Fue una de las activistas que participaron en la primera manifestación LGTBI en 1977. Tenía solo 18 años cuando María Giralt recorrió La Rambla de Barcelona pidiendo la derogación de la Ley de Peligrosidad Social. Cuarenta y nueve años después es la vicepresidenta del Pride Barcelona y, con las mismas ganas de luchar por los derechos LGTBIQ+ que antes, tiene claro cuál es el principal reto del colectivo: volver a conectar con la sociedad.
PREGUNTA (P): Participaste en la primera manifestación LGTBI del país, en 1977, en La Rambla de Barcelona. ¿Cómo recuerdas aquel día?
RESPUESTA (R): Han pasado ya 49 años. Lo que más me llamó la atención fue que, junto a nosotros, había entre 4.000 y 5.000 personas de todos los movimientos sociales que existían entonces: asociaciones de vecinos, el movimiento estudiantil, las feministas, partidos políticos, sindicatos... Si queremos cambiar y transformar la sociedad, ese es el espíritu que tenemos que recuperar. En lugar de alejar a la gente, debemos acercarnos a la sociedad, sea o no LGTBI, para defender los derechos humanos, porque, al fin y al cabo, nuestros derechos son derechos humanos.
Había muchísima gente defendiendo sus ideales con pancartas y consignas muy claras. Pedíamos la derogación de la Ley de Peligrosidad Social. Cuando ya llevábamos un rato manifestándonos, empezó una carga policial muy dura. Pero, desgraciadamente, ya estábamos acostumbrados.
P: Estabais acostumbrados a la represión.
R: Sí. En aquel momento tenía 18 años, pero desde los 15 ya iba a manifestaciones y ya había sufrido cargas policiales. Incluso utilizaban porras eléctricas. Salíamos corriendo y nos escondíamos en los portales del Eixample.
P: ¿Ese tipo de situaciones marcan para toda la vida?
R: Sí, pero también de una forma positiva. Desde entonces tuve claro que siempre defendería nuestros derechos. Igual que cuando tenía 11 años, que la madre superiora de mi colegio me dijo que no podía hablar catalán con los profesores.
P: Era tu lengua.
R: Claro, pero entonces estaba prohibido hablar catalán. Los profesores me hablaban en castellano y yo respondía en catalán. Desde los 11 años entendí que no lo tendría fácil. A mí me discriminaron antes por mi lengua que por ser lesbiana.
P: ¿Sientes ahora el mismo miedo que entonces?
R: No. Es una situación completamente diferente. Ahora vivimos en otro contexto y, por suerte, tenemos leyes que antes no existían y que nos protegen. En 1977 toda la sociedad tenía claro quién era el enemigo: la policía y las instituciones franquistas. Había un único enemigo y, por eso, tanta gente diferente se unió en aquella manifestación.
P: Ahora vemos que la extrema derecha vuelve a vulnerar nuestros derechos.
R: Tenemos que reinventarnos. Debemos encontrar nuevos puntos de conexión con la sociedad para generar empatía, porque no solo estamos defendiendo los derechos de las personas LGTBI. También defendemos los derechos de las personas heterosexuales, que quizá tengan hijos o hijas trans, gais, lesbianas, bisexuales... Todo el mundo debe entender que nuestros derechos son derechos sociales y que no le quitan derechos a nadie. Tenemos que seguir transformando la sociedad por el bien común.
P: Siempre has defendido que el miedo no puede marcar la estrategia del movimiento.
R: Exacto. En el momento en que empezamos a tener miedo, ya estamos empezando a perder derechos, porque asumimos mentalmente que ese retroceso puede producirse. Cuando normalizas esa posibilidad, de alguna manera ya la estás haciendo real.
P: ¿No es inevitable sentir miedo?
R: Claro que es inevitable, pero el miedo te frena y no es la mejor manera de combatir a la extrema derecha. Tenemos que plantar cara. No llevamos casi 50 años luchando para que ahora la extrema derecha venga a cargárselo todo. Tenemos que seguir siendo visibles, hacer activismo y, por supuesto, celebrar el Orgullo, porque también celebramos todo lo que hemos conseguido.
