Hay pocas imágenes deportivas tan fáciles de situar como una diana colgada en la pared de un pub. Unos amigos alrededor, quizá una pinta en la mano, quizá tu nueve ligue al lado y tres dardos esperando turno. Durante décadas, buena parte de la identidad de este deporte se construyó precisamente ahí: lejos de los grandes estadios, sin necesidad de instalaciones millonarias y con una cercanía entre público y jugadores difícil de encontrar en disciplinas mucho más profesionalizadas.

Ahora hay quien piensa que esa imagen se ha quedado pequeña. Target Darts, uno de los gigantes del sector y la compañía que acompaña a Luke Littler desde que tenía 12 años, ha diseñado un plan para llevar los dardos mucho más allá de su espacio tradicional. La hoja de ruta incluye tecnología, videojuegos, locales especializados, suscripciones, academias, análisis biomecánico y una aspiración bastante reveladora: que las grandes estrellas de los dardos puedan ser recibidas algún día como Roger Federer cuando aparecía en Wimbledon.

La idea ha sido explicada por James Tattersall, consejero delegado de la compañía, en un amplio reportaje de ESPN sobre el futuro que imagina Target para este deporte. El objetivo que se ha marcado la empresa resume la dimensión del proyecto: alcanzar los 100 millones de personas jugando a los dardos en 2030, aproximadamente tres veces más de las que calcula que lo hacen actualmente.

La cuestión es que para conseguirlo los dardos quizá tengan que dejar de ser solamente dardos.

Cuando lanzar ya no significa solo apuntar al triple 20

Una partida tradicional empieza con 501 puntos y termina cuando alguien consigue reducir el marcador exactamente hasta cero. En uno de los juegos que prepara Target, en cambio, hay partes de la diana que se convierten en lava.

Se llama Board is Lava y forma parte de Target Arcade, una plataforma que pretende utilizar una diana convencional como si fuera el mando de un videojuego. El sistema funciona gracias a OMNI, una tecnología con cámaras que detecta automáticamente dónde impacta cada lanzamiento. Hasta ahora, ese tipo de herramientas servían fundamentalmente para contabilizar puntos. Target quiere utilizar la misma información para construir juegos completamente diferentes alrededor del tablero.

En Board is Lava hay que lanzar evitando determinadas zonas. En Battlesplash, la lógica recuerda al clásico juego de hundir la flota. En Alien Invasion, los dardos sirven para combatir oleadas de extraterrestres. Target Arcade tiene previsto estrenarse el 29 de octubre con siete juegos y añadir después uno nuevo cada mes.

El planteamiento puede parecer una simple curiosidad tecnológica, pero detrás hay un cambio bastante más profundo. El jugador ya no tiene por qué acercarse a una diana porque quiera aprender a cerrar un 121 o mejorar su promedio. Puede hacerlo por la misma razón por la que entra en una bolera, juega una partida de billar o enciende una consola con unos amigos.

Target está intentando ampliar el público modificando antes el producto. Y no pretende que esa experiencia termine cuando se apaga la pantalla. Target Arcade y Target Live, su plataforma para conectar jugadores a distancia, formarán parte de un modelo de suscripción junto a otras herramientas digitales de la compañía. La intención es que alguien pueda jugar desde casa, competir contra otras personas, consultar sus estadísticas, participar en eventos y continuar después en un establecimiento físico conectado al mismo ecosistema. La frontera entre deporte, videojuego y ocio social empieza así a hacerse bastante menos clara.

El plan para sacar los dardos del pub pasa también por volver al bar

La paradoja es que para alejarse de la etiqueta de deporte de pub, Target también quiere conquistar los locales. La compañía ha alcanzado un acuerdo con Powerleague, una de las grandes redes británicas de fútbol amateur, para desplegar espacios denominados Target Dartzone. El proyecto arranca en una veintena de establecimientos y contempla la instalación de decenas de zonas conectadas durante 2026. Allí podrán convivir las partidas convencionales con los nuevos formatos digitales.

No es un movimiento aislado. En Reino Unido llevan años creciendo los locales en los que los dardos aparecen integrados dentro de una oferta más amplia de ocio, comida y bebida. La vieja diana del pub no desaparece necesariamente: se profesionaliza, incorpora cámaras, una pantalla y un sistema capaz de saber quién ha acertado dónde sin que nadie tenga que acercarse a contar puntos.

Es una evolución que otros entretenimientos han recorrido antes. Los bolos dejaron de ser únicamente una competición deportiva para convertirse también en una opción de ocio nocturno. Los simuladores de golf han permitido jugar dieciocho hoyos sin salir de un edificio. El pádel convirtió una práctica relativamente pequeña en un negocio de clubes, reservas y consumo recurrente. Los dardos quieren encontrar su propia fórmula.

Target lo resume con otra aspiración: conseguir que una persona pueda moverse “sin fricciones” entre jugar en casa, hacerlo en un local, competir y enfrentarse a sus amigos. La empresa ya no piensa solo en vender un juego de flechas y una diana. Quiere construir todo lo que ocurre alrededor.

Littler, el fenómeno que aceleró todos los planes

Nada de este proyecto tendría el mismo sentido sin Luke Littler. El inglés, autodenominado como el Lamine Yamal de los dardos, irrumpió en el Mundial de 2024 con 16 años y llegó hasta la final en su primera participación. Desde entonces se ha convertido en el rostro de la nueva edad de los dardos, ha encadenado títulos y récords y ha conseguido algo todavía más valioso para quienes pretenden hacer crecer un deporte: ser conocido fuera de él.

