En el último minuto de la prórroga de la final de Qatar, Randal Kolo Muani apareció solo frente a la portería argentina. Durante una fracción de segundo, el Mundial pareció alejarse de Leo Messi, de Lionel Scaloni y de un país que llevaba 36 años esperando. Entonces, Emiliano Martínez abrió el cuerpo, estiró la pierna izquierda y detuvo el balón.
Todo lo que ocurrió después dependió de aquella extremidad. Ya saben, el fútbol y sus detalles.
La tanda de penaltis, el lanzamiento definitivo de Gonzalo Montiel, Messi levantando la Copa y millones de argentinos ocupando las calles fueron posibles porque el Dibu apareció cuando ya no quedaba ningún compañero detrás de él. El fútbol había reducido una final del mundo a dos hombres, un balón y una pregunta. Martínez respondió ocupando todo el espacio disponible.
El domingo volverá a situarse en el último lugar. España tratará de mover a Argentina, encontrar grietas y acercarse a una portería protegida por uno de los personajes más reconocibles y discutidos del fútbol contemporáneo. Argentina buscará su segundo Mundial consecutivo. Messi, probablemente ante el último gran partido de su carrera internacional, volverá a necesitar que alguien cuide todo aquello que él construye lejos del área propia.
Dibu conoce esa función. Messi acerca a Argentina a la gloria; Martínez impide que la gloria se escape.
La paradoja es que el hombre encargado de permanecer al fondo de la imagen se ha pasado los últimos años asegurándose de que nadie deje de mirarlo. Grita, baila, provoca, demora y extiende los brazos como si la portería reglamentaria no fuera suficiente. No se limita a defender un espacio. Trata de ocupar también el partido, la grada y la cabeza del rival. Y es que, tardó demasiado en ser visto como para aceptar ahora la posibilidad de desaparecer.
El suplente de todos
La carrera de Dibu Martínez no comenzó con una sucesión de señales que anunciaran al futuro campeón del mundo. Comenzó con una salida.
A los 12 años dejó Mar del Plata para vivir en la pensión de Independiente. Ha recordado habitaciones compartidas, malas condiciones y el impacto que supone para un niño abandonar su casa para perseguir una promesa que todavía no existe. A los 17 años volvió a marcharse. El Arsenal lo incorporó sin que hubiese debutado en la Primera División argentina. Él no quería irse, pero su familia atravesaba dificultades económicas y entendió que aquella oportunidad podía mejorar la vida de todos.
Llegó a Londres sin hablar inglés. Arsène Wenger le explicó que un portero necesitaba comunicarse con sus defensas, así que aprendió el idioma mientras trataba de aprender también cuál era su lugar en un club que casi nunca parecía reservarle uno.
Durante los años siguientes fue cedido al Oxford United, el Sheffield Wednesday, el Rotherham, el Wolverhampton, el Getafe y el Reading. Se marchaba, regresaba y volvía a marcharse. Pertenecía al Arsenal, pero la portería del Arsenal no le pertenecía. Él mismo ha señalado su etapa en Getafe como el momento más bajo de su carrera y ha reconocido que llegó a dudar de que fuese a cumplir el objetivo que perseguía desde niño: jugar con Argentina.
Los porteros viven sometidos a una espera particular. Solo juega uno y la jerarquía suele modificarse después de un error, una lesión o una decisión difícil de revertir. Martínez pasó casi una década preparándose para un momento que dependía parcialmente de la desgracia de otro.
La oportunidad llegó en junio de 2020, cuando Bernd Leno se lesionó. Dibu ocupó la portería del Arsenal, respondió durante el tramo decisivo de la temporada y participó en la conquista de la FA Cup. Después comprendió que el regreso del alemán podía devolverlo al banquillo. El Aston Villa le ofreció aquello que había buscado durante años: jugar cada semana. Martínez abandonó el club al que había pertenecido durante una década precisamente cuando empezaba a ser importante en él.
