Casi medio siglo después de aquel histórico 4 de diciembre de 1977 que sacudió los cimientos de la Transición, el proceso autonómico andaluz sigue levantando ampollas en el debate político actual. Lejos de ser un asunto amortiguado por los libros de texto a intrahistoria de cómo Andalucía conquistó la vía del 151 continúa envuelta en una pugna por su relato, hegemonías partidistas y un recuerdo todavía vivo. Para desbrozar qué hay de heroico mito y qué avalan los documentos de la época, conversamos con el historiador, abogado y político, José Luis Villar.

En esta entrevista, el autor de libros como 'Y Andalucía se levantó: Historia del Partido Andalucista II. La conquista de la Autonomía (1977-1982)', aborda los múltiples envites que la sociedad andaluza tuvo que atravesar hasta alcanzar la autonomía plena, con el molde de personajes de la época como Alejandro Rojas-Marcos o Rafael Escuredo.

Pregunta (P) : ¿Cómo es posible que algo que ocurrió hace ya casi 50 años, el proceso autonómico andaluz, aún esté de actualidad?

Respuesta (R): "Es una pregunta muy interesante que tiene varias respuestas. Por un lado, está la razón histórica: el proceso autonómico y la Transición constituyeron la base política de la larguísima hegemonía del PSOE en Andalucía durante casi 40 años. Esa hegemonía no fue casualidad, sino el fruto de conseguir imponer en la sociedad andaluza su propio relato, presentándose como el gran defensor de la autonomía cuando históricamente nunca habían creído en ella.

José Luis Villar presenta su libro en el Parlamento andaluz
José Luis Villar presenta su libro en el Parlamento andaluz

Por otro lado, hay una explicación sociológica del tiempo presente. Igual que a finales de los años 70 hubo un renacer de la identidad y la conciencia del pueblo andaluz que el PSOE posteriormente anestesió desde el poder, hoy vuelve a haber una revitalización del andalucismo, cuyo mejor ejemplo se vio en las pasadas elecciones autonómicas. Ante este nuevo despertar, los poderes fácticos, a derecha e izquierda, da igual, saltan como un resorte para evitar que el pueblo andaluz se vuelva a movilizar y sea protagonista de su propio futuro. Temen que se ponga en cuestión el modelo de Estado, y eso es algo que no pueden consentir".

(P): ¿Por qué no es posible que vuelva a haber un 4D ahora mismo en Andalucía?

(R): Nadie en Andalucía ni en España se esperaba la movilización del pueblo andaluz en el año 77; aquello fue una sorpresa impresionante. Por tanto, quienes penséis que es imposible que vuelva a suceder podéis estar profundamente equivocados. Las condiciones objetivas y los argumentos para que se produzca son exactamente los mismos.

Lo que ocurrió entonces fue un proceso profundamente revolucionario, porque el diseño de la Transición no contaba con que Andalucía tuviera ese nivel de autonomía; estaba fuera de los planes de la izquierda y de la derecha. Y si ahora el pueblo andaluz volviera a movilizarse, sería otro proceso igual de revolucionario.

Para que algo así ocurra es esencial lo mismo que entonces: una vanguardia. Y no hablo solo de una vanguardia política, que es indispensable, sino también social y cultural. En aquella época, el papel de los medios de comunicación, de las asociaciones culturales y de la gente del mundo de la cultura, del teatro, de la música y de la literatura fue clave para que el pueblo andaluz se levantara. Si eso vuelve a pasar ahora, y hay indicios para pensar que puede ser así, ¿por qué no? Yo estoy convencido de que puede repetirse un 4 de diciembre en el siglo XXI».

(P): En un primer momento, Andalucía no estaba involucrada en ese reparto de poderes de la primigenia configuración del Estado durante la Transición. ¿Qué hubiera pasado si en Andalucía no tenemos ese proceso autonómico que tú abordas en tu libro?

(R): La Constitución española se habría desarrollado tal como pensaban sus redactores. Habría habido tres nacionalidades con una relación federal con el Estado (Cataluña, País Vasco y Galicia) y el resto seríamos exclusivamente una especie de mancomunidad de diputaciones provinciales. Ese era el diseño original de la izquierda, de la derecha y de los nacionalismos catalán y vasco.

Andalucía fue la que quebró ese plan. Por eso insisto tanto en el carácter revolucionario de la movilización andaluza, porque cambió radicalmente el guion previsto. Si eso no hubiera pasado, hoy Andalucía sería una mancomunidad con competencias muy menores, equiparables a las de una ciudad autónoma supeditada por completo a lo que decidan los ministros del Gobierno central, sin capacidad de decisión real en sanidad, educación o en cuestiones clave. Todo eso seguiría en manos del Estado, salvo para aquellas tres comunidades».

