A menos de medio año para que arranque el Mundial de 2026, la polémica ya no se limita a cuestiones organizativas o deportivas. El debate ha escalado hasta el terreno político y moral, y una de las voces más inesperadas en alzarse ha sido la del propio Joseph Blatter, expresidente de la FIFA durante casi dos décadas. Desde su cuenta de X, Blatter ha respaldado públicamente la idea de un boicot de aficionados a los partidos que se disputen en Estados Unidos, cuestionando de forma directa la idoneidad del país como anfitrión del torneo.
"For the fans, there's only one piece of advice: stay away from the USA!” I think Mark Pieth is right to question this World Cup. #MarkPieth #GianniInfantino #DonaldTrump #FIFAWorldCup2026 #USA
— Joseph S Blatter (@SeppBlatter) January 26, 2026
Blatter, apartado del fútbol institucional desde su salida de la FIFA en 2015 en medio de escándalos de corrupción, ha reaparecido para apoyar las declaraciones del jurista suizo Mark Pieth, una figura clave en los procesos de reforma del organismo hace una década. El expresidente fue contundente al compartir su mensaje: puso en duda que el Mundial pueda celebrarse con normalidad en el contexto político actual y sugirió que los aficionados deberían replantearse viajar al país norteamericano.
El mensaje no fue ambiguo. Blatter dio por válidas las advertencias de Pieth, quien había señalado que el comportamiento de las autoridades estadounidenses y el clima interno del país generan un entorno poco seguro y acogedor para quienes pretendan seguir el torneo en directo. “Manténganse alejados de Estados Unidos”, vino a respaldar Blatter, dejando claro que el problema no es futbolístico, sino institucional y político.
No se trata de una crítica aislada. En las últimas semanas, figuras relevantes del fútbol europeo y responsables federativos han comenzado a expresar, de forma más o menos explícita, su incomodidad con la situación. Que sea un expresidente de la FIFA quien legitime ese discurso añade una dimensión inédita a la polémica y coloca a la organización que ahora dirige Gianni Infantino ante un escenario incómodo.
Por qué el Mundial 2026 enfrenta amenazas de boicot
El origen de estas advertencias está directamente ligado a la política exterior e interior de Donald Trump y su administración. Las restricciones migratorias, las prohibiciones de viaje a ciudadanos de determinados países y el trato agresivo hacia migrantes y manifestantes han generado una alarma creciente en la comunidad futbolística internacional. Para muchos, el Mundial corre el riesgo de convertirse en un torneo inaccesible para miles de aficionados.
Uno de los episodios que más impacto ha tenido es la decisión de restringir la entrada a ciudadanos de países ya clasificados para la Copa del Mundo. Aficionados de Senegal y Costa de Marfil, dos potencias africanas con una gran movilización de seguidores, han visto cómo sus planes de viaje quedaban en el aire por la imposibilidad de obtener visados. La misma situación afecta a hinchas de Irán y Haití, incluidos desde el inicio en las listas de países vetados.
La preocupación no se limita a los aficionados. Desde Alemania, Países Bajos y otros países europeos han surgido voces que plantean incluso la retirada de selecciones como medida de presión política. Productores culturales, periodistas y políticos han impulsado campañas públicas que ya acumulan decenas de miles de apoyos, apelando a la responsabilidad ética de participar, o no, en un evento organizado en ese contexto.
En Países Bajos, por ejemplo, una petición pública ha alcanzado una repercusión notable al pedir que la selección no acuda al torneo para no legitimar, a través del fútbol, políticas que consideran contrarias a los derechos humanos. Aunque las federaciones nacionales, por ahora, descartan una retirada formal, sí reconocen que el escenario es preocupante y que están en contacto con sus respectivos gobiernos.
A todo ello se suma la tensión geopolítica entre Estados Unidos y varios países europeos, agravada por disputas comerciales y declaraciones expansionistas que han elevado el tono diplomático. En ese contexto, el fútbol aparece como un actor inesperado en un conflicto mucho más amplio, pero con un enorme valor simbólico.
El Mundial de 2026, concebido como el más grande de la historia —48 selecciones y tres países anfitriones—, se enfrenta así a un desafío inédito: la posibilidad de que el boicot deje de ser una amenaza retórica y se convierta en un problema real de imagen, asistencia y legitimidad. Con Blatter sumándose al coro de críticos, la FIFA observa cómo el debate ya no gira solo en torno al balón, sino a todo lo que lo rodea.
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