En las ciudades modernas, casi todo empuja en la misma dirección: más pantallas, más ruido, más prisas, más tráfico, más tiempo en interiores. En medio de esa rutina acelerada, la naturaleza ha ido quedando relegada a un papel secundario, casi decorativo, como si fuera un adorno urbano agradable pero prescindible. Marco Garrido Cumbrera, catedrático de la Universidad de Sevilla y experto en salud urbana y medio ambiente, cree que ese enfoque es un error de base. Y no uno menor.

La naturaleza no es solo un lujo, sino una necesidad

Su tesis es sencilla de formular, pero tiene implicaciones profundas: “La naturaleza no es solo un lujo, sino una necesidad”, resume. No habla únicamente de escapadas al campo o de grandes parques naturales. Habla también de los parques urbanos, de los árboles que vemos desde la ventana, de la cercanía a una zona verde, del tiempo real que pasamos en ella y de los llamados espacios azules: entornos con presencia de ríos, lagos o mar, situados dentro o en el entorno urbano. Esa idea está presente tanto en la entrevista como el capítulo que ha publicado recientemente en el Routledge Handbook on Spaces of Mental Health and Wellbeing, en el que aborda una cuestión cada vez más relevante en la investigación internacional: cuál es la “dosis” adecuada de naturaleza para proteger la salud mental.

El cerebro humano no está diseñado para vivir sometido de forma constante a entornos artificiales

Más que algo bonito: un activo de salud

Garrido insiste en que seguimos tratando la naturaleza “como algo ornamental”, útil para pasear de vez en cuando o para entretener a los niños, pero no como un elemento estructural del bienestar. Su planteamiento va bastante más allá. La compara con otros pilares que sí hemos incorporado al discurso sanitario y cotidiano, como el sueño, la alimentación o el ejercicio físico. “Es un factor básico”, afirma, “un activo de salud”.

La idea de fondo conecta con algo que a menudo se olvida: el cerebro humano no está diseñado para vivir sometido de forma constante a entornos artificiales, sobresaturados de estímulos, ruido y estrés. De ahí que el contacto con la naturaleza pueda actuar como un mecanismo de descanso, restauración y recuperación psicológica. No plantea una visión ingenua ni milagrosa. Tampoco sostiene que la exposición a espacios verdes pueda sustituir tratamientos médicos o psicológicos, ni que, por si misma, sea suficiente para abordar trastornos complejos. Lo que sí defiende es que puede actuar como una herramienta complementaria valiosa, asequible y con beneficios en múltiples dimensiones de la salud.

En su lectura, además, la naturaleza no solo afecta al malestar psicológico directo. También puede favorecer la actividad física, la socialización o hábitos más saludables. Dicho de otro modo: no es solo paisaje, también forma parte de los elementos que hacen posible una buena salud y bienestar.

Cuánta naturaleza necesitamos

Una de las preguntas más interesantes de su trabajo no es si la naturaleza beneficia a la salud mental, sino cuánto contacto es necesario para que ese beneficio sea perceptible. Ahí aparece la idea de la “dosis”. Garrido explica que ese cálculo no puede reducirse a una intuición vaga, porque si un médico, un psicólogo o un terapeuta ocupacional quisieran recomendar tiempo en la naturaleza, necesitarían contar con alguna referencia mínima: cuánto tiempo, con qué frecuencia, en qué tipo de espacio y en qué condiciones.

La literatura científica empieza a ofrecer algunas pistas. En el capítulo se hace eco de estudios que han mostrado como, por ejemplo, pasar al menos 120 minutos a la semana en la naturaleza se asocia con mejor salud y bienestar. También que sumar 30 minutos semanales de visitas a espacios verdes se ha vinculado con una reducción de la prevalencia de depresión en población general. Pero Garrido subraya que el tiempo no es la única variable importante. También cuentan otros factores como la distancia desde el hogar al espacio verde, su tamaño, su calidad y el modo en que se usa. No basta con “pasar por delante” de un árbol o entrar en una plaza asfaltada con dos bancos y algo de sombra. No todos los espacios son iguales, ni generan el mismo efecto.

