Si hay algo sobre lo que deberíamos elogiar a Podemos es la inteligencia de sus dirigentes. No es ningún secreto que la formación politológica de sus fundadores y su conocimiento de los secretos del marketing político son el punto fuerte de sus currículum y gran parte de la materia sobre la que han dedicado sus investigaciones. Son, ante todo, pensadores, teóricos que han sabido aplicar el mismo trazo metodológico de sus textos académicos al cráter populoso de la calle. A diferencia de otros líderes, ellos miden milimétricamente su discurso, sus silencios, los tiempos. Y cualquier atisbo de sigiloso despiste tan frecuente entre los políticos, es extraño que no esté extremadamente calculado, medidas sus consecuencias, contadas sus repercusiones . La marcha del pasado sábado en Madrid así lo corrobora. Ellos tienen el pulso de la calle, y lo demostraron llenando el centro de la capital con cientos de miles de ciudadanos cargados de ilusión, abrazados a la esperanza del cambio. Porque su patrimonio es, precisamente, los adoquines desgastados de las plazas, que hoy vuelven a recuperar el aliento de cánticos olvidados, de reivindicaciones postergadas. Y sería un error darle la espalda a este mérito histórico. Sin embargo, es tan calamitoso ignorar el clamoso apoyo de la formación, como no medir con la distancia suficiente cada gesto o palabra de sus líderes cuando precisamente el lleno de las calles no se corresponde con un conjunto de ideas concretas que lo sustenten, que le de forma. EMOCIONES Y PROPUESTAS Una emblemática Puerta del Sol abarrotada pudo haber sido el momento idóneo para que Iglesias y su equipo detallaran sus reivindicaciones, las llenaran de contenidos, esbozaran propuestas lanzando un órdago así a los que critican su vacuidad, y a los que esperan ansiosos un contenido detallado para despejar dudas, ponerse la camiseta morada y unirse al compás del cambio que anuncian. Por el contrario, prefirieron elaborar un lenguaje retórico, más estético que político, más emotivo que programático. Pero siguiendo esa afirmación wittgensteiniana de que estética y ética son lo mismo, no cabe duda de que bajo el manto sísmico de lugares comunes y canciones intergeneracionales, sí hubo un mensaje, tan rotundo como vertiginoso. Podemos quiso el sábado exhibir su verdadero logro: han sabido articular una indignación heterogénea e indefinida, politizándola hasta convertirla en un movimiento único, amplio, divergente, pero con líderes concretos y con una finalidad concreta: llegar a la Moncloa, expulsar a la mafia de las instituciones, que dirían ellos. LA ALEGRÍA COMO ARMA POLÍTICA Y el mensaje, y también el método, fue precisamente convertir esa indignación en alegría. "Antes estábamos indignados, ahora estamos alegres", gritaba Monedero al comienzo de su intervención para sacudirse después de un coro al grito de "somos mayoría, somos alegría". Ya no estamos indignados, estamos alegres. La utilización retórica de la alegría fue y es, más que un recurso estético, el nuevo eje de su lenguaje político: un espacio tan ambiguo como incluyente, extenso pero claro, enormemente atractivo y cómodo. Algo que por otro lado no es nada nuevo. Como brillantes politólogos, conocen a la perfección aquella histórica y revolucionaria campaña del "No" en el referéndum de Chile de 1988 en el que los chilenos decidían entre perpetuar en el poder a Pinochet o dejar paso a elecciones democráticas; y con ello, a un proceso constituyente. Pues bien, la campaña del no -no votar a Pinochet y apostar así por la democracia- se articuló en torno a la defensa de la alegría de los chilenos, que tanto fango habían tragado suciamente durante décadas. Basaron su campaña, más que en el propio contenido de sus propuestas, en una defensa de la alegría, y en el convencimiento de que esa alegría vendría a través de un proceso constituyente, a través del cambio. Y por ello utilizaron una melodía, convertida en todo un himno -Chile, la alegría ya viene; Chile, la alegría ya viene- tan pegadiza y exitosa que incluso se ha dicho que era tatareada por aquellos que apoyaban la campaña del sí. Antes del plesbicito, se llevó a cabo la "marcha por la alegría", que se desarrolló durante días con miles de personas concentradas en las calles. Y el "no" salió finalmente victorioso. Una victoria democrática, sí. Pero también un éxito de marketing político, indudablemente. PODEMOS SÍ TIENE PATRIA Pero junto a la defensa de la alegría, el discurso de Pablo Iglesias sorprendió por las referencias históricas y las repetidas menciones a la patria. Su analogía entre la marcha del sábado con el levantamiento popular del pueblo de Madrid el dos de mayo de 1808 trazando así una línea histórica que culminaba, precisamente, en ese acto y en esa plaza, era, como mínimo, sorprendente. Más cuando eso de la patria se trata de un tema tan tabú para la izquierda, de donde muchos entendemos que surge el germen de este movimiento. Porque Iglesias habló de patria, pero no de la patria-marca, sino de la patria de los