El despacho está en silencio. Al otro lado de la mesa, un funcionario toma notas con lápiz rojo. No juzga la calidad de la película, sino su peligrosidad. Cada línea del guion es una sospecha, cada diálogo puede esconder una herejía política o moral. En la España del franquismo, rodar una película crítica no era solo un acto creativo: era una forma de resistencia. Antes de que una cámara empezara a grabar, el verdadero rodaje tenía lugar allí, en despachos grises donde se decidía qué podía imaginarse y qué debía permanecer oculto. 

Durante casi cuatro décadas de dictadura, el cine fue uno de los territorios culturales más vigilados por el régimen de Francisco Franco. Consciente de su enorme capacidad de influencia, el franquismo convirtió la industria cinematográfica en un espacio sometido a un férreo control político, moral y religioso. Nada escapaba a la censura: ni los argumentos, ni los diálogos, ni la forma de vestir de los personajes, ni siquiera los finales. El cine debía educar, moralizar y reforzar el relato oficial de una España unida, católica y obediente. 

La censura funcionaba como un sistema perfectamente engrasado. Cada guion pasaba por varias instancias administrativas antes de recibir el ansiado permiso de rodaje. Después, la película ya filmada debía volver a someterse al examen de los censores, que podían exigir cortes, cambios de doblaje o incluso prohibir su estreno. En muchos casos, el resultado final poco tenía que ver con la obra original. El lápiz rojo reescribía el cine español sin aparecer en los créditos. 

El humor como trinchera 

Sin embargo, incluso en ese contexto asfixiante, surgieron cineastas dispuestos a tensar los límites. Directores que entendieron que la confrontación directa era imposible, pero que la ironía, la metáfora y el humor podían convertirse en armas eficaces. Uno de los casos más emblemáticos es el de Luis García Berlanga, que supo retratar como nadie el absurdo, la hipocresía y la miseria moral del sistema sin necesidad de mencionarlo explícitamente. Sus películas no atacaban al régimen de frente, pero lo dejaban en evidencia a través de personajes mediocres, situaciones grotescas y una mirada profundamente corrosiva sobre la sociedad española. 

Junto a Berlanga, otros nombres como Juan Antonio Bardem optaron por un cine más directamente social, inspirado en el neorrealismo europeo. Bardem fue uno de los pocos cineastas que se atrevió a señalar las desigualdades, la injusticia y el vacío moral de la España franquista con menos ambigüedad, lo que le costó persecuciones, detenciones y la vigilancia constante de las autoridades. Hacer cine crítico tenía consecuencias, y quienes lo intentaban lo sabían.

La censura no solo marcó lo que se decía, sino también cómo se decía. Ante la imposibilidad de abordar ciertos temas de forma abierta —la represión política, la pobreza estructural, la falta de libertades— el cine español desarrolló un sofisticado lenguaje simbólico. El humor se convirtió en una coartada, el costumbrismo en un refugio y el silencio en una herramienta expresiva. El espectador aprendió a leer entre líneas, a interpretar miradas y dobles sentidos. Se creó así una complicidad tácita entre quienes filmaban y quienes miraban. 

Mientras tanto, el régimen también promovía un cine funcional a sus intereses. El folclore, las comedias ligeras y las llamadas “españoladas” ofrecían una imagen amable y falsa de la realidad, basada en tópicos y evasión. No se trataba solo de propaganda explícita, como la que difundían los noticiarios del NO-DO, sino de una anestesia cultural que ayudaba a normalizar la dictadura. Frente a ese cine complaciente, las películas incómodas eran vistas como una amenaza. 

Después del silencio 

La represión cultural no fue solo institucional. La autocensura se convirtió en una práctica habitual. Muchos creadores aprendieron a anticipar el juicio del censor y a mutilar sus propias ideas antes de que alguien más lo hiciera. El miedo a la prohibición, a la ruina económica o al señalamiento político pesaba tanto como las normas escritas. Esa herida invisible dejó una profunda marca en varias generaciones de cineastas. 

Aun así, el cine crítico del franquismo logró sobrevivir y, en algunos casos, trascender su tiempo. Sus películas no solo documentan una época, sino que revelan los mecanismos de adaptación y resistencia cultural bajo una dictadura. Son testimonios de una creatividad obligada a moverse en la penumbra, de una lucha constante por decir sin decir, por mostrar sin nombrar. 

Tras la muerte de Franco, muchas de esas tensiones no desaparecieron de inmediato. La Transición heredó un sector cultural acostumbrado a mirar de reojo al poder y a medir cada palabra. Algunas inercias del franquismo se prolongaron durante años, y el cine tardó en desprenderse del todo de la censura interiorizada. Revisar hoy aquellas películas no es solo un ejercicio de memoria cinematográfica, sino también una forma de entender cómo el autoritarismo moldea la cultura y cómo la cultura, incluso en las peores condiciones, encuentra resquicios para resistir. 

Porque, al final, en aquellos despachos silenciosos donde un funcionario decidía el destino de una película, no solo se censuraban historias. También se intentaba domesticar la imaginación. Y hubo quienes, a pesar de todo, se negaron a obedecer.

Dummy Cta
Palabra oculta

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