(P): Entrando ya en el meollo del proceso autonómico desde el 4 de diciembre de 1977 hasta la Junta preautonómica de Escuredo, el referéndum y los posteriores pactos en el Congreso, me gustaría que fuéramos por partes. Hablemos primero del origen: ¿cómo nace el Partido Socialista Andaluz (PSA) desde la clandestinidad de ASA?

(R): 'ASA' significaba Alianza Socialista de Andalucía y era un partido clandestino, como todos los de los estertores del franquismo. La diferencia respecto a otros como el Partido Comunista, el más importante de la oposición, es que supo utilizar los resquicios legales del régimen para tener cierta actividad. Tuvieron la genial idea de constituirse como sociedad mercantil acogida al Código de Comercio, lo que les permitía celebrar congresos bajo el nombre de "juntas generales de accionistas".

Como manda la ley, estas reuniones se convocaban mediante anuncios en el Boletín Oficial de la Provincia, por lo que siempre había un miembro de la Brigada Político-Social asistiendo de incógnito para tomar nota. Sabiéndolo, en esos encuentros hablaban en clave para despistar a la policía sobre sus verdaderos planes.

Si no llega a ser por Andalucía, la Constitución se habría desarrollado con tres nacionalidades y el resto mancomunidades de diputaciones. Andalucía quebró ese plan

Esa Alianza Socialista de Andalucía clandestina celebró su primer congreso en 1976, ya con Franco muerto, y adoptó el nombre de Partido Socialista de Andalucía -más tarde Partido Andalucista-. Desde finales de los sesenta, este grupo fue el único en toda España que defendía que Andalucía tenía derecho a una autonomía plena, algo que se daba por descontado para Cataluña o el País Vasco, pero con lo que nadie contaba para nosotros. Ellos fueron los auténticos pioneros de esa reivindicación.

(P): Bajo el liderazgo de Alejandro Rojas-Marcos, esta segunda generación recuperó la figura de Blas Infante y unos postulados que medio siglo antes eran totalmente minoritarios. ¿Cómo se explica que pasaran de ser marginales a convertirse en el clamor multitudinario del 4 de diciembre?

(R): Es una pregunta muy interesante que roza casi la historia ficción. Todos damos por sentado que el proyecto de Blas Infante y los andalucistas históricos no tuvo éxito ni fue masivo, pero debemos recordar que aquel proceso fue cercenado violentamente por el golpe de Estado de 1936. De hecho, el 5 de julio de 1936 se celebró una reunión en la Diputación de Sevilla con docenas de alcaldes, concejales y diputados que apostaron por el Estatuto de Autonomía y nombraron a Blas Infante presidente de honor de la Junta promotora. Posiblemente, el andalucismo histórico ya estaba en camino de ser una realidad pujante, pero nunca lo sabremos con certeza.

Lo que diferencia a la segunda generación es que no fue destruida por una guerra civil y tuvo la oportunidad de seguir generando conciencia desde finales de los años 60. Cuando empezaron, nadie en Andalucía, ni siquiera ellos mismos, sabía que Blas Infante había existido, ni que teníamos símbolos propios, ni que había habido una lucha por la autonomía en la Segunda República. Todo eso era absolutamente desconocido.

Ese grupo de jóvenes universitarios, Alejandro Rojas-Marcos tenía apenas veintitantos años cuando crearon el primer grupo clandestino, logró recuperar del olvido la figura de Blas Infante, los símbolos y la reivindicación autonómica. Y consiguieron algo histórico: que en muy pocos años, y culminando el 4 de diciembre de 1977, el pueblo andaluz lo hiciera suyo. Pasamos de cero al infinito en un tiempo récord. Hoy en día, cualquier chaval en el instituto conoce la bandera verdiblanca, el himno y a Blas Infante. Conseguir concienciar y movilizar a todo un pueblo en un proceso tan rápido es una historia de absoluto éxito".

(P): ¿Qué papel jugó el PSOE en todo este proceso? Por un lado, dices que imperó su relato y hemos visto esta semana debates con el propio Rojas-Marcos, pero por otro es innegable el liderazgo de Rafael Escuredo, que con su personalidad y acciones (huelgas de hambre o giras de rock incluídas) aglutinó gran parte de esa reivindicación. ¿Cómo valoras su figura?