Aquella decisión explica buena parte del personaje. El Dibu no persigue únicamente los títulos. Persigue la certeza de que contará, de que tendrá un lugar y de que ese lugar no volverá a depender de que alguien se acuerde de él.
Pasó diez años esperando que se abriera una puerta. Cuando se abrió, decidió no volver a quedarse detrás.
La portería también es un escenario
La selección argentina conoció al Dibu cuando su carrera ya había atravesado casi todas las formas de la paciencia.
Debutó con la absoluta en 2021 y pocas semanas después disputó la Copa América. En la semifinal frente a Colombia detuvo tres penaltis y acompañó los lanzamientos con una sucesión de frases destinadas a instalarse en la cabeza de los rivales. El “mirá que te como” dirigido a Yerry Mina convirtió una tanda en espectáculo y al portero en símbolo instantáneo de la nueva Argentina.
Martínez no se limita a estudiar hacia dónde puede lanzar el adversario. Interviene en el tiempo que precede al golpeo. Habla, se mueve, discute la posición del balón, señala, sonríe y obliga al lanzador a pensar en él. El penalti deja de ser una ejecución técnica para convertirse en una relación psicológica.
El delantero dispone del balón y de casi toda la portería. Dibu intenta quedarse con lo único que aparentemente pertenece al otro: la tranquilidad.
Esa puesta en escena no es un complemento pintoresco de sus paradas. Forma parte de su forma de competir. Martínez necesita convertir una situación estadísticamente favorable para el lanzador en un conflicto emocional. Agranda su cuerpo, pero sobre todo agranda su presencia.
En Qatar repitió el procedimiento frente a Países Bajos y Francia. Contra los neerlandeses detuvo los dos primeros lanzamientos de la tanda. En la final volvió a intervenir ante Kingsley Coman, alteró el ritual de Aurélien Tchouaméni y terminó celebrando mientras el partido parecía girar alrededor de él. Antes había realizado la parada ante Kolo Muani que mantuvo viva a Argentina.
En torno a Dibu existe la tentación de separar al portero serio del provocador, como si uno apareciera para detener balones y el otro surgiera después para estropear la fotografía. Pero ambos pertenecen al mismo mecanismo. El espectáculo le ayuda a competir porque convierte la espera en control.
Trabajar para el diez, salvar al diez
Dibu también representa una forma muy argentina de relacionarse con Leo Messi.
Después de ganar la Copa América de 2021, explicó que la consigna del equipo no consistía simplemente en entregar el balón al capitán y esperar una solución. Había que trabajar para él. Si era necesario correr doce kilómetros para liberarlo, se corrían. El grupo debía asumir el esfuerzo que permitiera a Messi conservar la energía y la libertad necesarias para decidir. Martínez aseguró entonces que estaba más contento por el diez que por sí mismo.
La relación encierra una distribución casi perfecta de papeles. Messi ha vivido desde adolescente en el centro de todas las miradas. Dibu tardó hasta cerca de los 28 años en ocupar un primer plano. Uno representa el talento que Argentina llevaba décadas esperando. El otro apareció cuando casi nadie lo esperaba.
Messi juega donde nacen las posibilidades. Martínez permanece donde terminan.
El portero no necesita intervenir constantemente para ser decisivo. Puede pasar largos periodos al margen del juego y recibir de pronto una única pelota capaz de modificar una competición completa. Su trabajo consiste en estar preparado para el instante en el que el esfuerzo de los demás ya no alcanza.
Eso ocurrió ante Kolo Muani. Messi había marcado, asistido, recorrido el torneo y soportado la responsabilidad histórica de conducir a Argentina. Pero en aquella jugada no podía ayudar. Tampoco Scaloni, Ángel Di María ni los centrocampistas que habían sostenido el equipo. Solo quedaba el Dibu.
