La guerra no ha terminado. Simplemente ha cambiado de escenario. UEFA está preparada para guardar la amenaza de boicot que durante las últimas semanas había colocado al fútbol mundial ante una ruptura inédita, después de recibir garantías de FIFA de que no resucitará su polémico proyecto para vender a inversores privados una participación del negocio comercial de sus principales competiciones.

La consecuencia inmediata es importante. Las selecciones europeas podrán seguir participando en los torneos organizados por FIFA y el Mundial femenino Sub-20 de Polonia deja de ser el primer campo de batalla de la crisis, después de varias semanas en las que su celebración había quedado atrapada entre las amenazas institucionales y la voluntad de varias federaciones de competir.

Pero la retirada del boicot no significa que UEFA e Infantino hayan hecho las paces. Aleksander Ceferin puede guardar esa amenaza precisamente porque ha conseguido lo que buscaba: FIFA retira la operación y acepta que no volverá a plantearla en los mismos términos. Infantino, en cambio, sale del enfrentamiento con su proyecto enterrado y su autoridad mucho más discutida que hace un mes.

UEFA gana el pulso que abrió la guerra

El origen de la crisis estaba en FIFA Forward Enterprise, el proyecto con el que el organismo internacional pretendía concentrar parte del negocio generado por sus competiciones en una nueva estructura comercial y abrir aproximadamente un 20% de ella a inversores privados.

La operación podía haber permitido a FIFA captar alrededor de 4.200 millones de dólares. El Regate ya explicó cómo ese plan implicaba valorar el negocio en unos 20.000 millones, pero también por qué provocó una rebelión casi inmediata. UEFA y sus 55 federaciones entendieron que entregar una participación del negocio del Mundial a fondos privados suponía cruzar una línea que podía alterar durante años la propiedad y explotación de algunos de los activos más valiosos del fútbol.

La respuesta europea fue excepcional: amenazar con no participar en las competiciones FIFA. La presión obligó a Infantino a enterrar el proyecto en apenas unos días, pero UEFA no se conformó con una retirada temporal. Exigió garantías de que la operación no volvería a aparecer cuando disminuyera la presión política.

Es precisamente ese compromiso el que permite ahora desactivar el conflicto inmediato. El matiz cambia por completo la interpretación de la tregua: Europa no vuelve a la normalidad después de aceptar la posición de Infantino, sino después de conseguir que FIFA retroceda.

Polonia deja de ser el campo de batalla

La primera consecuencia estaba a pocos días de distancia. El Mundial femenino Sub-20 comenzará en Polonia el próximo 5 de septiembre y había quedado atrapado en mitad del pulso institucional. España, Francia y otras selecciones clasificadas habían confirmado su intención de disputar el campeonato incluso mientras UEFA mantenía formalmente su amenaza.

Ese escenario había abierto el primer boquete visible en la estrategia europea: una cosa era aprobar una amenaza como instrumento de presión y otra obligar a futbolistas y federaciones a renunciar a un Mundial juvenil para ejecutar esa estrategia.

Las garantías ofrecidas por FIFA permiten resolver esa contradicción antes de que llegue la competición. Polonia deja así de ser el posible laboratorio de una ruptura histórica entre UEFA y FIFA, aunque la desaparición del riesgo deportivo no resuelve las diferencias políticas que provocaron la crisis.

La tregua no reconstruye la confianza

La cuestión de fondo ya no es únicamente qué ocurrirá con los derechos comerciales del Mundial. El conflicto ha evolucionado hacia algo mucho más incómodo para Infantino: si las principales confederaciones siguen confiando en su manera de gobernar FIFA.

UEFA, la Confederación Asiática y Concacaf ya habían elevado conjuntamente el tono durante la crisis, denunciando un “engaño” y una “ruptura fundamental de confianza”. Las tres llegaron a reclamar una investigación independiente sobre la gestión del proyecto.

El retroceso comercial no borra esas acusaciones. Tampoco las consecuencias internas que ha dejado la batalla. La crisis ya se ha cobrado salidas relevantes dentro de la propia FIFA, mientras crece la discusión sobre si el problema estaba únicamente en una operación mal planteada o en una forma de ejercer el poder excesivamente concentrada alrededor de la presidencia.

Ahí está la principal dificultad para Infantino. Puede cerrar el expediente de FIFA Forward Enterprise, pero no puede hacer desaparecer con la misma facilidad la crisis de confianza que generó.