valientes, la patria del pueblo, la de los de abajo. “Nosotros amamos nuestro país, que hunde sus raíces en la lucha por la dignidad", gritó Iglesias. Una deriva lingüística inusual en sus discursos, pero que provocó el aplauso clamoroso de miles de ciudadanos. Quizás Podemos vea en la disputa por la patria -patrimonio de la derecha- una oportunidad para ganar posición, para captar sensibilidades, para ampliar su ya enorme y diariamente ampliado círculo de electores en potencia. En cualquier caso, ellos saben lo que hacen y por qué lo hacen. Y funciona. EN CLAVE ANDALUZA Porque ningún paso es en falso. Como no lo fue el ligero despiste hace unos días de Luis Alegre, secretario de participación interna del partido, cuando afirmaba que "Andalucía no es una Comunidad Autónoma en la que tengamos expectativas de acceder al Gobierno en estas elecciones". Pudo no emplear las palabras adecuadas, balancearse en un sencillo ejercicio de sintaxis. Pero sabía lo que decía. Cada vez es más evidente que se ha ido tejiendo una disputa en el seno de Podemos, que se extiende transversal hasta expandirse por todo el cuerpo que lo forma. La estrategia de convertirse en un partido catch all (atrápolo todo) acariciando la centralidad política como instrumendo para llegar a la Moncloa los ha coronado en las encuestas, pero también ha desilusionado a muchos a quienes les deben el soplo y la fuerza con la que nació el movimiento. Iglesias afirma que busca la unidad, aunque en la práctica signifique apartar a un lado a los críticos con las directrices dictadas desde Madrid. Y es lo que ha pretendido en la construcción de las candidaturas en las municipales. Las tensiones en Podemos Madrid entre las candidaturas de Miguel Urbán y la de Luis Alegre -candidato de Iglesias- para formar el Consejo Ciudadano de la Comunidad no son ningún secreto. Tampoco que junto al primer candidato se presentan activistas y ciudadanos criados o apoyados por Izquierda Anticapitalista -el propio Urbán fue cabeza de lista de IA por Madrid en las últimas elecciones generales-. Ese es también el origen de Teresa Rodríguez, cuya excesiva autonomía en el programa y el discurso para las elecciones andaluzas podría peligrar esa estrategia de la centralidad que está funcionando en el partido, como avala así la encuesta del CIS publicada ayer donde sitúa a Podemos como el segundo partido en intención de voto, relegando al PSOE a un triste y vergonzoso tercer puesto. Todo indica que la campaña andaluza estará muy controlada desde Madrid. EL PRECIO DE LA CENTRALIDAD Pero, ¿a costa de qué funciona esa estrategia? El interior de Podemos, el de los barrios y las plazas, es un territorio apasionante, tejido de esperanzas hilvanadas con la extraña fuerza de los que saben ir a pie. Los versos de León Felipe entonados por Monedero el pasado sábado logran su democrático esplendor en la ilusión de los miles de ciudadanos que trabajan cada día en los círculos donde la ilusión morada desplazó a la incertidumbre. ¿A costa de qué sirve esta estrategia, a costa de quiénes? Un día después de la marcha, un joven de Podemos, cercano a la candidatura de Urbán                 en Madrid criticaba el giro del discurso de Iglesias y aceptaba el fuerte control que ejerce la dirección nacional para controlar las candidaturas para asegurar el mantenimiento de esta estrategia. Preguntado si se sentía traicionado, afirmó: "Traicionado no, pero sí desilusionado". Preguntado entonces por qué sigue en el partido, contestó rotundo "porque es donde está la gente, donde está la movilización social, y yo quiero estar con la gente. Por eso muchos círculos en Madrid queremos dejarnos la piel en la candidatura de Urbán frente al candidato de Iglesias. Es nuestra última batalla". TOCANDO EL OLIMPO El poeta y político mexicano Jaime Sabines escribió una vez que "existen dos tipos de poetas modernos: aquellos, sutiles y profundos, que adivinan la esencia de las cosas y escriben: Lucero, luzcero, luz Eros, la garganta de la luz pare colores cóleros, etcétera, y aquellos que se tropiezan con una piedra y dicen “pinche piedra”. Los primeros son los más afortunados (...) De ellos es el Olimpo que en estos días se llama simplemente el Club de la Fama". Iglesias ha acariciado ese Olimpo que en política se llama encuesta electoral. Pero en el camino está sembrando dudas, incoherencias, e incluso desilusiones. Ambas direcciones, la del Olimpo y la de la piedra, como en la poesía, parecen incompatibles, o al menos no funcionaría en la cocina de las encuestas. Pero solo en una de ellas los versos de León Felipe se sienten dignificados, si es que en algún momento fue esa la pretensión de Monedero. Podemos ya tiene la alegría y la corona en las encuestas. Ahora falta conseguir una alegría no impostada, que la esperanza de los barrios no se desdeñe maquillada de retórica vacua si pretenden ser justos con los gritos de las ciudades y los adoquines de sus plazas. Si pretender ser justos, claro. Lo que ocurra en el sur, como siempre, nos sacará de dudas.