Su importancia para Target resulta especialmente singular porque la empresa no llegó cuando ya era una estrella. Lo patrocina desde los 12 años y ha participado en el desarrollo del material que utiliza desde sus primeros pasos competitivos. El vínculo se ha convertido ahora en uno de los principales activos de una compañía que quiere aprovechar su explosión para ampliar todo el mercado.

Los dardos ya habían conocido grandes campeones y personajes enormemente populares entre sus seguidores. Lo diferente con Littler es la edad y el momento en el que aparece. Una generación que consume deporte a través de TikTok, YouTube, videojuegos, creadores de contenido y retransmisiones convencionales encuentra de repente a un adolescente compitiendo y ganando contra hombres que le doblan la edad.

Es difícil diseñar un protagonista mejor para intentar cambiar la percepción de una disciplina. Por eso resulta tan significativa la comparación con Federer. El objetivo no consiste únicamente en que Littler gane muchos Mundiales. Lo que Target imagina es algo bastante mayor: que un jugador de dardos pueda adquirir el reconocimiento transversal que tienen las grandes estrellas del tenis, el fútbol o la Fórmula 1. Que su nombre venda incluso cuando no hay una partida en marcha.

El laboratorio entra en la línea de tiro

La transformación tampoco termina en el espectáculo. Hay otra parte del plan mucho menos visible que busca cambiar la manera en la que se entrena a un jugador. Durante años, las estadísticas de los dardos han girado alrededor de datos relativamente sencillos: promedios, porcentajes de cierre, número de 180 o puntuaciones obtenidas con tres lanzamientos.

Target quiere ir bastante más lejos. Tattersall pone un ejemplo especialmente gráfico: saber que un jugador ha fallado un doble aporta información, pero no explica por cuánto lo ha fallado. Errar cinco milímetros no es lo mismo que mandar el dardo cinco centímetros lejos del objetivo. Una tecnología capaz de localizar cada impacto permite empezar a medir esa diferencia y buscar patrones que antes resultaban prácticamente invisibles.

La compañía trabaja también alrededor de la biomecánica y el análisis del lanzamiento. Las cámaras pueden observar el movimiento del jugador, estudiar su repetición y generar información con la que entrenadores y especialistas traten de detectar pequeñas variaciones.

El lenguaje empieza a sonar familiar. Es el que el deporte de élite lleva años utilizando para encontrar décimas en un velocista, corregir el golpeo de un tenista o analizar cada movimiento de un futbolista. La pregunta de Target es por qué los dardos deberían quedarse fuera de esa revolución.  El riesgo es que en el camino también cambie una parte de aquello que los hacía diferentes.

Crecer sin perder la puntería

Durante mucho tiempo, presentar los dardos como un “deporte de pub” podía tener una intención despectiva. Sugerir que se trataba de una actividad menor, asociada a la cerveza y alejada del esfuerzo físico que tradicionalmente se atribuye al atleta. El propio Tattersall ha cuestionado por qué los dardos deberían seguir cargando con esa consideración. Su empresa pretende demostrar que detrás de una partida profesional hay preparación mental, precisión, entrenamiento, tecnología y una presión competitiva comparable a la de cualquier otra disciplina. En una entrevista reciente con Sky Sports comparaba incluso cada lanzamiento importante con enfrentarse una y otra vez a un penalti.

Pero el pub no representa únicamente aquello de lo que los dardos necesitan escapar. También explica buena parte de su éxito. Pocos deportes de élite conservan una relación tan directa con la práctica amateur. Un aficionado puede ver un Mundial por televisión y, media hora después, lanzar sobre una diana prácticamente idéntica sin pagar una pista, contratar un entrenador o disponer de unas instalaciones especiales. Esa accesibilidad forma parte de la identidad del juego y también de su composición social.

Lo mismo ocurre en las gradas. Mientras Wimbledon convirtió el silencio en parte de su liturgia, los grandes campeonatos de dardos han hecho prácticamente lo contrario. Disfraces, canciones, alcohol y largas mesas compartidas forman parte de un espectáculo en el que la frontera entre competición y fiesta es deliberadamente estrecha.

La profesionalización ha aprendido a vender precisamente esa estética popular. Crecer sin convertirse en otra cosa Ahí aparece la contradicción más interesante del plan. Los dardos quieren adquirir muchas de las estructuras de los grandes deportes sin perder aquello que les permitió crecer al margen de ellos. Quieren desarrollar academias y conservar su facilidad de acceso. Incorporar ciencia del rendimiento sin fabricar jugadores indistinguibles. Llevar la competición a plataformas digitales mientras mantienen la experiencia física de lanzar tres objetos contra una pared. Salir del pub sin renunciar a la cultura que nació dentro de él.

Target ya trabaja con jóvenes jugadores y academias, y plantea una estructura en la que exista un camino más reconocible desde los primeros lanzamientos hasta la élite. De nuevo, el deporte se acerca al modelo de las grandes disciplinas: detección de talento, entrenamiento, tecnología, competiciones y una ruta hacia el profesionalismo.

Al mismo tiempo, quiere que millones de personas que nunca han tenido interés por una partida de 501 encuentren otra puerta de entrada. Quizá evitando lava. Quizá hundiendo barcos. Quizá enfrentándose desde su casa a alguien situado a miles de kilómetros. El desafío será conseguirlo sin que, cuando llegue ese día, la vieja diana colgada en la pared de un pub parezca pertenecer a otro deporte.

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