(R): Como en todo proceso histórico, el papel de los protagonistas evoluciona. En los documentos del PSOE en la clandestinidad y de los primeros momentos de la Transición no se contemplaba una autonomía para Andalucía. Si miramos el Congreso de Suresnes, se hablaba de autodeterminación únicamente para Cataluña, el País Vasco y Galicia, basándose en la doctrina marxista de que la nación la definía la lengua. Una anécdota conocida es la de Alejandro Rojas-Marcos planteándole a Felipe González la autonomía andaluza en los años de la clandestinidad; la respuesta de González fue un rotundo: "¿Autonomía para Andalucía? ¿Y después para quién? ¿Para Vitigudino también?". Lo veían casi como una broma.

La Constitución nació de ese consenso tradicional entre la UCD y el PSOE, manteniendo el esquema de dos tipos de autonomía. Todo empezó a cambiar radicalmente el 4 de diciembre de 1977. Cuenta la anécdota que, ante la inmensa marea humana que llenaba las calles de Sevilla aquel día, un dirigente socialista le soltó a otro andalucista un "demasiada gente" que sonaba a acto freudiano, reconociendo que aquello no entraba en sus cálculos. La reivindicación había calado.

En la etapa preautonómica, el PSOE propuso como presidente a Plácido Fernández Viagas, un hombre de gran talla intelectual pero que confesaba sin ambages no ser andalucista y aborrecer la palabra. Sin embargo, en marzo de 1979 se celebran elecciones generales y el andalucismo consigue cinco diputados. La sociedad andaluza estaba cambiando de verdad, y los partidos (UCD, PSOE, PCE, PT) empezaron a añadir la «A» de Andalucía a sus siglas porque vieron que el andalucismo daba votos. En las municipales de abril de ese mismo año, los ayuntamientos se llenan de concejales y alcaldes andalucistas, y las corporaciones locales, el 30% de ellas de la UCD, comienzan a pedir masivamente la autonomía por la vía del artículo 151, la misma que la Constitución reservaba inicialmente solo para las llamadas nacionalidades históricas.

Es entonces cuando surge la figura de Rafael Escuredo, que se convierte en el referente del PSOE aglutinando toda esa reivindicación al frente de la Junta. A finales de septiembre de 1979, el 95% de los ayuntamientos andaluces ya la habían pedido. Pero a finales de ese año se aprueba la Ley Orgánica de Referéndum, pactada por UCD y el PSOE, que exigía la mayoría absoluta del censo electoral en cada una de las ocho provincias, bloqueando el proceso cinco años si una sola fallaba. Fue una trampa kafkiana que hacía casi imposible el éxito debido a los pésimos censos de la época, repletos de emigrantes andaluces en Cataluña, Madrid o el País Vasco que seguían empadronados en sus provincias de origen, especialmente en el oriente andaluz como Jaén, Granada o Almería.

Meses después, la UCD quiso jugar a la contra pidiendo la abstención para que el referéndum fracasara y desgastar así al PSOE, mientras que los socialistas viraron para apostar sin complejos por el sí y asaltar la Moncloa. Días antes del 28 de febrero, figuras como Gregorio Peces-Barba publicaban artículos advirtiendo que se llevaba a los andaluces al matadero.

Alejandro Rojas-Marcos en el Congreso
Alejandro Rojas-Marcos en el Congreso

El 28 de febrero ocurrió lo previsible con aquellos censos: Almería no alcanzó formalmente la mayoría absoluta del censo, aunque en las urnas hubo más de 100.000 votos a sí y menos de 10.000 al no, una proporción de diez a uno que demuestra que nunca votó contra la autonomía. En el conjunto de Andalucía votaron dos millones y medio de personas a sí frente a solo 200.000 en contra. Hubo una conciencia masiva del pueblo andaluz, aunque una ley diseñada para bloquearlo intentó frenar lo inevitable.

(P): Para entender el trasfondo político de aquel bloqueo, me gustaría aclarar la diferencia clave entre las dos vías: la del 151, que garantizaba la autonomía plena y con todos los poderes para la Junta, frente a la del 143 impulsada por la UCD, que dejaba las competencias supeditadas a lo que el Estado fuera cediendo poco a poco.

(R): La diferencia entre ambas vías era abismal, mucho más profunda de lo que a veces se cree. Hoy, al estudiar Derecho Constitucional, parecen idénticas, pero en aquel momento se dudaba incluso de que las autonomías del 143 fuesen a tener poder legislativo propio. La doctrina constitucionalista entendía que, según el artículo 152, solo las del 151 tendrían Parlamento, poder ejecutivo y Tribunal Superior de Justicia; las demás quedarían reducidas a una mera organización de competencias administrativas, no políticas.

