Al menos desde los tiempos del rey Lear, siempre ha pasado. Le pasó a Nicolás Redondo con Cándido Méndez. A Marcelino Camacho con Antonio Gutiérrez. A José María Aznar con Mariano Rajoy. Le pasó a Eduardo Zaplana con Francisco Camps. A Francisco Camps con Alberto Fabra. A Manuel Chaves con José Antonio Griñán. A José Antonio Griñán con Susana Díaz. Y, por supuesto, le ha pasado a Susana Díaz con Pedro Sánchez. Siempre pasa. Alguien accede a un cargo gracias a otra persona a la cual ya no tiene por qué obedecer o rendir cuentas cuando ocupa su nuevo destino, de manera que, sencillamente, decide no hacerlo, con lo cual aquel que, en teoría generosamente y por el bien de España y la Humanidad, le entregó las llaves del reino se siente traicionado. ¿La prueba? De todos los citados más arriba, quizá con la excepción de Griñán con respecto a Díaz, ninguno ha dejado antes o después de arrepentirse de haber designado a ese heredero que designó o haber facilitado el cargo a quien lo facilitó. Tienen toda la razón en arrepentirse: sus sucesores nunca estuvieron a la altura de lo que sus patrocinadores esperaban de ellos; pero es que si lo hubieran estado no habrían merecido la herencia. De lo que no quieren darse cuenta los decepcionados patrocinadores es de que habría ocurrido lo mismo con cualquier otro sucesor. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]EL VUELO SOLITARIO[/cita] Esa ley histórica también se ha cumplido en el caso de Pedro Sánchez y Susana Díaz. El primero es secretario general gracias a ella, pero poco muy tiempo después de acceder al cargo decidió volar solo. Lo de menos, a estos efectos, es si la trayectoria de su vuelo es correcta o equivocada. Su patrocinadora siempre tenderá a pensar que el solitario vuelo de Pedro Sánchez es un vuelo erróneo. Desde luego, es un vuelo de alto riesgo, pero en eso consiste atreverse a liderar un partido en el peor momento posible. ¿Ha cometido Pedro Sánchez algún error irreparable desde que es secretario general? No, que sepamos. ¿Ha tenido broncas con Susana Díaz? No lo sabemos al cien por cien pero apostaríamos cualquier cosa a que las ha tenido y gordas (como la habida a propósito de Chaves y Griñán), pero se trataría, en cualquier caso, de broncas intrascendentes: importantes para ambos, pero irrelevantes para los ciudadanos. Y también, por supuesto, para los militantes, que ni saben lo que está pasando entre Sánchez y Díaz ni les interesa demasiado saberlo. Lo que quieren es que su partido se recupere y eso solo puede hacerlo desde la unidad. La ley de hierro de la unidad, cuyo incumplimiento es letal para cualquier partido, opera a favor de Sánchez. Si administra esa ley con tacto y sin arrogancia, puede llegar a presidente del Gobierno. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]MEMORIAS Y OLVIDOS[/cita] El error de Díaz es no haber olvidado que Sánchez le debe el cargo y el error de Sánchez es haber olvidado que se lo debe. Pero se trata de una memoria y un olvido estrictamente personales. Tan estrictamente personales que no pueden condicionar al Partido Socialista, sobre todo teniendo en cuenta sus buenas perspectivas electorales en la jornada de este domingo. Ciertamente, un gran fracaso federal mañana debilitaría a Sánchez, pero nadie prevé ese gran fracaso: tampoco un éxito arrollador, pero sí un éxito lo bastante asesado y esperanzador como para mantener, de cara a las generales, encendida una antorcha de la victoria cuyo único portador solo podría ser Pedro Sánchez. Mientras tanto, la pregunta de si Sánchez tiene o no tiene madera para el cargo de secretario general del PSOE está todavía respondiéndose. De Susana sabemos que la tiene, sí, pero sabemos también que Pedro llegó antes, lo cual puede que no sea un mérito, pero es desde luego una ventaja, y en política nadie desaprovecha una ventaja porque si lo hiciera todo el mundo sabría de inmediato que el tipo nunca tuvo madera para la política.