Cada día me reafirmo más en cómo ser alcalde de pueblo configura mi visión de la vida cotidiana y, sobre todo, de cómo la política afecta a la gente corriente, la del día a día, porque somos quienes representamos a la gente de lo común

Sí, soy un alcalde de pueblo, Salorino, un pueblo de agricultores, agricultoras, ganaderas y ganaderos. Un lugar donde sabemos lo que la tierra necesita: cuándo tiene agua, cuándo está seca, cuándo pide descanso... Un pueblo que vive la tierra, que la trabaja, que la cuida desde hace generaciones. La misma tierra que pedían un 25 de marzo de 1936 aquellos yunteros y yunteras hartos de trabajar para quien los explotaba. Ellos y ellas son el germen de un proyecto que solo quiere volver a ser Extremadura, porque en esta región, como en las Hurdes, la tierra es hija de los hombres y, por supuesto, de las mujeres, como dijo Unamuno. 

Por eso el 25 de marzo no es solo una fecha, es una actitud. Y esa actitud, la de volver a ser Extremadura, es la que hoy seguimos defendiendo y construyendo. Una Extremadura que ha avanzado, que ha conquistado derechos, servicios públicos y oportunidades gracias al esfuerzo colectivo de su gente y al compromiso de gobiernos que han creído en esta tierra. Pero también una Extremadura que no se conforma, que sabe que aún queda mucho por hacer y muchas injusticias por corregir. 

La historia nos dejó una deuda, una herida profunda de desigualdad y de olvido que no se resuelve en un día ni en una generación. Una deuda acumulada durante décadas en las que se explotaron nuestros recursos mientras otros se quedaban con los beneficios. Frente a eso, hoy afirmamos algo claro: Extremadura no acepta menos que nadie. Volver a ser Extremadura es hacerlo desde la dignidad conquistada, sin tutelas, sin permisos y sin miedo; con orgullo por lo que somos y con ambición por lo que queremos ser. Conciencia de pueblo, orgullo de Extremadura.

Hay una nueva generación que a pesar de todo y de todos, se ha quedado aquí para oír las historias de sus vecinos y vecinas. Una generación que permanece porque cree que este pueblo rebelde y pacífico nunca fue sumiso. Estamos aquí, y somos una generación inconformista, orgullosa de sus logros, pero honesta consigo misma.

Hace poco Juventudes Socialistas publicaba una campaña por el 8 de marzo en la que ponían en valor los oficios de las mujeres de Extremadura: hilanderas, labradoras, bordadoras, lavanderas y aguadoras, esas mujeres también estuvieron en la lucha del campo; en una de las fotos de esa campaña se ve a alguna de aquellas mujeres participando en una concentración por la reforma agraria del 36. Y esa foto me ha removido, me empuja en esta lucha de ahora para recuperarnos, para volver a ser Extremadura.

No olvido que, desde que he ostentado la Secretaría General del PSOE de la provincia de Cáceres, mi único empeño es que tenemos que estar a pie de calle, oler la tierra, volver a ocuparla desde la conciencia y el convencimiento: trabajar. Sí, trabajar la tierra. Trabajar desde la tierra, con los pies en el suelo. 

Somos lo que somos: memoria, sabiduría, empeño, paciencia; somos los hijos e hijas de la tierra que nos robaron, que no nos dejaron ocupar, somos los nietos y nietas de los yunteros y yunteras que siguen trabajando esa tierra cada mañana, que la cuidan, la miman desde el conocimiento y el respeto. Somos un pueblo bregado en mil batallas, acostumbrado a salir adelante una cosecha tras otra. Y en eso estamos, en volver a ser Extremadura, la tierra de nuestras y nuestros antepasados, nuestra tierra: Extremadura.

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