El 14 de agosto de 2002, un chico de 17 años llamado Cristiano Ronaldo entró al campo del José Alvalade en un partido de Champions ante el Inter. Llevaba el dorsal 28, salió desde el banquillo y disputó poco más de media hora. El encuentro terminó 0-0 y, aparentemente, no ocurrió nada extraordinario.

Pero aquella noche comenzó una de las carreras más importantes de la historia del fútbol. Ronaldo todavía no era una estrella, ni siquiera un titular habitual del Sporting. Era un adolescente que buscaba hacerse un hueco en el primer equipo y que, sin saberlo, acababa de disputar el primer partido de una carrera que terminaría llevándole a cinco Balones de Oro, cinco Champions y cientos de goles.

Tenía 17 años y llevaba el 28

Resulta extraño imaginar a Cristiano Ronaldo sin el número 7, sin la camiseta del Real Madrid o sin el brazalete de capitán de Portugal. Pero en aquel verano de 2002 todavía era simplemente un joven talento de la cantera del Sporting que había empezado a llamar la atención durante la pretemporada.

El entrenador, László Bölöni, decidió incluirlo en la convocatoria para enfrentarse al Inter de Milán en la tercera ronda previa de la Champions League. El Sporting, vigente campeón portugués, tenía delante a un equipo con jugadores como Javier Zanetti, Marco Materazzi o Christian Vieri. Ronaldo comenzó en el banquillo y entró en el minuto 58 para sustituir a Toñito.

No marcó, no asistió y no cambió el resultado. Sí dejó algunos detalles de velocidad y desborde que hicieron que la grada reparase en él, pero el partido terminó 0-0 y el Sporting acabaría eliminado en la vuelta, después de perder 2-0 en San Siro.

No fue un debut de película. Y precisamente por eso resulta tan fascinante recordarlo ahora.

Ya había gente que sabía que era diferente

Ronaldo no apareció de la nada aquella noche. Durante las semanas anteriores había empezado a generar conversación dentro del Sporting gracias a su velocidad, su capacidad para regatear y una facilidad poco habitual para buscar la portería. Poco antes del partido ante el Inter había marcado incluso en un amistoso contra el Betis.

Dentro del club ya existía la sensación de que aquel chico tenía algo distinto. Lo que nadie podía saber era hasta dónde llegaría. El fútbol está lleno de jóvenes que parecen destinados a ser estrellas y terminan quedándose por el camino; Ronaldo fue uno de los pocos que convirtió aquella promesa en una carrera extraordinaria.

Su temporada de debut terminó con 31 partidos y cinco goles. Apenas un año después, el Manchester United llamó a su puerta. El equipo de Sir Alex Ferguson había quedado impresionado con su actuación ante los ingleses en un amistoso de pretemporada y decidió convertir aquella promesa portuguesa en uno de sus nuevos proyectos.

Del dorsal 28 al número 7

A partir de ahí, todo sucedió a una velocidad difícil de explicar. Manchester United fue el lugar donde Ronaldo dejó de ser una promesa para convertirse en una estrella. Allí ganó su primera Champions y su primer Balón de Oro antes de marcharse al Real Madrid por una cifra récord para la época.

En Madrid llegó la explosión definitiva: 450 goles, cuatro Champions, cuatro Balones de Oro más y una rivalidad con Lionel Messi que marcó una generación entera. Después llegaron la Juventus, un regreso a Manchester, Portugal y una nueva etapa en Arabia Saudí. La carrera que comenzó con el 28 del Sporting terminó convirtiéndole en uno de los futbolistas más reconocibles de la historia.

Y hay una ironía especialmente bonita en todo esto: su primer partido oficial fue precisamente en la Champions League, la competición que acabaría dominando durante años. Aquella noche ni siquiera jugó la fase de grupos, sino una ronda previa. Tardaría unos años en convertirse en el máximo goleador histórico del torneo y en uno de sus protagonistas absolutos.

El primer fotograma de una película que todavía no había empezado

Mirar hoy las imágenes de aquel partido permite caer en la trampa de pensar que todo estaba escrito. Que aquel chico de 17 años ya llevaba encima el futuro Balón de Oro, que sus regates anunciaban inevitablemente los cientos de goles que llegarían después y que el mundo simplemente estaba esperando a descubrirlo.

No era así. Aquel día Cristiano Ronaldo podía haber sido una promesa más. Podía haber tenido una gran carrera en Portugal y no haber llegado nunca a convertirse en el fenómeno mundial que conocemos. Lo extraordinario no es que todo estuviera predestinado, sino que aquel chico aprovechó cada oportunidad que apareció después.

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