1. Ayuso y el carrito
Antes de que el miércoles pasado, en pleno Paseo de la Castellana, los antidisturbios se ensañaran con ellos como rara vez suelen hacerlo con manifestantes de ultraderecha, miles de madrileños indignados por el desahucio de Maricarmen decidían concentrarse ante el número 35 de la calle Martínez Campos, donde se halla el ático que Isabel Díaz Ayuso ordenó, ¿quién si no?, comprar por 6,7 millones de euros no se sabe muy bien con qué propósito, aunque ninguno de los que se sospechan reúne los requisitos mínimos para ser considerado un propósito honorable. Ciertamente, Ayuso dio marcha atrás, pero no por convicción moral sino por pánico electoral: cogida con el carrito del helado, primero negó que hubiera tal carrito, ¿qué carrito?, yo no veo ningún carrito, luego dijo que no era suyo, ¿mío? ¡¡¡por favor!!!, y finalmente admitió que sí, que tal vez pudiera hablarse de carrito, pero en todo caso sería de algún subordinado suyo y, además, no había en él, lo juro por Arturo, un gramo siquiera de helado, otro bulo del culo, otra bola echada a rodar por sanchistas-comunistas-separatistas-amigos-de-terroristas.
2. El doble pecado
Alimentada por la indignación, la manifestación de Madrid nació casi por generación espontánea, vía redes sociales, poco después del desahucio de Maricarmen (83 años, 70 viviendo en su casa de alquiler). Entre los gritos coreados pudo escucharse este de ‘El ático de Ayuso, para Maricarmen”, una consigna obviamente zumbona que la prensa de derechas –no siempre exacta pero siempre útil– llevó a sus titulares con ánimo artero, como si se tratara de una solicitud formal de los convocantes al Gobierno que preside Ayuso. Quienes protestaban intuyeron con acierto que entre el Desahucio de la Vergüenza y el Ático de las Desvergüenza había una conexión profunda, advirtieron que de algún modo lo sucedido con ambos inmuebles formaba parte de un mismo paquete político, y no porque Ayuso fuera culpable del desahucio de Maricarmen, como con más malicia que fundamento deslizó Pedro Sánchez, sino porque el piso de Ricardo Alonso Fernández y Fernando Alonso Fuentes y el ático de Isabel Díaz Ayuso eran efecto de un doble pecado cuyo centro axial es el dinero: en un extremo del eje, la avaricia de los Alonso; en el otro, el derroche de Ayuso, a quien ni siquiera cabe atribuir el atenuante aplicable a los avaros de que al menos el piso del que han echado a Maricarmen es suyo, pues los 6,7 millones derrochados por la presidenta madrileña no eran suyos, aunque ella dispusiera de ellos como si lo fueran.
3. La hibris
A los fieros administradores de Urbagestión, de apellido Alonso, les habría bastado un poco de compasión para echar el freno, tomar aire y disponerse a esperar apenas unos pocos años a que Maricarmen falleciera. En el caso de Ayuso habría bastado algo menos de soberbia –la legendaria ‘hibris’ que llevó a la perdición a tantos héroes griegos– para decidirse a echar el freno; puede incluso que alguno de los suyos se lo susurrara al oído, cuidado, presidenta, los dioses no perdonan la hibris, ¿la qué? ¿lo cuálo?, la hibris, presidenta, la desmesura, la arrogancia, la jactancia, la altanería, el engreimiento…¿Conque la hibris, eh? ¡Despedido, por listo! ¡Venga, a la puta calle, ya!
4. Inferno. Canto VII
Tal vez recuerde de sus tiempos escolares el olvidadizo lector que avaros y pródigos compartían condena en el cuarto círculo del Infierno de la Divina Comedia. Así lo consigna el poeta desterrado en el Canto VII. Preguntaba allí Dante a Virgilio quiénes eran aquellos desgraciados que se mordían, chillaban y empujaban unos a otros sin descanso; el maestro de Mantua se apresuró a identificarlos sin dudar: unos estaban allí por “la desmesura sus dispendios”, otros, por “ejercer en ellos la avaricia su dominio”. En el mismo círculo y chocando eternamente entre ellos estaban pródigos y avaros, culpables del “pecado opuesto”, unos por abrir demasiado la mano, otros por cerrar demasiado el puño. Si Ayuso y los Alonso fueran al Infierno habitarían, pues, las mismas mansiones tenebrosas, pugnando incansable la una contra los otros y viceversa, el Derroche contra la Avaricia, la Avaricia contra el Derroche, partiendo ambos velozmente de las orillas contrarias de la laguna Estigia para llegar los primeros al oro depositado en su centro por Lucifer. Se lanzan Ayuso y los Alonso a las pestilentes aguas, nadan desaforados pero, cuando ya creen tocar ávidamente el oro con sus manos, éste desaparece como por ensalmo, y así una vez y otra vez, eternamente, condenados a ver pero no tocar el oro que al morir los despeñó al Infierno.
5. La tercera pata
Ahí tenemos, pues, dos de las tres patas de este improvisado ‘Retablo de la avaricia, la dejadez y el derroche’, ideado, como es obvio, al amparo del brillante y despiadado ‘Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte’ de don Ramón María del Valle-Inclán. ¿Y la tercera pata? ¿Dónde la pata de la dejadez, de la desidia, del abandono? Esa la ponen, cómo no, los gobernantes, no específicamente los de un color sino los de todos: la política ha llegado tarde al drama de la vivienda, y no solo la política, también el periodismo, aunque este lo disimule mejor que aquella. En la Comedia, sin embargo, no salen del todo mal parados, pues Dante localiza el valle de los príncipes negligentes no en el Infierno sino en el Purgatorio. Visto lo visto y sufrido lo sufrido, el genio de Florencia no dudaría hoy en enviarlos a todos ellos al Infierno.
6. La gatera
En fin, unos por otros y otros por unos, la casa no ya sin barrer sino sin hacer. ¿Por unos más que por otros? Bueno, bien, vale, por unos más que por otros, pero parece poco consuelo para tan lacerante drama. Las competencias en vivienda son de tantos que acaban por no ser de nadie. Problemas de grandísima complejidad como este nos hacen añorar el Estado unitario y maldecir este de las autonomías: por gateras como esta acostumbra a colarse Vox con su reclamación de un Gobierno fuerte, despótico, implacable con los territorios pero también, ay, con los derechos, con la democracia, con la justicia, con las personas…
7. El quirófano vacío
Vivienda: sabemos qué hay que hacer, pero no cómo, ni cuándo, ni con quién. Tenemos el diagnóstico del enfermo, pero no el equipo médico que ha de intervenirlo. Si se precisase únicamente un cirujano y, pongamos, un solo enfermero, sería fácil, pero poner remedio a la enfermedad de la vivienda requiere un equipo multidisplinar de cirujanos, anestesistas, rehabilitadores, cardiólogos, internistas, enfermeros, camilleros, celadores… Cuando el cirujano está en disposición de operar, el anestesista sigue de vacaciones, y cuando este vuelve, aquel está de moros y no quiere operar. Y a ello se suma que el postoperatorio que requiere el enfermo debe prolongarse durante años y años, lo cual requiere a su vez un equipo sanitario estable y bien avenido. De haber escrito hoy su Comedia, Dante los habría, nos habría, mandado, en efecto, a todos al Infierno.
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