La subida de los precios energéticos todavía puede seguir trasladándose al bolsillo durante los próximos meses. El Banco Central Europeo (BCE) advierte de que el impacto del encarecimiento de la energía no se ha transmitido por completo al resto de la economía y prevé que la inflación se mantenga por encima de su objetivo del 2% durante buena parte de los próximos meses.

El último Boletín Económico de la institución señala que, aunque la inflación de la eurozona se moderó temporalmente hasta el 2,8% en junio, el aumento del coste energético continuará repercutiendo gradualmente sobre otros bienes y servicios. El BCE añade entre los principales riesgos nuevas perturbaciones en el suministro de energía, las tensiones comerciales y los fenómenos meteorológicos extremos.

Los primeros datos de julio apuntan a que las presiones persisten. Eurostat estima que la inflación de la eurozona volvió a subir hasta el 2,9%, mientras que la energía registró una tasa interanual del 10%, frente al 8,5% de junio. España se sitúa por encima de esa media: el índice armonizado habría alcanzado el 3,8% en julio, según la estimación preliminar europea.

El escenario que maneja el BCE no implica que todos los precios vayan a aumentar de manera inmediata ni con la misma intensidad. Su advertencia se centra en que el encarecimiento del petróleo y de otros costes energéticos tarda en recorrer toda la cadena económica, por lo que parte de sus efectos puede apreciarse después del verano.

Los carburantes reciben primero el impacto

Los combustibles son uno de los canales más directos. Cuando aumenta el precio del petróleo, el efecto alcanza con relativa rapidez a la gasolina y al gasóleo.

Las previsiones de junio del Eurosistema apuntan a que el incremento de la inflación energética durante 2026 estará impulsado especialmente por los combustibles, debido al traslado del precio del crudo y a las tensiones sobre los productos refinados. En su escenario central, el BCE calcula que la inflación general alcanzará un máximo del 3,4% durante el tercer y el cuarto trimestre de este año.

El banco central considera, no obstante, que el choque energético actual no tiene por ahora la misma magnitud que el registrado tras la invasión rusa de Ucrania. Los precios del gas y la electricidad han reaccionado de forma más contenida y Europa dispone de una mayor diversificación de suministros y de mecanismos de protección.

La evolución dependerá en buena medida del conflicto en Oriente Próximo. Nuevas interrupciones del suministro podrían mantener elevados durante más tiempo los precios energéticos y ampliar su transmisión hacia otros sectores.

El supermercado puede notar el efecto más tarde

La repercusión sobre los alimentos suele ser más lenta. La energía forma parte de numerosos costes de producción: fertilizantes, maquinaria agrícola, transporte, cadenas de frío o procesado industrial.

El BCE prevé que esta transmisión continúe durante los próximos meses. Sus proyecciones de junio calculan que la inflación alimentaria podría alcanzar un máximo del 3,7% en el segundo trimestre de 2027, entre otros motivos por el aumento de los costes energéticos y de los fertilizantes.

Esto significa que una eventual moderación posterior del petróleo no elimina de inmediato los efectos acumulados en otros productos. Las empresas pueden absorber temporalmente una parte de los costes, trasladarlos después a sus precios o repartir el impacto durante varios meses.

A ello se suman otros riesgos. El Boletín Económico del BCE cita expresamente los fenómenos meteorológicos extremos y las olas de calor como factores que podrían elevar los precios alimentarios más de lo previsto.

Viajes, industria y otros servicios

El aumento de la energía también puede repercutir en los servicios vinculados al transporte y los viajes, así como en los costes de producción de la industria y de determinados bienes manufacturados. Las previsiones del Eurosistema contemplan una transmisión gradual de estas presiones.

El BCE señala que las empresas ya perciben un encarecimiento de algunos insumos y que parte de ellas anticipa nuevas subidas de sus precios de venta. La inflación subyacente sigue, sin embargo, más contenida, y Frankfurt espera que los efectos indirectos sean menores que durante la crisis inflacionaria de 2021 a 2024.

Entre los factores que pueden limitar esa transmisión figuran una demanda más débil, la evolución del euro y una presión salarial menos intensa que en etapas anteriores. 

Las hipotecas dependerán también de la inflación

La evolución de los precios influirá igualmente en las decisiones del BCE sobre los tipos de interés. La institución decidió el pasado 23 de julio mantener sin cambios sus tres tipos oficiales: la facilidad de depósito continúa en el 2,25%, las operaciones principales de financiación en el 2,40% y la facilidad marginal de crédito en el 2,65%. El banco central insiste en que decidirá reunión a reunión en función de los datos disponibles. Una inflación más persistente puede reducir el margen para continuar abaratando el dinero, aunque eso no implica necesariamente nuevas subidas de tipos.

El coste medio de los nuevos préstamos hipotecarios en la eurozona pasó del 3,4% en abril al 3,5% en mayo, según los datos recogidos por el BCE. Las entidades endurecieron además sus criterios para conceder hipotecas durante el segundo trimestre.

Las expectativas de los consumidores también se han movido ligeramente al alza. En junio, los hogares encuestados por el BCE situaron en el 5% el tipo hipotecario que esperan dentro de doce meses, frente al 4,9% estimado un mes antes.

España está por encima de la media europea

Eurostat estima que la inflación armonizada española alcanzó el 3,8% en julio, frente al 2,9% de la eurozona. Los últimos datos completos del Instituto Nacional de Estadística, correspondientes a junio, situaron el IPC español en el 3,2% y la inflación subyacente en el 2,9%. El grupo de vivienda registró una tasa anual del 4,7%, impulsada principalmente por la electricidad y, en menor medida, por el gas.

Esta diferencia hace que España afronte los próximos meses con una inflación superior a la media del área monetaria, aunque la evolución dependerá de cómo se comporten la energía y el resto de componentes del IPC.

Los hogares con menos renta, más expuestos

El BCE identifica a las familias con menores ingresos como las más vulnerables ante un encarecimiento energético. Estos hogares destinan una mayor parte de su presupuesto a gastos difíciles de reducir, como alimentación, electricidad, calefacción o transporte, y cuentan con menos margen para absorber incrementos prolongados.

Por este motivo, la institución defiende que las ayudas públicas destinadas a amortiguar el impacto sean temporales y focalizadas, frente a medidas generalizadas. Las actuaciones energéticas anunciadas por los gobiernos de la eurozona podrían reducir en unas seis décimas la inflación energética media de 2026, según las previsiones del Eurosistema.

El BCE sitúa el máximo en otoño

El escenario central sigue contemplando una moderación posterior. Si no se producen nuevas escaladas del conflicto y los precios energéticos comienzan a bajar, el BCE espera que la inflación descienda durante 2027 y vuelva a aproximarse progresivamente al objetivo del 2%.

Antes, sus previsiones sitúan el máximo de la inflación general en el tercer y cuarto trimestre de 2026. La evolución del petróleo será determinante, pero también cuánto de ese encarecimiento termine trasladándose a combustibles, alimentos, servicios y costes de producción.

Para los hogares, el riesgo no está únicamente en una subida inmediata de la gasolina. Parte del impacto puede aparecer con retraso en la cesta de la compra o en determinados servicios y, si la inflación tarda más de lo previsto en moderarse, también puede condicionar durante más tiempo el coste del crédito.

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