Asistimos al tramo final de la partida entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias: una timba en la que lo más escalofriante para los parroquianos que la contemplan es el contraste entre lo mucho que está en juego y lo poco que separa a los jugadores.

Ambos se están jugando algo tan trascendental como si hay o no hay Gobierno progresista en el país y lo que lo que los separa de ese objetivo resulta ser algo tan banal como si ese Gobierno es interno, externo o mediopensionista.

Hasta ahora, quien ha demostrado más habilidad con las cartas es el inquilino del palacio presidencial enclavado en el distrito de Moncloa-Aravaca, aunque habrá que esperar al final de la partida para emitir un juicio definitivo.

Pedro Sánchez tiene fama de ser un jugador largo, lento, pragmático, ambicioso, un tipo frío que sabe ocultar sus cartas: virtudes todas ellas secundarias, ciertamente, pero muy apropiadas y aun imprescindibles para un buen gobernante.

Iluminado por una brillante aureola de victorias imposibles, Sánchez se parece un poco al Napoleón pintado por Chateaubriand: “Napoleón se cree siempre lo que desea, piensa que podrá dirigirse a Rusia, después de haber acabado de someter a España en cuatro meses…”.

Más tarde, en sus ‘Memorias’, el insigne prisionero de Santa Elena reconocería que en la invasión de la Península “la inmoralidad debió de mostrarse demasiado patente, la injusticia de manera demasiado cínica (…) Este paso me perdió (…) porque la agresión se presentó descaradamente al desnudo, carente de todo lo grandioso y del gran número de buenas obras que me proponía realizar”.

¿De producirse finalmente, será para Sánchez la repetición de las elecciones lo que fue para Bonaparte aquella “desafortunada guerra de España” que acabó con su “buen nombre en Europa”? ¿Lo será para Iglesias? ¿Napoleón en Aravaca? ¿Bonaparte en Galapagar?

Más allá de que determinemos en su momento “quién es más de culpar/aunque cualquier mal haga”, el desacuerdo entre el PSOE y Podemos en esta crucial partida de España sería un desenlace de alto riesgo para los dos jugadores, pues a estas alturas de nuestra experiencia democrática como país hasta el que menos entiende de política calcula que cuando dos no se ponen de acuerdo –sobre todo si en lo que no se ponen de acuerdo es en algo tan trivial como ‘si son galgos o podencos’– es porque no quieren.

Digamos que sí, que Sánchez e Iglesias tienen perfecto derecho a no querer ese entendimiento por el que claman sus votantes por estimar que el precio a pagar por él sería demasiado alto, pero en tal caso esos mismos votantes quedarían a su vez autorizados a castigar como estimaran conveniente la ‘patente inmoralidad’ de ambos por haber despreciado ‘el gran número de obras’ que podrían haber realizado juntos en beneficio de las indignadas mayorías que confiaron en ellos.