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El Ayuntamiento de Madrid decidió en septiembre de 2026 detener la prolongación del carril bici de la Castellana hasta Atocha, y lo hace con un argumento que ya suena a coartada: la escasa utilización del primer tramo. Según la información publicada, apenas unos 500 ciclistas diarios usan ese tramo, frente a los 4.000 que preveía el propio gobierno municipal.

Fragmentos aislados sin continuidad
La lógica es circular. Se construye un fragmento aislado, desconectado del resto de la ciudad, y después se censura su éxito limitado. Un carril que no lleva a ninguna parte difícilmente atraerá a quienes necesitan desplazarse de un extremo a otro del eje. El Colegio de Arquitectos ya denunció esa política de tramos sueltos, sin continuidad ni visión de conjunto.
Conviene recordar de dónde viene el proyecto. El carril de la Castellana fue aprobado en el Pleno en 2019 y asumido por todos los grupos municipales en los Acuerdos de la Villa de 2020, además de figurar en la estrategia Madrid 360. Preveía trece kilómetros, sumados ambos sentidos, segregados y continuos hasta Atocha, y se licitó con un presupuesto cercano a 5,6 millones de euros.

Pausa, sin visos de reanudarse
Un consenso político tan amplio merecía algo más que una pausa sin calendario. Paralizar no es evaluar: es aplazar sin rendir cuentas. Si los datos de uso preocupan, lo coherente sería completar la red, mejorar la señalización y las conexiones, y medir después. Hacer lo contrario equivale a dar la razón a quienes sostienen que la bicicleta nunca tuvo prioridad real.
Cabe, con todo, escuchar al Ayuntamiento. Gestionar dinero público exige cuestionar inversiones que no rinden, y quinientos usuarios diarios son una cifra modesta para una de las arterias más caras y simbólicas de la capital. Pero esa prudencia sería creíble si el gobierno municipal hubiera ofrecido un plan alternativo, un calendario y una evaluación independiente. Hasta ahora, ofrece silencio.

Un problema de modelo del consistorio
El problema de fondo es de modelo. Madrid presume de ambición climática, pero cada vez que una medida incomoda al tráfico motorizado se activa el freno. La Castellana, símbolo del automóvil en el centro, seguirá siendo una vía donde pedalear exige valentía y desvíos. Las asociaciones ciclistas llevan casi una década pidiendo un eje seguro de Atocha a Plaza de Castilla; recibir una paralización como respuesta resulta, como mínimo, desalentador. La ciudad no necesita más tramos decorativos ni excusas estadísticas.




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