El estrecho de Ormuz vuelve a demostrar que una franja de mar puede sacudir la economía mundial. Su bloqueo ha disparado el precio del petróleo y ha puesto en alerta a compañías de sectores tan distintos como la aviación, la automoción, la química, la restauración o los bienes de consumo. Lo que comenzó como una nueva escalada militar en Oriente Medio ya se traduce en costes adicionales, recortes de previsiones, cambios operativos y advertencias sobre precios.

El impacto económico es cada vez más visible. Según un extenso análisis de Reuters, la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán ya ha generado al menos 25.000 millones de dólares en costes para empresas de todo el mundo, una cifra que sigue aumentando a medida que se prolonga el conflicto. La agencia contabiliza al menos 279 compañías que han citado la guerra como detonante de algún tipo de medida defensiva: subidas de precios, recortes de producción, suspensión de dividendos, ajustes operativos, recargos por combustible o peticiones de ayuda pública.

Del crudo caro al billete de avión

El primer sector en sentir el golpe ha sido el de las aerolíneas. No es casualidad. La aviación depende de forma directa del combustible, y cualquier subida brusca del petróleo se convierte casi de inmediato en una presión sobre los márgenes. De acuerdo con el recuento de Reuters, las compañías aéreas concentran alrededor de 15.000 millones de dólares en costes adicionales vinculados al encarecimiento del combustible.

El problema para las aerolíneas no está solo en pagar más por volar. También está en decidir cuánto de ese coste pueden trasladar al pasajero. Subir los billetes puede proteger las cuentas, pero también enfriar la demanda, especialmente entre los consumidores con menor capacidad adquisitiva o en viajes no imprescindibles. Si el precio del combustible se mantiene elevado, el sector tendrá que moverse entre dos riesgos: perder rentabilidad o perder clientes.

A ese encarecimiento se suman otros factores operativos. La tensión en Oriente Medio puede obligar a modificar rutas, elevar los costes de aseguramiento, aumentar tiempos de vuelo y complicar la planificación de las compañías. En una industria que funciona con márgenes ajustados, cualquier desviación pesa. Y cuando esa desviación se combina con una caída de la demanda o con consumidores más sensibles al precio, el resultado puede ser especialmente delicado.

Toyota, Continental y el golpe a la industria

La automoción es otro de los sectores donde la factura empieza a tener nombres propios. Toyota ha advertido de un impacto de 4.300 millones de dólares, según el análisis citado por Reuters. El fabricante japonés es un ejemplo claro de cómo una guerra localizada puede alterar una cadena de suministro global: energía más cara, transporte más costoso, materias primas tensionadas y mayor incertidumbre para planificar producción.

El caso de Continental también ilustra la vulnerabilidad industrial. El fabricante alemán de neumáticos prevé un impacto de al menos 100 millones de euros a partir del segundo trimestre por el encarecimiento del petróleo, que eleva el coste de las materias primas utilizadas en su producción. En los neumáticos, el crudo no es solo una referencia energética: está presente en derivados, cauchos sintéticos y otros componentes esenciales.

La presión también alcanza a empresas industriales y químicas expuestas a productos derivados del petróleo. Newell Brands, compañía estadounidense propietaria de marcas de consumo y productos para el hogar, ha señalado que cada incremento de cinco dólares en el barril de petróleo puede añadir alrededor de cinco millones de dólares en costes. Es un dato que resume la sensibilidad de muchas compañías al precio del crudo: pequeñas variaciones pueden tener efectos millonarios.

La química, el engranaje invisible

El segundo gran foco de tensión está en la industria química y de materiales. Aquí el petróleo no es solo una fuente de energía, sino también una materia prima esencial. Petroquímicos, plásticos, fertilizantes, aluminio, helio o polietileno forman parte de cadenas de producción muy amplias. Cuando se encarece el crudo o se interrumpen los suministros, el golpe se extiende mucho más allá de las empresas directamente vinculadas a la energía.

Esta es una de las claves de la crisis: la química funciona como un engranaje invisible de la economía. Está presente en envases, neumáticos, detergentes, cosméticos, textiles, piezas industriales, embalajes, productos sanitarios y componentes del automóvil. Por eso, una tensión en el suministro de materias primas puede acabar afectando a sectores que, a primera vista, parecen alejados de la guerra.

Reuters señala que casi 40 empresas industriales, químicas y de materiales han comunicado que subirán precios por su exposición al suministro petroquímico de Oriente Medio. Ese movimiento puede abrir una cadena de encarecimientos que termine llegando a productos cotidianos: desde envases alimentarios hasta detergentes, pasando por artículos de higiene o componentes industriales.

P&G, Whirlpool y McDonald’s: el golpe al consumo

El impacto también empieza a aparecer en grandes compañías de consumo. Procter & Gamble, propietaria de marcas de higiene, limpieza y cuidado personal, ha estimado un golpe de 1.000 millones de dólares en beneficios después de impuestos. La compañía es relevante porque sus productos forman parte de la cesta diaria de millones de hogares: pañales, detergentes, champús, productos de limpieza o artículos de higiene femenina.

Whirlpool, fabricante de electrodomésticos, ha recortado a la mitad su previsión anual y ha suspendido su dividendo. Su consejero delegado, Marc Bitzer, describió un deterioro de la demanda comparable al vivido durante la crisis financiera global. La explicación es significativa: con precios altos e incertidumbre, los consumidores retrasan compras importantes y optan por reparar antes que sustituir.

También McDonald’s ha advertido de mayores presiones inflacionistas a largo plazo por las interrupciones en la cadena de suministro. Su consejero delegado, Chris Kempczinski, apuntó además al impacto de los elevados precios de la gasolina sobre los consumidores de bajos ingresos. El ejemplo es especialmente claro: cuando suben la energía, el transporte, los alimentos y los envases, incluso una cadena global de comida rápida termina enfrentándose a costes más altos y a clientes con menos capacidad de gasto.

Otro caso citado es el de Karex, fabricante malasio de preservativos, que también ha alertado del aumento de costes. Aunque pueda parecer un ejemplo menor, ayuda a entender la profundidad del problema: la guerra no golpea solo a sectores pesados o energéticos, sino también a fabricantes de productos de consumo que dependen de materias primas, transporte internacional y estabilidad logística.

Una factura que aún no se ve del todo

Uno de los elementos más preocupantes es que, según los analistas citados por Reuters, el impacto total aún no se ha reflejado plenamente en los resultados empresariales. Las previsiones de márgenes para el segundo trimestre ya se han recortado en sectores industriales y de consumo, pero el golpe podría intensificarse conforme expiren coberturas energéticas, se agoten inventarios adquiridos a precios anteriores y las empresas tengan que renegociar contratos en un entorno más caro.

Europa aparece particularmente expuesta. El informe señala que muchas de las compañías afectadas tienen sede en Reino Unido y Europa, regiones que ya convivían con costes energéticos elevados. Además, la industria europea arrastra desde hace años una vulnerabilidad estructural: dependencia exterior, altos precios de la energía y dificultad para competir con economías que disponen de suministros más baratos o mayor margen fiscal. La guerra con Irán puede profundizar esa brecha industrial.

La crisis también llega después de otros choques acumulados: la pandemia, la invasión rusa de Ucrania, la crisis energética europea y las tensiones comerciales asociadas a los aranceles. Reuters compara el impacto actual con otros grandes golpes recientes a las cuentas empresariales, incluidos los costes derivados de los aranceles impulsados por Donald Trump. La economía global parece instalada en una sucesión de shocks donde empresas, trabajadores y consumidores apenas tienen tiempo de recuperarse antes de afrontar el siguiente.

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