Europa se enfrenta a una encrucijada económica de primer orden. No se trata de un debate coyuntural ni de una advertencia política al uso, sino de un diagnóstico respaldado por datos comparativos y proyecciones macroeconómicas. El informe Transformando Europa: movimientos audaces para escalar el continente, elaborado por McKinsey y presentado en el Foro Económico Mundial de Davos, sitúa la cuestión de la inversión en el centro del futuro económico europeo y lanza una advertencia directa: sin un aumento rápido y sostenido del esfuerzo inversor, el Viejo Continente corre el riesgo de instalarse en una nueva década de estancamiento.
El documento dibuja un escenario preciso. De mantenerse las tendencias actuales, Europa podría quedar atrapada en un crecimiento del PIB cercano al 1% anual, una dinámica que McKinsey asocia al llamado “estancamiento secular”. El reto que plantea el informe es de gran calado: evitar ese escenario y sentar las bases para duplicar la tasa de crecimiento económico, recuperando competitividad global en un contexto marcado por la presión de Estados Unidos y China, economías que avanzan a un ritmo muy superior en inversión, innovación y escala industrial.
La brecha inversora que explica la pérdida de competitividad
El análisis parte de una constatación central: la competitividad europea se ha visto erosionada por una insuficiencia estructural de inversión, tanto pública como privada. McKinsey cifra en 1,2 billones de euros anuales el volumen adicional de inversión necesario durante los próximos cinco años para cerrar esa brecha. La cifra supera en torno a un 50% las estimaciones del informe Draghi publicado meses atrás, un desfase que, según la consultora, refleja la rapidez con la que se ha ampliado el diferencial inversor del continente frente a sus principales competidores.
Las consecuencias de este déficit ya son visibles en sectores estratégicos. En los últimos cinco años, las empresas estadounidenses han invertido alrededor de dos billones de euros más que las europeas en tecnologías digitales, un factor clave para explicar la distancia en productividad, innovación y control de mercados emergentes. Al mismo tiempo, China mantiene un ritmo de inversión en industrias manufactureras tradicionales que triplica al europeo, consolidando su posición en eslabones críticos de las cadenas de valor globales.
A este contexto se suma otro dato estructural: las compañías europeas destinan aproximadamente un 40% menos a gasto en capital e investigación y desarrollo que sus homólogas en Estados Unidos. Para McKinsey, esta menor intensidad inversora no solo limita el crecimiento potencial, sino que condiciona la capacidad del continente para generar empresas líderes a escala global y absorber tecnologías clave.
El sector privado y los grandes movimientos necesarios
Aunque el informe reconoce la importancia de las reformas regulatorias y del fortalecimiento del mercado único, subraya que el sector privado debe asumir un papel protagonista en un eventual nuevo ciclo de crecimiento. La experiencia reciente respalda esta tesis. Entre 2011 y 2019, más de dos tercios del crecimiento de la productividad en Estados Unidos procedieron de apenas 44 empresas. En Alemania, bastaron 13 compañías para concentrar la mayor parte de ese avance. El patrón es claro: el crecimiento suele estar liderado por un número reducido de empresas capaces de ejecutar movimientos estratégicos ambiciosos y sostenidos en el tiempo.
McKinsey señala que, si las empresas europeas igualaran los niveles de inversión y gasto en I+D de sus competidoras estadounidenses, el continente podría entrar en una senda de aceleración de la productividad con efectos directos sobre el crecimiento económico y la riqueza de los hogares. La cuestión no es solo cuánto capital existe, sino cómo se moviliza y en qué entorno regulatorio y financiero se despliega.
En este marco, el informe identifica diez grandes proyectos de acción pública destinados a crear un entorno más favorable a la inversión. Entre ellos destaca la propuesta de impulsar el emprendimiento mediante la creación de un “28º régimen” europeo, con normas empresariales uniformes y radicalmente simplificadas que reduzcan la fragmentación regulatoria. Ganar escala es otro de los ejes centrales, con una llamada a adoptar una postura claramente proinversión en fusiones y adquisiciones dentro de la Unión Europea.
La simplificación administrativa ocupa también un lugar destacado. McKinsey aboga por sistemas de autorización digitales, de alcance europeo y con plazos definidos, con el objetivo de reducir la complejidad y los costes administrativos. A ello se suma la necesidad de un enfoque regulatorio basado en el coste de oportunidad, que evite que la sobrecarga normativa frene la inversión frente a otras regiones.
El informe plantea asimismo canalizar más capital hacia activos de mayor riesgo, impulsando reformas en los sistemas de pensiones para dirigir recursos hacia el venture capital y el private equity. Otras propuestas incluyen la creación de nuevos mercados utilizando al sector público como cliente ancla a gran escala, la atracción de talento mediante el desarrollo de “CERN tecnológicos” en áreas estratégicas y la recualificación de hasta un millón de trabajadores para cerrar la brecha de capacidades.
El documento incorpora, además, medidas orientadas a asegurar el know-how industrial mediante la transferencia internacional de capacidades y la creación de ecosistemas europeos sólidos. Todo ello se articularía a través de una gobernanza de ejecución reforzada, con un centro de coordinación que acelere la implementación de las iniciativas y mejore la posición competitiva de Europa frente a otras economías.
McKinsey también identifica señales alentadoras, aunque las considera insuficientes. La inversión extranjera directa prevista en Europa ha aumentado un 40% respecto a los niveles previos a la pandemia, y los fondos de capital privado centrados en el continente captaron alrededor de 300.000 millones de euros en los primeros nueve meses de 2025. Grandes inversores internacionales han intensificado su apuesta por Europa: KKR desplegó más de 20.000 millones de dólares en 2025, Blackstone prevé invertir hasta 500.000 millones en la próxima década y Apollo apunta a compromisos de hasta 100.000 millones de dólares solo en Alemania. Para la consultora, estos movimientos confirman el interés, pero también subrayan la magnitud del desafío que afronta el continente.
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