La mayoría de las personas experimenta un intenso dolor tras la pérdida de un ser querido, pero con el tiempo, la vida cotidiana vuelve a normalizarse. Sin embargo, existe un grupo reducido para el que el dolor persiste y se intensifica con el tiempo, una condición conocida como trastorno de duelo prolongado (TDP). Científicos de la Universidad de Nueva Gales del Sur (Australia) han identificado posibles alteraciones en las redes cerebrales relacionadas con la recompensa que podrían explicar por qué algunas personas no logran superar la pérdida.
La investigación, publicada recientemente en la revista Trends in Neurosciences de Cell Press, analiza la neurobiología del TDP y cómo esta se diferencia de otras afecciones como la depresión o la ansiedad. Richard Bryant, investigador principal y experto en traumas, subraya que aunque el duelo ha sido objeto de estudio durante décadas, el TDP no fue reconocido formalmente hasta 2018. “El trastorno de duelo prolongado es la nueva tendencia en cuanto a diagnósticos psiquiátricos”, afirma Bryant.
En su experiencia central, el TDP comparte muchas características con el duelo tradicional: intenso anhelo, dolor emocional y añoranza constante. No obstante, en aproximadamente una de cada 20 personas en duelo, el sufrimiento no disminuye tras seis meses de la pérdida. “No es que sea un tipo diferente de duelo. Es simplemente que la persona está atrapada en el duelo”, explica Bryant. En estos casos, quienes lo padecen pueden sentir que la vida ha perdido sentido, que una parte de su identidad ha desaparecido o que no pueden aceptar la muerte, aunque sean conscientes de ella.
Cómo afecta el duelo prolongado al cerebro
Para comprender por qué algunos individuos permanecen estancados, los investigadores han recurrido a estudios de neuroimagen que evalúan la actividad cerebral mientras los participantes recuerdan o visualizan al fallecido. Los resultados indican que el TDP está relacionado con alteraciones en los circuitos de recompensa, incluyendo el núcleo accumbens y la corteza orbitofrontal, implicados en la motivación y el deseo. Otras áreas afectadas son la amígdala y la ínsula, esenciales en el procesamiento emocional. “Esto encaja con la noción de que el duelo se caracteriza por un anhelo profundo o añoranza hacia la persona fallecida”, comenta Bryant.
Aunque algunos de estos patrones cerebrales se observan también en depresión o trastorno de estrés postraumático, la investigación apunta a que existen diferencias sutiles que podrían ayudar a distinguir el TDP de otras afecciones. “Dado que estas condiciones comparten elementos como rumiación y distrés emocional, no sorprende que haya superposición. El desafío es determinar qué cambios son específicos del duelo prolongado y si son causa o consecuencia de esta condición”, aclara Bryant.
El experto insiste en la necesidad de ampliar los estudios con grupos más numerosos y seguimiento a largo plazo, para entender cómo la actividad cerebral cambia en quienes se recuperan frente a quienes permanecen atrapados en el dolor. “Esperamos crear conciencia sobre el trastorno de duelo prolongado. Para poder abordarlo, primero debemos reconocerlo y poder identificar a las personas que lo padecen”, indica Bryant.
El TDP, aún en proceso de definición y estudio, representa un campo emergente en psiquiatría y neurociencia. La investigación apunta a que el dolor persistente tras la pérdida no es solo un fenómeno emocional, sino que puede estar vinculado a la actividad de circuitos cerebrales específicos. Esta perspectiva abre nuevas vías para terapias dirigidas y un diagnóstico más preciso, diferenciando el duelo prolongado de otros trastornos del ánimo.
A medida que los científicos profundizan en la comprensión de estas redes neuronales, la meta es ofrecer tratamientos más efectivos y un reconocimiento clínico que permita a quienes permanecen “atrapados” en el duelo recibir la atención adecuada, fomentando la recuperación emocional y la reintegración de estos individuos en su vida cotidiana.
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