El portero salvó a Messi de otra final perdida, pero también protegió algo más amplio: el relato que aquella generación había construido alrededor de su capitán. No fue un gesto subordinado. Fue el cumplimiento de un pacto colectivo. Trabajar para el diez significaba también aparecer cuando el diez ya no podía hacer nada.
Desde entonces, la selección ha ganado otra Copa América y ha alcanzado una nueva final del Mundial. En este torneo, Argentina ha sobrevivido a una remontada agónica ante Egipto, a la presión de Suiza en los cuartos y al gol inicial de Inglaterra en semifinales. Frente a los suizos, Martínez tuvo que realizar varias intervenciones antes de que el equipo resolviera el partido durante la prórroga. Contra Inglaterra encajó ante Anthony Gordon, pero Argentina volvió a levantarse con los goles tardíos de Enzo Fernández y Lautaro Martínez.
La historia reciente le ha concedido a otros el protagonismo. El domingo puede volver a pedirle una escena.
La fragilidad detrás del baile
Para millones de argentinos, Dibu es el hombre que protegió el Mundial. Fuera del país, su figura provoca con frecuencia una reacción distinta. Ya saben, o mueres como un héroe, o vives lo suficiente para convertirte en el villano.
Las tácticas psicológicas, los bailes y las celebraciones lo han convertido en uno de los futbolistas más rechazados por las aficiones rivales. Él sostiene que no prepara esas acciones y que aparecen como consecuencia de la adrenalina y del deseo de ganar. Se describe como un hombre familiar que, dentro del campo, está dispuesto a utilizar todos los recursos posibles para ayudar a su equipo.
El problema es que esa lógica no siempre termina con el partido.
Después de conquistar el Mundial realizó un gesto obsceno con el Guante de Oro. Dos años más tarde repitió una celebración similar con el trofeo de la Copa América y golpeó una cámara de televisión tras una derrota frente a Colombia. La FIFA lo sancionó con dos partidos por comportamiento ofensivo y vulnerar los principios del juego limpio.
La imagen pública del Dibu responde a una masculinidad hiperbólica: gritos, desafíos, gestos sexuales, dominio del territorio y una aparente ausencia de miedo.
Sin embargo, el propio Martínez ha contado que trabaja desde hace años con un psicólogo. Antes de los partidos distingue entre tres preparaciones: la colectiva, la técnica junto al entrenador de porteros y la mental. Habla con su terapeuta varias veces por semana y ha defendido que cualquier futbolista sometido a la exposición, los insultos y las amenazas actuales necesita cuidar su cabeza. La terapia no elimina su agresividad competitiva. La organiza.
Fuera del campo, cultiva una imagen distinta. Viaja con dos pequeños peluches que pertenecen a sus hijos, guarda fotografías familiares entre sus objetos de partido y cambió el dorsal 1 del Aston Villa por el 23, una cifra vinculada al nacimiento de su hijo. El contraste entre el hombre que abraza una jirafa de juguete antes del encuentro y el guardameta que trata de devorar psicológicamente al adversario parece demasiado perfecto, pero forma parte de la misma persona.
Cuando ya no queda nadie más
La portería es el lugar más solitario de un deporte colectivo. Durante buena parte del partido, el guardameta contempla cómo sus compañeros se alejan. Cuando todos avanzan, él se queda. Cuando todos fallan, todavía debe responder.
Dibu ha convertido esa soledad en poder.
Argentina puede defender, presionar, recurrir a Messi o remontar en los últimos minutos. Pero existe un punto en el que cualquier estructura desaparece y solo queda el portero. Un mano a mano, un remate inesperado o una tanda de penaltis devuelven el fútbol a su forma más elemental.
El domingo, frente a una España construida alrededor del dominio del balón y la ocupación racional del campo, Martínez defenderá una portería que él entiende de otra manera. Para el Dibu, el área no es únicamente una superficie delimitada por líneas. Es un escenario en el que se permite alterar las reglas emocionales del encuentro.
Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.