sino al concepto de él que pulula por la conciencia colectiva. Porque no hablamos de simples maldades, sino de presuntos crímenes sucios y abyectos.
Sea como sea, es muy obvio que el machismo, evidente o solapado, sigue muy vivo. Todos hemos sido vacunados (nos demos cuenta o no) con el virus del desprecio a lo femenino, del machismo, de la misoginia que el cristianismo lleva, desde sus propios inicios, difundiendo. En pleno ascenso al poder, en el siglo IV acabaron con la vida de Hipatia de Alejandría, matemática, filósofa, pensadora, sabia, profesora, erudita, considerada la última mujer científica del mundo clásico; un hecho histórico que no se cuenta en las escuelas, y que marcó el inicio de la imposición forzada de un único modelo de mujer: la mujer sumisa y enclaustrada, sin voz ni voto, sin libertad alguna y siempre sometida al varón y a la condición de objeto y de madre, según los dogmas y los mitos cristianos.
Eso fue hace mucho tiempo, dirán algunos. Sí, pero aún hoy en día las mujeres viven, vivimos en esos paradigmas morales e ideológicos; y, por supuesto, educacionales. Todo empieza y acaba en la educación. Y, en medio planeta, el de la órbita católica, se sigue adoctrinando a los niños en el odio a las mujeres, a través de la leyenda de la mordida de la manzana que, dicen, condenó a la humanidad, o a través de ser consideradas una costilla, un apéndice del hombre. ¿Cómo no vamos a vivir en sociedades machistas en las que se sigue induciendo a despreciar a lo femenino, y a cosificar o deshumanizar a las mujeres? El machismo es entrar en esos esquemas, los hombres considerando a las mujeres como floreros u objetos de los que abusar; y las mujeres ejerciendo de enemigas, o de jueces maledicentes de las otras mujeres, o de parásitos de los hombres.
Es obvio que el cantante universal disfrutaba en esa categoría de hombres machos y machistas; un viejo paradigma heredado de la cruel y casposa España negra. Algunos le defienden argumentando que ellas podían haberse marchado, mostrando una gran ignorancia de la psicología humana. Es como afirmar que las mujeres maltratadas, incapaces de alejarse de su maltratador, disfrutan en su situación de maltrato. Previo a esa impotencia existe siempre un proceso de coacción, de empleo de las mismas técnicas coercitivas de manipulación que emplea cualquier secta destructiva, como, entre otras, aislamiento, adoctrinamiento, miedo, imposición de un severo orden jerárquico, indefensión y sumisión aprendidas.
La cuestión es que detrás de algunos personajes supuestamente insignes, parece existir un narcisismo y una tendencia a la violencia sexual y al abuso de poder, por supuesto con tintes psicopáticos, que asustan. Y, según la evidencia, a las mujeres nos queda aún un inmenso camino por recorrer, y el feminismo se nos hace necesario, porque finalmente, como dice Marcela Lagarde, el feminismo no es otra cosa que la “absurda idea” de que las mujeres somos personas.
¿Dónde están la ejemplaridad y la supuesta grandeza, que siempre nos han vendido, en estos personajes?No conozco ningún otro signo de superioridad que la bondad del corazón, decía el gran Beethoven.
Coral Bravo es Doctora en Filología