P: En tu discurso al recibir el premio MADO Orgullo dijiste que el movimiento LGTBI había dejado de conectar con una parte de la sociedad.
R: Es una realidad. Tenemos que conseguir que la gente entienda que nuestra lucha también es la suya, que defender los derechos LGTBI es defender los derechos humanos.
Somos aproximadamente un 15% de la población. El otro 85% también lo necesitamos. La extrema derecha dispone de muchos recursos y utiliza los medios de comunicación y las redes sociales para difundir discursos de odio. Tenemos que buscar la fórmula para conectar con toda la sociedad para que nos apoyen en nuestras reivindicaciones y vean que no somos ningún peligro.
P: Ante esta situación, ¿cuál es la fortaleza de Pride Barcelona?
R: Nuestra fortaleza es que representamos a la mayoría de entidades LGTBI de la ciudad y también a algunas de fuera de Barcelona. En estos momentos participan alrededor de 150 personas voluntarias. Para nosotros el voluntariado es fundamental porque muchas personas llegan buscando un espacio de conexión con el movimiento LGTBI. Algunas vienen de fuera, otras son personas refugiadas que encuentran en el Pride un lugar donde relacionarse y sentirse parte de la comunidad.
P: Que sentiste cuando viste los cartels del Orgullo de Madrid sin que aparecieran personas LGTBI pero sí unas sillas formando la bandera?
R: Me parece una forma de invisibilizar precisamente a las personas LGTBI. Es como intentar transmitir que se está a favor de nuestros derechos mientras, al mismo tiempo, se nos borra del espacio público. Por eso es tan importante que en los carteles aparezcan personas reales, no modelos, sino personas que dan la cara y son valientes. Me da la sensación de que existe una voluntad de borrar a las personas, y esa es una de las tácticas de la extrema derecha.
P: ¿Crees que Madrid ha perdido el foco?
R: Es una forma de querer estar sin estar. De proyectar la imagen de una ciudad abierta mientras se invisibiliza a quienes forman parte del colectivo.
P: Una de las principales críticas al Pride Barcelona es que se ha convertido en un escaparate para las marcas.
R: No estoy de acuerdo. Las empresas forman parte de nuestra sociedad y tienen que implicarse en la defensa de los derechos LGTBI. Lo que debemos hacer es acompañarlas.
P: ¿No utilizan el orgullo para hacer pinkwashing?
R: El hecho de ser una empresa no significa automáticamente hacer pinkwashing. Me parece profundamente injusto afirmar eso. Ese discurso acaba generando el efecto contrario al que buscamos. En lugar de acercar a las empresas al movimiento, las asusta. Acaban pensando que es mejor no hacer nada para evitar las críticas o las acusaciones de hacer pinkwashing.
Lo importante es que las empresas desarrollen políticas reales de diversidad, creen entornos laborales seguros para las personas LGTBI y apoyen nuestros derechos mediante acciones concretas, participen o no en el Pride.
P: Desde el Orgullo Crítico sostienen que el Pride también debe ser anticapitalista.
R: En el Pride Barcelona, en términos generales, somos personas de izquierdas y anticapitalistas. Pero antes de señalar constantemente a los demás deberíamos hacer autocrítica y preguntarnos por qué el movimiento LGTBI está perdiendo parte de su conexión con la sociedad. Nosotros queremos construir puentes con nuestros vecinos y vecinas, con la gente con la que convivimos en la ciudad y creo que ese discurso puede generar cierto rechazo. Queremos que nos conozcan, que participen en la manifestación y que entiendan que no estamos defendiendo solo nuestros derechos, sino los de toda la sociedad.
Me parece perfecto que exista el Orgullo Crítico; de hecho, creo que es necesario. Pero también tengo claro que el Pride Barcelona no es el enemigo. Lo que realmente debería preocuparnos es que la extrema derecha ha situado tanto a las personas migrantes como a las personas LGTBI en el punto de mira. Frente a eso, nuestra obligación es acercarnos cada vez más a la ciudadanía y sumar aliados, no dividirnos.
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