Ahí introduce una observación especialmente interesante: incluso la atención que prestamos al entorno importa. Estar en un parque no garantiza por sí mismo el beneficio si no hay una experiencia real de contacto con ese entorno. Por eso, la seguridad, el mantenimiento, la estética, la biodiversidad o la sombra también forman parte de la ecuación. Un espacio degradado o percibido como inseguro puede, incluso, producir el efecto contrario y disuadir a la población de su uso.

La regla 3-30-300

Si hubiera que resumir en una fórmula concreta buena parte de esa evidencia, Garrido recurre a la llamada regla 3-30-300, una herramienta urbanística cada vez más conocida creada por Cecil Konijnendijk van den Bosch. La regla plantea tres criterios sencillos: poder ver al menos tres árboles desde el hogar, vivir en un barrio con un 30% de cobertura vegetal y vivir a menos de 300 metros de un parque o espacio verde de calidad.

La utilidad de esta propuesta está en su claridad. Traduce un debate científico complejo en parámetros que pueden servir para el urbanismo, la planificación y las políticas locales. Y no se queda en lo teórico: el capítulo señala que el cumplimiento de la regla 3-30-300 se ha asociado con una mejor salud mental, un menor consumo de medicamentos y un menor número de visitas al psicólogo o al psiquiatra en ciudades como Barcelona.

Para Garrido, esa regla permite empezar a pensar la ciudad desde la salud y no solo desde la movilidad, el precio del suelo o la densidad edificatoria. En otras palabras: los árboles, los parques y la cercanía de los espacios verdes no son un extra amable, sino parte de las condiciones que hacen una ciudad más habitable y saludable.

Recetar naturaleza y repensar el sistema

Uno de los puntos más claros de su planteamiento es la defensa de la llamada prescripción de naturaleza. Garrido lamenta que en España siga siendo raro que los profesionales sanitarios incorporen este tipo de recomendaciones, pese a que ya existen experiencias en países como Nueva Zelanda, Reino Unido, Japón o Estados Unidos. “Los médicos no suelen prescribir el contacto con la naturaleza” con la misma naturalidad con la que recomiendan ejercicio, pautas de sueño o alimentación saludable, señala.

La idea no es sustituir tratamientos farmacológicos o psicológicos, sino ampliar el repertorio de intervenciones no farmacológicas, especialmente en un contexto de saturación de los sistemas sanitarios y aumento de patologías crónicas. En su opinión, la naturaleza ofrece varias ventajas difíciles de ignorar: “es muy barata, es accesible y tiene múltiples beneficios”. De ahí que reclame que tanto el Gobierno central como las Comunidades Autónomas exploren programas de prescripción de la naturaleza ya existentes y los adapten al contexto español.

Una cuestión también de desigualdad

La otra gran pata de su discurso tiene que ver con la desigualdad. No todos los barrios cuentan con la misma dotación de espacios verdes, ni con parques igual de cuidados, seguros o accesibles. Y eso, sostiene, también tiene consecuencias para el bienestar psicológico. La naturaleza, como tantas otras cosas en la ciudad, está desigualmente repartida.

Garrido recuerda además que el problema no es solo de oferta, sino también de uso. Si la vida cotidiana se organiza para que niños y adolescentes pasen la mayor parte del tiempo en interiores, entre deberes, actividades cerradas y ocio asociado al consumo, el contacto con la naturaleza se reduce. También pesa una cierta infrautilización cultural de estos espacios. En un momento en el que gran parte del ocio gira alrededor del gasto, el parque parece haber quedado relegado a un lugar residual. “Se tiende un poco a demonizar los parques”, lamenta, recordando que, durante los primeros momentos de la pandemia COVID-19, muchos de estos espacios fueron cerrados como medida de prevención frente a los contagios, pese a la escasa evidencia existente sobre el riesgo de transmisión en espacios abiertos.

Por eso insiste en que el debate no puede limitarse a recomendaciones del tipo “salga usted más al parque”. Hace falta una mirada estructural: más espacios verdes y azules, mejor distribuidos, mejor mantenidos e incorporados al diseño urbano y a las políticas sanitarias.

La pregunta, en realidad, no es solo cuánta naturaleza necesitamos. La pregunta es si estamos dispuestos a reorganizar nuestras ciudades y nuestras prioridades para asumir que cuidar la salud mental no pasa únicamente por hospitales, consultas o fármacos, sino también por algo tan elemental —y tan olvidado— como tener cerca un parque al que merezca la pena volver.

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