Escribo esto mientras mis alumnos de políticas y sociología hacen el examen. Están ahí, repartidos por el aula, armados únicamente con un bolígrafo y un papel. Observo en silencio y casi puedo escuchar el chisporroteo de las neuronas trabajando a pleno rendimiento. Un espectáculo tan en vías de desaparecer que siento que en cualquier momento Juan Luis Arsuaga va a entrar por la puerta.
El examen es de desarrollo, con tós sus avíos, sí, esos de toda la vida pero con algo añadido, aplicar teoría y parte práctica. Lo cual tiene su historia porque a principios de curso la súplica colectiva tenía nombre de tipo test. Lo pedían con esos ojos de cordero degollado que solo los estudiantes saben poner cuando creen que están negociando una cuestión de derechos humanos fundamentales. 'Que si es más justo, que si elimina la subjetividad. que si en la vida real nadie tiene que escribir tanto... Verídico. La vida real. Escuché atentamente los alegatos de mi grupo de alumnos-abogados de una causa noble. Después dije que no. Un no rotundo.
Hay que mancharse un poquito las manos, miarma. Les repliqué que los callos también pueden salir de coger un boli y no exclusivamente de levantar pesas. Sin ser yo una visionaria-gurú, les explico que existe una tecnología revolucionaria pero milenaria y cada vez más exótica…adivina… ¡escribir a mano!. Y todo lo que conlleva eso. Sentarse (porque no vale de pie), ordenar ideas, relacionar conceptos y construir una respuesta que ocupe más de dos líneas y no incluya muchos: Enviar. Sí. Enviar. No sé. Enviar. Y aquí están. Meses después del primer día de clase y la disputa constituyente. Escribiendo.
Algunos escriben con la concentración febril de quien está negociando un tratado de paz para Oriente Próximo y cualquier coma mal puesta podría desencadenar una crisis diplomática. Otros observan el techo con devoción mística, confiando en que Max Weber se manifieste entre los fluorescentes para ofrecerles una última tutoría exprés desde el más allá. Y alguno descubre que pensar cansa. Cansa de verdad. Una especie de burpee cognitivo, los ilustrados lo llaman la biodinámica del cerebro en estado puro.
Antes de empezar el examen, todos exhiben el mismo repertorio de drama, fatalismo y profecías de suspenso inminente. Yo, que ya llevo demasiado Paulo Coelho acumulado en el organismo, casi tanto como mercurio de atún, les digo que confíen en sí mismos, que pueden hacerlo, que saben más de lo que creen. A mitad del discurso me escucho desde fuera y caigo en la cuenta. Leches, me he convertido en un entrenador de Hyrox. Solo que, en lugar de empujar trineos, les estoy pidiendo que apliquen a Weber, Durkheim y compañía sin sufrir un colapso emocional.
Han nacido en una época donde toda pregunta tiene una respuesta inmediata. O, al menos, algo que se parece muchísimo a una respuesta. El teléfono móvil les acompaña cual madre sobreprotectora, un secretario personal y un chamán digital al mismo tiempo. Todo puede consultarse. Todo puede verificarse. Todo puede preguntarse. Todo tiene respuesta. Hasta cuestiones que rozan el sentido común más elemental. Incluso aquello que durante siglos resolvimos mediante un poquito de observación, una mijita de intuición y algo de sentido común.
¿Cuánto tarda en cocerse un huevo de avestruz? Consulta. ¿Quién ganó Eurovisión en 1987? Consulta. ¿Debo llevar paraguas si está lloviendo? Consulta. ¿Saldrá el sol mañana? Pues mire usted, no lo sé. El universo es complejo, las leyes de la física podrían colapsar y siempre existe la posibilidad de que una civilización extraterrestre decida apagar la estrella como quien desconecta una lámpara. Pedro Sánchez lo arreglará no preocuparse pero, en cualquier caso, mañana tenéis clase. A este ritmo no descarto que dentro de unos años alguien pregunte a una inteligencia artificial si realmente tiene hambre antes de abrir la nevera. Ah que ya pasa. Vaya.
Mientras tanto siguen escribiendo.
Los observo con una mezcla extraña de ternura, admiración y preocupación antropológica. Ternura porque son una generación brillante. Admiración porque manejan herramientas que mi generación ni siquiera imaginaba. Y preocupación porque les falta seguridad. Lo veo constantemente en clase, cuando debatimos, no buscan tanto defender una opinión como confirmar previamente que la opinión está homologada. Primero la validación. Después el pensamiento. Ya si eso. Un orden de prioridades que habría resultado muy cómodo para la Inquisición.
Llevo todo el curso insistiendo; que la ciencia es fruto del ensayo y error, y que el conocimiento avanza precisamente porque alguien se atreve a formular preguntas para las que todavía no existe una respuesta. Como decía Javier Krahe, prefiero caminar con una duda que con un mal axioma. Y cuanto más tiempo pasa, más razonable me parece esa frase. La duda lleva siglos haciendo el trabajo sucio. La mayor parte del trabajo intelectual importante se produce en la incertidumbre. Cuando todavía no sabemos. Cuando dudamos.
Si solo nos dedicáramos a responder preguntas cuyas respuestas ya conocemos, seguiríamos estancados. La ciencia avanza explorando aquello que todavía ignora, no confirmando lo que sabe. Si nuestros antepasados hubieran esperado a tener todas las respuestas antes de formular preguntas, seguiríamos atribuyendo los eclipses a enfados divinos y las enfermedades a conspiraciones de espíritus malhumorados. Aunque, pensándolo bien, algunas cosas tampoco han cambiado tanto.
Empiezan a entregar los exámenes con algún comentario final del tipo “me duele la mano”. Sonrío. Durante dos horas han estado solos sin esa red de seguridad permanente que acompaña casi cualquier actividad intelectual o no contemporánea. Durante dos horas han tenido que convivir con sus propias ideas, cuestionarlas y defenderlas. La última alumna en entregar el examen, me enseña con orgullo, orgullo genuino, una ampolla brillante en el dedo. Está feliz. Y yo también.
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