Italia mueve una ficha incómoda para Infantino

La erosión empieza también a trasladarse al terreno electoral. Italia ha retirado su apoyo a la candidatura de Gianni Infantino para las elecciones presidenciales de 2027, un movimiento cuyo valor político es mayor que su peso estrictamente matemático.

En FIFA, Italia dispone de un voto exactamente igual que cualquiera de las otras 210 asociaciones. Pero el gesto resulta especialmente significativo por la cercanía histórica y personal del presidente con el país y porque confirma una tendencia que ya se había observado en otras federaciones: el debate ha dejado de limitarse a cómo gestionar una operación comercial y empieza a afectar directamente a la continuidad de Infantino.

El mandatario suizo ya había visto cómo se resquebrajaba el bloque que durante años sostuvo su poder. La retirada italiana amplifica esa sensación y añade otro actor relevante al grupo de quienes, como mínimo, no están dispuestos a concederle una reelección automática.

El problema para sus adversarios es que acumular descontento no equivale todavía a construir una mayoría.

Contra las cuerdas, pero lejos de estar derrotado

El aislamiento de Infantino necesita un asterisco. Perder apoyos en Europa, Asia o Norteamérica puede debilitar enormemente su autoridad política, pero no significa necesariamente perder unas elecciones dentro de FIFA.

La organización conserva una particularidad que condiciona cualquier batalla por su presidencia: cada federación tiene un voto. Alemania vale lo mismo que Guam; España, lo mismo que cualquier pequeña federación caribeña. Y ahí Infantino todavía conserva una maquinaria considerable.

África reúne 54 votos capaces de inclinar por sí solos cualquier carrera presidencial, y varias federaciones del continente mantienen un respaldo explícito al dirigente. También conserva apoyos en el mundo árabe y en otras regiones donde su política de redistribución de recursos ha cimentado alianzas durante la última década.

El mapa actual de apoyos demuestra que su caída está lejos de ser inevitable. Puede encontrarse cada vez más cuestionado entre varios de los grandes centros de poder del fútbol y continuar siendo, al mismo tiempo, el candidato con más posibilidades de reunir una mayoría.

Todos buscan un rival, pero nadie ocupa todavía ese espacio

Ahí aparece el gran problema de la oposición. Existe un movimiento contra Infantino, pero todavía no existe una candidatura capaz de representarlo.

UEFA lleva semanas explorando alternativas. La guerra por el Mundial ya había abierto incluso la posibilidad de buscar un candidato capaz de disputarle la presidencia, pero el nombre definitivo continúa sin aparecer.

Victor Montagliani, presidente de Concacaf, forma parte de todas las conversaciones. También Sheikh Salman bin Ebrahim Al Khalifa, presidente de la AFC y derrotado precisamente por Infantino en 2016. Nasser Al-Khelaifi acumula influencia alrededor de UEFA y Patrice Motsepe controla una confederación africana cuya posición puede resultar determinante.

El problema es sencillo: ninguno ha transformado todavía el malestar en una candidatura capaz de sumar 106 votos. Ese será el verdadero examen para una oposición que hasta ahora ha demostrado ser capaz de frenar decisiones, pero todavía no de sustituir a quien las toma.

Frenar a Infantino no es lo mismo que echarle

Ese es quizá el principal aprendizaje de esta crisis. UEFA ha demostrado que dispone de un poder enorme cuando amenaza el corazón deportivo y comercial de FIFA. Un Mundial sin las grandes selecciones europeas supondría un problema deportivo; sin prácticamente todo el continente, también sería un terremoto económico.

Pero una elección presidencial funciona con una lógica muy distinta. Allí no gana quien controla las mejores ligas ni quien genera más ingresos. Gana quien suma federaciones.

La amenaza de boicot ha servido para obligar a FIFA a cambiar una decisión. Ahora falta demostrar si ese mismo bloque puede convertir una rebelión institucional en una alternativa política. Esa discusión conecta, además, con otra cuestión que ya empieza a sobrevolar el organismo: si realmente puede cambiar FIFA sin cambiar también todo el sistema de poder construido alrededor de su presidencia. UEFA guarda el boicot porque ha ganado esta batalla. Infantino sigue en la presidencia porque sus adversarios todavía no han ganado la siguiente.

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