Hay objetos a los que prestamos bastante poca atención hasta que alguien decide contarnos de qué están hechos. Una caja de pizza, por ejemplo. Llegas a casa, la abres, te comes la cuatro quesos y la caja acaba en el contenedor. Fin de la historia.

Cada vez vas a oír hablar más de los PFAS

O eso pensábamos. Porque esa capacidad casi mágica de algunos papeles y cartones para aguantar aceite, queso fundido, salsas y humedad sin convertirse inmediatamente en una masa blandurria tiene detrás bastante ingeniería química. Y, en algunos casos, también unas sustancias de las que probablemente vamos a escuchar hablar cada vez más: los PFAS.

Desde ayer se aplica el nuevo reglamento europeo de Envases y residuos de envases de la UE

Restringidos desde ayer

La Unión Europea acaba de dar un paso importante para reducir su presencia. Desde ayer, 12 de agosto, se aplica con carácter general el nuevo reglamento europeo de Envases y residuos de envases, que incluye restricciones a determinados niveles de PFAS en los envases destinados a estar en contacto con alimentos.

La Comisión Europea asegura que hay que conseguir que los envases sean seguros de nuevo y “reducir los PFAS, los ‘químicos eternos’, en los envases en contacto con alimentos”.

¿Qué son los PFAS?

El nombre completo tampoco ayuda demasiado: sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas. Por eso casi todo el mundo utiliza sus siglas, PFAS, o el apodo que les ha dado fama: “químicos eternos”.

Son una gran familia de compuestos sintéticos que contienen enlaces químicos extraordinariamente resistentes. Precisamente esa estabilidad los ha convertido durante décadas en materiales muy útiles para fabricar productos resistentes al agua, la grasa o las manchas.

El problema es precisamente que son muy resistentes. Muchos PFAS se degradan con enorme dificultad y pueden permanecer durante largos periodos en el medio ambiente. De ahí que hayan terminado recibiendo ese apodo tan poco tranquilizador.

La propia Comisión ya los describe como sustancias “dañinas” y señala que algunos PFAS relacionados con los envases están asociados a riesgos graves para la salud.

La grasa era el problema

Los PFAS han resultado especialmente útiles para determinados envases porque permiten fabricar superficies capaces de repeler tanto el agua como las grasas. El problema es que los materiales que entran en contacto con los alimentos constituyen una posible vía de exposición. Eso no significa que comerse una pizza o unas palomitas suponga automáticamente un riesgo para la salud. La exposición depende de numerosos factores y, además, los PFAS son una familia gigantesca de sustancias con características diferentes.

Pero el principio que está aplicando Europa es que si podemos reducir una fuente innecesaria de exposición, mejor quitarla. Por eso, la Comisión explica que los PFAS quedan “restringidos en los envases que estén en contacto con alimentos”.

Lo que cambia desde ahora

El nuevo reglamento sustituye a la normativa anterior y afecta al conjunto de los envases comercializados en la Unión Europea. Bruselas reconoce que el problema de los envases se ha convertido en algo bastante más grande que una caja de pizza.

Según la Comisión, los residuos de embalajes innecesarios “crecen más rápido que nuestras economías e incluso que nuestra población”. Y añade que los envases actuales utilizan demasiados recursos, resultan difíciles de reciclar y generan costes tanto para las empresas como para los ciudadanos.

En la práctica, los fabricantes tendrán que adaptar sus materiales para cumplir las nuevas exigencias. Aunque lo más probable es que ni tú ni yo nos demos cuenta de nada, porque para nosotros la caja de pizza va a parecer igual.

No es solo una guerra contra los PFAS

La medida forma parte de una reforma bastante más profunda de cómo quiere Europa que utilicemos los envases. Uno de los objetivos es que “todos los envases deberán ser reciclables en 2030”, según la Comisión Europea.

El diseño deberá permitir que las distintas partes del envase puedan recuperarse y aprovecharse posteriormente en lugar de acabar quemadas o en un vertedero.

También cambiarán las etiquetas. Bruselas promete “no más etiquetas confusas ni colores complicados”, de forma que resulte más sencillo saber de qué está hecho cada envase, dónde debemos tirarlo y cómo devolverlo para su reutilización.

Adiós a la caja gigante para unos auriculares

La reforma también apunta a ese absurdo del comercio electrónico que supone recibir una caja del tamaño de una lavadora para descubrir dentro unos auriculares rodeados por medio kilo de papel.

La Comisión quiere aplicar algo tan poco sofisticado como “sentido común” al embalaje. Su propuesta es “no más capas de embalaje inútiles”, paquetes más pequeños y ligeros y menos espacio vacío.

Cada ciudadano europeo genera más de 180 kilos de residuos de envases al año, una cifra que continúa aumentando y que equivale aproximadamente a un tercio de los residuos municipales. Además, la Comisión estima que la mitad de la basura marina procede de envases.

Las medidas van, por tanto, bastante más allá de nuestra caja de pizza: habrá objetivos crecientes de plástico reciclado, se impulsarán los sistemas de depósito y devolución, se restringirán determinados plásticos de un solo uso y las empresas deberán ofrecer opciones de reutilización o rellenado siempre que sea posible.

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