Durante ocho temporadas, Federico “Pipa” Higuaín fue una de las caras del Columbus Crew. Llegó en 2012, ganó tres veces el premio a MVP del club, acabó como su máximo asistente histórico y fue uno de los nombres que ayudaron a construir la identidad moderna de la franquicia. Cuando se retiró, el Crew le hizo firmar un contrato ceremonial de un día para que pudiera retirarse oficialmente como jugador del club. En aquel momento, el mensaje era inequívoco: Higuaín pertenecía para siempre a la historia del Crew.
Cuatro años después, la misma institución ha decidido despedirle como entrenador de su segundo equipo. El 23 de agosto, Higuaín fue expulsado durante un partido de MLS NEXT Pro y recibió posteriormente una suspensión de dos encuentros por un incidente con una árbitra. La Professional Soccer Referees Association denunció después que el técnico había agarrado la mano de la oficial y se había negado a soltarla, además de atribuirle un comentario sexista. El Columbus Crew terminó rescindiendo su relación laboral y justificó la decisión por no haber cumplido los estándares que el club exige a los responsables de sus equipos.
Hay algo más interesante que el despido. La primera respuesta no fue el despido. Hubo una sanción limitada y Higuaín continuó en su puesto. La ruptura llegó después, cuando el incidente se hizo público y la organización volvió a evaluar lo ocurrido. La secuencia muestra cómo ha cambiado la gestión de la reputación en el deporte: una carrera brillante puede seguir siendo parte de la historia, pero ya no garantiza automáticamente que el vínculo profesional continúe.
El escudo empieza a pesar más que el recuerdo
El caso de Jérôme Boateng en el Bayern de Múnich ofrece una versión diferente del mismo fenómeno. El exdefensa había pasado diez años en el club, ganó nueve Bundesligas y dos Champions y se convirtió en una de las figuras de la etapa más exitosa de la entidad. En 2025, el Bayern tenía previsto que realizara una estancia de formación como paso previo a una posible incorporación al trabajo técnico. El plan generó críticas entre aficionados después de que Boateng hubiera sido declarado culpable de agredir a su expareja, y finalmente esa estancia no se produjo. El Bayern confirmó que no realizaría el periodo de formación previsto.
La diferencia con Higuaín es importante. En Múnich no hubo un despido porque Boateng ya no trabajaba para el club, pero sí una puerta profesional que dejó de abrirse. El Bayern podía seguir reconociendo todo lo que había ganado con él y, al mismo tiempo, considerar que su regreso a la estructura deportiva generaba un problema para la institución.
Es una tensión cada vez más visible. Los clubes no solamente administran plantillas y resultados. También gestionan marcas globales, patrocinadores, audiencias y una serie de valores que forman parte de su identidad pública. Y eso cambia el cálculo cuando un ídolo del pasado entra en conflicto con esos valores.
Cuando incluso una estatua deja de ser intocable
En 2026, el caso de Nicky Winmar llevó esa lógica todavía más lejos. El exjugador de St Kilda se convirtió en un símbolo del fútbol australiano después de aquel gesto de 1993 en el que señaló su piel para denunciar el racismo. Su legado había sido reconocido con una plaza en el Australian Football Hall of Fame y con una estatua en Perth.
Después de que un tribunal le declarara culpable de tres delitos de agresión contra una mujer, la AFL decidió retirarle del Australian Football Hall of Fame. St Kilda también suspendió su condición dentro del Salón de la Fama del club y una estatua situada frente al Perth Stadium fue retirada. La AFL fundamentó su decisión en las reglas introducidas en 2023, que permiten retirar a un miembro cuando incurre en determinadas conductas que dañan la reputación de la competición.
El caso muestra una evolución significativa: el homenaje ya no se entiende necesariamente como un reconocimiento para toda la vida. Puede estar condicionado por unas reglas posteriores y revisarse cuando la institución considera que la conducta del homenajeado entra en contradicción con aquello que representa.
Algo parecido ocurrió con Joe Paterno en Penn State, aunque en un contexto todavía más extremo. El legendario entrenador murió convertido en el principal símbolo deportivo de la universidad, pero en 2012 Penn State retiró su estatua después de las conclusiones del informe Freeh sobre la gestión de las denuncias contra Jerry Sandusky. La universidad explicó que mantenerla se había convertido en un obstáculo para la sanación de la comunidad.
Y luego está Karl Malone
Pero sería demasiado sencillo concluir que el deporte ha decidido borrar a sus ídolos cuando sus biografías dejan de encajar con los valores actuales. Karl Malone demuestra que no existe una política universal.
El dos veces MVP pasó 18 temporadas en los Utah Jazz, tiene una estatua frente al pabellón y sigue formando parte de la documentación histórica oficial de la franquicia y de la NBA. Su legado está marcado desde hace décadas por el caso de Gloria Bell: Malone tenía 20 años cuando ella, de 13, quedó embarazada, y posteriormente se produjo un litigio de paternidad que terminó en un acuerdo extrajudicial. Malone no fue condenado penalmente por aquel episodio.
Pese a ello, los Jazz llegaron incluso a contar con él como recurso para trabajar con sus jugadores interiores después de su retirada. Su estatua continúa formando parte del paisaje del pabellón y su nombre sigue integrado en la historia oficial de la franquicia.
Ahí está precisamente la cuestión. No ha desaparecido el vínculo entre ídolos y clubes; ha desaparecido la idea de que ese vínculo tiene que ser incondicional. En unos casos se mantiene, en otros se limita y en otros se rompe. Depende de la naturaleza de los hechos, de las reglas de cada organización, de cuándo ocurrieron y de cuánto pesan sobre la identidad contemporánea de la institución.
Higuaín representa la versión más reciente de ese cambio. El hombre que una vez fue suficientemente importante para que el Crew le concediera un último contrato simbólico ha dejado de estar protegido por aquella memoria cuando el club entiende que su comportamiento actual no encaja con sus estándares. El ídolo puede seguir perteneciendo a la historia del escudo. Lo que cada vez está menos garantizado es que el escudo tenga que seguir perteneciendo al ídolo.
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