Es imposible que llegue el Orgullo sin sentir vergüenza. En cuestión de días vemos el pinkwashing en su máxima expresión: empresas que llenan sus perfiles de banderitas arcoíris. Eso sí, solo durante unas semanas. El apoyo al colectivo LGTBIQ+ parece existir solo mientras resulta rentable. Y, mientras tanto, también vemos dos maneras muy distintas de entender el Orgullo: la de Madrid, cada vez más desdibujada y alejada de los protagonistas, y la de Barcelona, también atravesada por la mercantilización, pero con un discurso que parece que vuelve a tener mucho más claro dónde debe situar el foco.
Las críticas al modelo madrileño se han intensificado especialmente tras la polémica campaña institucional del Ayuntamiento para el Orgullo de 2026. Asociaciones como Cogam y Arcópoli denunciaron que los carteles oficiales sustituían a las personas LGTBIQ+ por imágenes de terrazas, flores o caramelos con los colores del arcoíris. Una campaña sin personas LGTBIQ+, invisibilizadas una vez más en una celebración que nació precisamente para reivindicar su existencia. El Orgullo se presenta así como un producto turístico y comercial bajo el eslogan “La diversidad se vive en Madrid”. ¿Qué diversidad? ¿La de quiénes?
Desde hace años, la transformación del Orgullo madrileño en un gran escaparate turístico va en aumento. Las administraciones y numerosas empresas están más centradas en llenar la ciudad y conseguir un impacto económico a la altura que en reivindicar. Las carrozas ya importan más que las reivindicaciones. Se ha perdido la memoria.
Barcelona tampoco es ajena a esta comercialización. Sin embargo, el Pride Barcelona, en los últimos años, ha reforzado un discurso centrado en el activismo y en la defensa de los derechos del colectivo. Este año se presenta bajo el lema “Todas las realidades, un solo orgullo”, una campaña que pone el foco en la interseccionalidad y en la diversidad interna de la comunidad. Los carteles están protagonizados por personas LGTBIQ+ que utilizan símbolos inspirados en la tabla periódica para representar las múltiples identidades y experiencias que conforman el colectivo. Una propuesta imperfecta, pero que al menos sitúa a las personas en el centro del relato.
La diferencia también se percibe en los gestos simbólicos. Este año, el pregón de Pride Barcelona corre a cargo de entidades que trabajan durante todo el año en la defensa de los derechos LGTBIQ+. Una decisión que reconoce el papel fundamental del tejido asociativo, de quienes acompañan, asesoran, denuncian discriminaciones y sostienen la lucha cuando se apagan los focos. Porque el Orgullo son esas organizaciones que trabajan los 365 días del año, no las marcas que aprovechan el tirón.
Sin embargo, ni Madrid ni Barcelona deberían quedar al margen de una reflexión más profunda. La creciente mercantilización de estas celebraciones explica que cada vez más personas opten por participar en el llamado Orgullo crítico. Un espacio que reivindica el carácter político, reivindicativo y contestatario de una movilización que nació en las calles y no en los departamentos de marketing. Porque el Orgullo no debería ser una campaña publicitaria.
Por eso es importante acudir a esas manifestaciones que son, simplemente, manifestaciones. Sin escenarios patrocinados, sin zonas VIP, sin campañas corporativas ni estrategias de promoción turística. Espacios donde lo importante no es cuántas personas visitan una ciudad ni cuánto dinero genera un evento, sino qué reivindicaciones siguen pendientes y qué derechos siguen necesitando defensa. Porque el Orgullo nunca debería dejar de ser una protesta —aunque haya tiempo para bailar también—. Más importante es aún teniendo en cuenta el preocupante avance de la extrema derecha y la amenaza a nuestros derechos, incluso a avances que ya parecían consolidados. Necesitamos recuperar la memoria, y Barcelona va por buen camino.
No olvidemos a esas mujeres trans, travestis y disidentes de género perseguidas por la Policía que salieron a la calle ese 26 de junio de 1977 en una manifestación en La Rambla de Barcelona reclamando la derogación de las leyes que perseguían la homosexualidad. Quizá el verdadero orgullo de Barcelona deba consistir precisamente en eso: en no olvidar a quienes abrieron el camino.
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