Pocas huellas han llegado hasta nuestros días del desconocido campo de la isla de Saltés, en Punta Umbría (Huelva). En este paraje de marineros, cercado de alambradas, estuvieron condenados como mano de obra esclava, más de 3.000 presos republicanos en 1939. Rafael Moreno, periodista onubense, autor del libro “Perseguidos”, habla del maltrato a estos prisioneros de guerra, en este campo de clasificación, donde “soportaron unas condiciones de vida durísimas, hambrientos, sin techo donde guarecerse del sol de plomo del verano, de las lluvias y la humedad”, aclara. El historiador José Luis Gutiérrez apunta que llegaron a la isla “varios miles de presos republicanos del frente catalán. Una vez clasificados según su origen, procedencia y peligrosidad se le daba traslado a un lugar o a otro”. “Desafectos al régimen”. Así quedaban calificados por el orden general de clasificación del gobierno de Franco, la mayoría de presos de Saltés. Moreno destaca que “los afectos iban a las trincheras franquistas, los desafectos pasaban por un juicio militar sumarísimo con resultado de largas condenas de cárcel o muerte y los calificados como dudosos condenados a trabajos forzosos y batallones de trabajadores”. Los informes, redactados en el campo, llevaban como anexos información sobre los presos, que “eran emitidos por los nuevos ayuntamientos, las juntas locales de Falange, presidentes de entidades patrióticas de solvencia, la Guardia Civil y el cura”. CONDICIONES INHUMANAS Estos presos vivían en la más absoluta miseria y cobraban dos pesetas al día como mano de obra esclava, a la que el Estado descontaba 1,50 pesetas para su mantenimiento. Sin embargo, Moreno señala que “estaban condenados al hambre y al frío, a la sed y la desesperanza”. La poca documentación que existe sobre el campo no permite conocer con certeza el número de represaliados que murieron en estas condiciones, afectados por “ataques de piojos, chinches y todo tipo de insectos”. Otro dato curioso en la investigación realizada por el periodista era la tipología de enseres que se usaban en este campo. “Las conchas de la playa se utilizaban como cucharas, improvisados vasos y como pinchos”. Así lo rememoraba Jacinto Jiménez del Villar. En 1937, sus padres eran propietarios de una pequeña tienda en este pueblo, a la que acudían pescadores de la zona. La carencia de alimentos llegó a tal extremo que los militares, encargados de la supervisión del campo, alertaron a los vecinos de la grave situación que estaban viviendo aquellos hombres, por lo que recurrieron “a la población para que literalmente no se les murieran de hambre los cautivos”, apunta Moreno. Gregorio Jiménez, alcalde de Punta Umbría en los años 80, tenía solo doce años cuando vivió en primera persona “cómo numerosas familias del pueblo marinero comenzaron a organizarse para intentar ayudar a la legión de hambrientos que veían desde sus casas”. Gregorio relata cómo las mujeres del pueblo tomaron la decisión “de atravesar la ría en botes y acercarse al campo de prisioneros”. Entre aquellas valientes se encontraba Isabel Hernández Martínez, quien a sus 88 años recuerda cómo se acercaba al campo a llevar comida si la marea lo permitía y desobedeciendo las órdenes de su padre. En una ocasión, pudo ayudar a un preso francés, al que le lavó su ropa en varias ocasiones y al que le llevaba comida. A pesar de tener memoria octogenaria, recuerda detalles cómo “los piojos que salían de los pliegues de su ropa” y el fango que tenía que atravesar para llegar a la puerta del campo en la isla. El historiador José Luis Gutiérrez, resume la historia de Saltés como un “un tétrico lugar de clasificación”, donde no solo hubo trabajo, también miseria, hambre, y colaboración de una población solidaria que aún tenía capacidad de lucha, a pesar de los malos tiempos.