Han sido las blancas manos de Mercedes Alaya las que, pretendiendo propinar en medio de la plaza pública una rabiosa bofetada a su sucesora en el Juzgado 6 María Núñez Bolaños, han acabado asestándosela en pleno rostro a su propia dueña. Alaya ha perdido el caso de los ERE por soberbia procesal, por obsesión personal, por falta de distancia, por pérdida de ecuanimidad. Ella misma se puso el dogal al cuello cuando rechazó la razonable propuesta de división del trabajo formulada por el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía y, no contenta con esa división, decidió temerariamente trufar su recurso contra la misma con frases tan deliberadamente insultantes y adjetivos tan inequívocamente ofensivos hacia Núñez Bolaños que no dejó más salida al TSJA que apartarla del caso, pues a su vez la magistrada ofendida había sostenido en otro escrito que no necesitaba –quería decir 'no quería'– a Mercedes Alaya en su juzgado, del que Bolaños es ahora titular. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]FLOR DE SANTIDAD EN EL JUZGADO 6[/cita] Esto escribió Alaya de su compañera, o más bien habría que escribir ‘compañera’, y en ese momento superior jerárquica: “Las máximas de seriedad y rigor necesario no se dan en María Ángeles Núñez frente a la experiencia y los resultados que humildemente, pero también de manera innegable, avalan mi trayectoria”. Eso no significa, sin embargo, que Núñez Bolaños sea necesariamente una santa, pues precisamente después de que el TSJA aceptara la comisión de servicio de Alaya y le encomendara no todo lo que ella pedía pero sí la instrucción de los ERE, después de eso Bolaños decidió trocear el caso, lo que para Alaya fue casus belli. ‘No pongas tus sucias manos sobre mis ERE’, pareció decirse despechadamente Alaya. Y dicho y hecho: replicó entonces con el escrito de marras que a la postre ha sido su árbol del ahorcado. Ahora bien, hay una diferencia crucial entre la conducta de una y otra jueza. La decisión de Bolaños de trocear la causa fue puramente jurisdiccional, una medida profesional, técnicamente impecable pues era compartida y venía siendo solicitada desde mucho tiempo atrás por la Fiscalía Anticorrupción, el TSJA y el propio Tribunal Supremo. ¿Podía Bolaños no haber tomado esa decisión que tanto encabritó a Alaya? Podía, seguramente, pero tenía todo el derecho a tomarla. Lo tenía y se lo tomó, pero Alaya interpretó esa decisión profesional como si fuera una ofensa personal. Y no lo era. Mejor dicho: que lo fuera o no lo fuera era irrelevante; lo único relevante es si era legítima y si era legal, y era ambas cosas. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]EL TENEBROSO RESPLANDOR DE LA HISTORIA[/cita] A Mercedes Alaya la ha cegado el resplandor –judicial, mediático, político, conjeturalmente histórico– de su propia instrucción. Parece haberle pasado como a esos audaces e irrelfexivos políticos que deciden por su cuenta y riesgo dejar de hacer política para ponerse a hacer historia. ¿Quería Alaya hacer justicia o hacer historia? Seguramente ambas cosas. Seguramente lo que le sucedió es que no supo separar una cosa de la otra. Su empecinamiento en que la causa era inescindible llegó a ser algo más que una posición doctrinal: parecía una obsesión personal. Es como si Alaya estuviera convencida –fanáticamente convencida, se diría– de que si la causa era troceada jamás se haría justicia. El problema es que, defensas aparte, solo ella era de esa opinión; el problema es que ese enfoque procesal suponía eternizar la instrucción quién sabe por cuántos años más; el problema, en fin, es que al sostener tan obcecadamente que la malversación de fondos públicos fue posible por –y solo por– la decisión política de utilizar un procedimiento administrativo que según ella era delictivo, su instrucción judicial pareció a los ojos de muchos una instrucción política. Y no era, piense lo que piense el Partido Socialista, una instrucción política: podía ser –sobre todo en este aspecto concreto de la inescindibilidad– una instrucción equivocada, y así lo creían de hecho la Fiscalía o el TSJA, pero no una instrucción política. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]PIERDE ALAYA, NO LA JUSTICIA[/cita] Tal vez lo que, quién sabe si de manera inconsciente, irritó tan desaforadamente a la magistrada fuera eso, que dividir la causa en distintas piezas o pasar la instrucción a manos de otro juez podía evidenciar justamente lo que Alaya más temía: que su instrucción era equivocada. No equivocada toda ella pero sí equivocada en su hipótesis principal: la de que hubo, como ella misma resumía en su escrito al Supremo, una “subversión normativa y procedimental” y que dicha subversión, si duda deliberada, “determinaba presuntamente que las ayudas, en gran parte de los casos, terminaran en manos de personas y empresas próximas al entorno de los sindicatos, de cargos de la Junta de Andalucía o del PSOE andaluz”. ¿Y ahora qué? Pues que seguirá instruyéndose la causa, ahora por el juez en comisión de servicio desde hace dos años en el Juzgado 6 Álvaro Martín y, lo principal, que el caso no se alargará indefinidamente. Con este desenlace ha perdido Alaya, pero no la justicia. ¿Y ésta, la justicia, ha ganado? Está por ver, pero lo más probable es que sí. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]'CRÉENOS, LAS NECESITAS'[/cita] Como esos policías de las películas que se obsesionan demasiado con un caso hasta el punto de llevárselo a casa, no separarse nunca de él y desconfiar de cualquier compañero que decida husmear en lo que ya no es un caso policial más, sino que es ‘su caso’, el más importante de toda su carrera, de forma que el comisario jefe se ve obligado a relevarlo del mismo, Mercedes Alaya se obsesionó con el caso los ERE, el más importante de su carrera, se lo llevó a casa, desconfió de quien pretenderá husmear en él y finalmente sus superiores se ha visto obligados a relevarla. Por el bien de la justicia y tal vez por el bien de la propia Alaya. En las películas, el jefe le dice al exhausto policía: ‘Muchacho, tómate unas vacaciones; créeme, las necesitas’. Algo así ha venido a decirle el TSJA a Alaya sin decírselo: ‘Buen trabajo, compañera, pero tómate unas vacaciones; créenos, las necesitas. Las necesitamos’.