Por eso el andalucismo lo tuvo claro desde el principio: había que ir al 151. Y consiguió arrastrar a toda la sociedad y a los demás partidos... hasta la noche del 28 de febrero. En ese momento, la UCD dio por fracasado el 151 y exigió ir por el 143. Desde el PSOE, incluso, llegaron a deslizar que la autonomía ya no era cuestión de números y que daba igual la vía, volviendo a viejos esquemas que relegaban a Andalucía a un segundo plano.

Sin embargo, los andalucistas y Manuel Clavero Arévalo, que esa misma noche lo dejó claro, defendieron que el 151 era irrenunciable. Afortunadamente, a las pocas semanas el PSOE y el PCE se sumaron a esa postura. En abril de 1980, esas cuatro fuerzas presentaron en el Congreso una modificación de la Ley Orgánica de Referéndum para desbloquear la situación, pero la iniciativa fue rechazada por un solo voto de diferencia.

Fue entonces, en mayo de 1980, cuando el propio Manuel Clavero citó por primera vez en el Congreso el artículo 144 de la Constitución como vía de desbloqueo. Más tarde, en verano, el diputado catalán Miquel Roca volvió a mencionarlo y pasó a llamarse la "fórmula Roca", lo cual es una injusticia histórica porque el primero en ponerla sobre la mesa fue Clavero. Durante ese verano el proceso siguió bloqueado, aunque figuras como Rafael Escuredo ya dejaban claro que firmarían cualquier cosa si el 144 permitía alcanzar el 151.

(P): ¿Qué decía ese artículo 144?

(R): El artículo 144 es lo que en derecho constitucional se conoce como una cláusula de salvaguarda. Viene a decir que, por motivos de interés nacional, las Cortes Generales pueden modificar la voluntad de las corporaciones locales en los procesos autonómicos. Sirvió, por ejemplo, para crear la autonomía uniprovincial de Madrid, que no tenía una identidad histórica previa, o para sustituir una iniciativa fracasada.

Eso fue lo que ocurrió con Almería: se utilizó el 144 para sustituir mediante ley orgánica la iniciativa autonómica que supuestamente había fallado y reincorporarla al resto de las provincias andaluzas.

El desbloqueo llegó en otoño de 1980, en un contexto de moción de confianza a Adolfo Suárez. El presidente buscaba apoyos y el Grupo Andalucista le exigió a cambio el desbloqueo del proceso por la vía del 151. Suárez aceptó hacerlo mediante el artículo 144. No quiso repetir el referéndum por la presión de los poderes fácticos militares, que temían que sirviera de precedente para un hipotético referéndum en Navarra de anexión al País Vasco.

Es muy ilustrativo lo que revelan las hemerotecas. Justo tras el anuncio de Suárez, preguntaron a Rafael Escuredo y declaró textualmente: "Si por el 144 se va al 151, cuenta con mi apoyo". Sin embargo, apenas 24 horas después, tras cerrarse el acuerdo, pasó a decir exactamente lo contrario.

Los titulares de prensa del día siguiente fueron unánimes: los andalucistas habían conseguido el desbloqueo de la autonomía. Pero en cuestión de horas, el PSOE, con su potente influencia mediática, logró dar la vuelta al relato. Las paredes de Andalucía se llenaron de pintadas acusando a Rojas-Marcos de traidor y de haber vendido Andalucía.

Esa campaña caló tan hondo que, casi medio siglo después, sigue siendo objeto de debate político. Libros como este desvelan con actas del Congreso y documentos de la época lo que realmente pasó, desmontando una narrativa oficial que sirvió de cimiento para la hegemonía socialista.

(P): Sobre esto último, ¿qué podemos encontrar en tu libro?

(R): Que nadie se quede con lo que cuento yo aquí, que al final no deja de ser la palabra de alguien en una entrevista. Animo a leer el libro porque ahí están los documentos.

En los tiempos que corren, donde abunda la propaganda, los tuits y las frases hechas, el riesgo es enorme. Por eso hay que acudir a las fuentes, a la documentación, a las hemerotecas y a los archivos. Todo lo que afirmo en este libro tiene un soporte documental; no son meras opiniones mías.

Animo a cualquier persona, sea de la ideología que sea, a conocer la historia real y el papel que jugó cada cual. Uno puede seguir votando al PSOE, al PP o a quien quiera, pero sabiendo cuál fue la verdad histórica. Eso no depende de la ideología de cada uno, y ese esfuerzo por aproximarnos a lo que de verdad pasó es lo que debería guiarnos a todos los que nos interesa la historia, con independencia de lo que luego hagamos al depositar nuestro voto en las urnas.

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