Todo buen espectáculo necesita un villano y José Mourinho entendió muy pronto que no tenía ningún problema en interpretarlo.

No siempre era el malo, claro. Pero sabía comportarse como tal cuando hacía falta. Provocar, exagerar, señalar enemigos, proteger a los suyos y conseguir que el siguiente capítulo pareciera imprescindible. Wenger, Guardiola, Benítez, los árbitros, la UEFA, la prensa, Valdano, el Barcelona. Mourinho siempre encontraba a alguien al otro lado.

Por eso su carrera se entiende a veces mejor como una serie que como una simple sucesión de banquillos. Ahora tiene, literalmente, una.

Mourinho, el documental de tres episodios estrenado esta semana por Netflix, recorre casi tres décadas de carrera con el propio entrenador como guía y con una colección importante de invitados: Alex Ferguson, John Terry, Frank Lampard, Didier Drogba o Zlatan Ibrahimovic, entre otros. Se rodó durante dos años y parte de una promesa bastante evidente: entrar en la cabeza de uno de los entrenadores más famosos del fútbol reciente.

El problema es que entrar en la cabeza de Mourinho nunca ha sido sencillo. Sobre todo porque Mourinho lleva veinte años esperándonos en la puerta.

El documental quiere buscar al hombre detrás del personaje, pero termina encontrándose una y otra vez con el personaje. Mourinho explica, matiza, recuerda, corrige. Habla de lo que ganó, de las decisiones que tomó y de las batallas que libró. Hay momentos más íntimos, especialmente cuando aparece la figura de su padre, pero duran poco. Cuando parece que la serie puede abrir alguna grieta, Mourinho vuelve rápidamente a ocupar el plano.

No parece casual. Esa administración de la propia imagen ha sido una de sus grandes especialidades.

Morir como héroe

En El caballero oscuro hay una frase que terminó escapándose de la película y entrando en el lenguaje popular: o mueres como un héroe o vives lo suficiente para convertirte en el villano.

A Mourinho le encaja quizá demasiado bien.

Durante sus primeros años fue el recién llegado que irrumpía contra el orden establecido. Ganó la Champions con el Oporto, aterrizó en Inglaterra declarándose “The Special One”, desafió a Ferguson y Wenger, volvió a ganar Europa con el Inter y construyó alrededor de sí mismo la imagen del entrenador capaz de enfrentarse a cualquiera.

Era provocador, pero todavía resultaba fácil leerlo como el rebelde. Con el paso del tiempo, el mismo personaje empezó a parecer otra cosa. La frontera entre héroe, antihéroe y villano nunca ha sido especialmente estable en la cultura popular. Walter White empieza Breaking Bad como un hombre común al que resulta fácil comprender y acaba convertido en alguien al que seguimos mirando incluso cuando ya no sabemos si queremos que gane. Tony Soprano puede ser brutal, mezquino y manipulador y, aun así, la serie consigue que pasemos años a su lado. Tony Montana convierte su propia caída en espectáculo.

No son personajes admirables en un sentido sencillo. Son personajes magnéticos. 

No porque su historia tenga la gravedad moral de aquellas ficciones, evidentemente, sino porque entendió la misma lógica narrativa: el público no necesita querer a un personaje para querer seguir viéndolo. 

Cuanto más lo silbaban en un estadio rival, más Mourinho parecía Mourinho. Cuanto mayor era el conflicto, más espacio ocupaba. El enfrentamiento no era un accidente que había que evitar. Muchas veces formaba parte de la función. Y eso ayuda a explicar por qué su personaje sobrevivió incluso cuando empezó a ganar menos.

En España lo sabemos especialmente bien. Durante sus tres años en el Real Madrid, Mourinho consiguió algo bastante difícil: que la semana tuviera más partidos de los que marcaba el calendario. Estaba el del fin de semana y luego estaban sus ruedas de prensa, sus encontronazos, los Clásicos, las relaciones con el club, las discusiones sobre los árbitros y las respuestas que después alimentaban durante horas la radio y la televisión.

Uno podía estar de acuerdo con él o detestarlo. Lo complicado era ignorarlo.

Ahí el documental encuentra su mejor material, pero también su mayor límite. Porque buena parte de lo que cuenta ya fue contado por Mourinho en directo. Durante años. Y cuanto todos éramos más jovenes, más guapos y más felices.

Quizá un documental completamente revelador sobre Mourinho fuese imposible porque el Mourinho público dejó hace mucho tiempo de ser una máscara que uno pudiera quitarse con facilidad. Pero quizá pedirle eso a Mourinho sea no haber entendido del todo a Mourinho. Su gran obra paralela nunca fue esconder al hombre que había detrás, sino conseguir que dejáramos de preguntarnos demasiado dónde terminaba el hombre y empezaba el personaje.

De ahí que este documental pueda verse como una especie de acto final lógico. Un entrenador que pasó veinte años convirtiendo su carrera en episodios acaba protagonizando una serie sobre sí mismo. Y cuando por fin le conceden varias horas para explicar quién es, hace lo que lleva haciendo desde aquella primera rueda de prensa en Inglaterra.

Controla el relato. Después de todo, el villano también quiere decidir cómo termina la película.

 

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