José Sojo Castellano tuvo un destino trágico. Un destino marcado primero por la guerra, luego por el error y finalmente por el olvido. Ni siquiera ha quedado alguna imagen suya que permita poner cara y fisonomía al hombre dejó España persiguiendo unos ideales de los cuales sería víctima hasta su muerte, ocurrida medio siglo después. Solo un novelista con mucha imaginación podría haber ideado su vida y su destino: huyó de la España franquista por la más extravagante de las vías, alistándose a la División Azul con el secreto propósito, una vez llegado a Rusia, de desertar e incorporarse al Ejército Rojo. Con lo que no contaba el veterano comunista sevillano era con que los soviéticos jamás creyeron su historia: lo tomaron por un espía y se pasó la vida de cárcel en cárcel hasta que su rastro se pierde en un remoto manicomio de Georgia. Sojo vivía junto a su mujer, Dolores Domingo, en el municipio sevillano de Casariche cuando estalló la Guerra Civil en el verano de 1936. “Ante la llegada de los golpistas de forma sangrienta al pueblo, José y su mujer deciden marcharse a zona republicana”, cuenta el historiador José María García Márquez, autor del libro ‘Las víctimas de la represión militar en la provincia de Sevilla’. En pocos meses, José consigue ascender de rango dentro del ejército republicano, llegando a ocupar el oficio de teniente, a lo que seguramente ayudó su militancia en el Partido Comunista. DE CÁRCEL EN CÁRCEL “Tras ser detenido al final de la guerra, pasará por varias cárceles de toda la geografía nacional”, apunta Márquez. El combatiente republicano estuvo internado en la prisión de Toledo-Lavadero, el campo de concentración de Sanlúcar la Mayor y las prisiones de Sevilla, Rota, Palencia y Madrid. En 1941 José se encuentra de nuevo en libertad y decide volver a su lugar de origen, Casariche, pero solo unos días después se traslada hasta Granada, donde va a visitar a su hermano. La España de la posguerra irrita profundamente a Sojo, que es un hombre de fuertes convicciones izquierdistas, por lo cual decide seguir luchando, cueste lo que cueste. “José –relata el historiador– tiene la idea de alistarse en la División Azul, donde desertaría para pasarse a las filas de los soviéticos: su sueño era contribuir a la implantación del comunismo en España”. Cabe recordar que entre 1941 y 1943 viajaron hasta la lejana Unión Soviética más de 50.000 soldados españoles para incorporarse al Ejército alemán que combatía a Stalin y en cumplimiento del compromiso de Franco con Hitler, cuya ayuda militar a los fascistas españoles había sido decisiva para el triunfo sobre los republicanos. UN LARGUÍSIMO CAUTIVERIO El destino le jugaría, sin embargo, a Sojo una mala pasada, ya en el sitio de Leningrado. “Los soviéticos no entendieron la maniobra de Sojo de pasarse al otro bando y lo tomaron como un espía, pasando un larguísimo cautiverio en los campos de concentración soviéticos”, explica Márquez. En los años 41 y 42 estuvo el campo número 99, de donde pasaría al primero campo numero 58, luego al 256, 270… En el año 1954 se pierde su pista, que no vuelve a reaparecer hasta los años 90. Dolores Domingo, su mujer, se pone en contacto con el historiador García Márquez en los 90. Le cuenta que su marido continúa en la antigua Unión Soviética, concretamente en un sanatorio mental de Tiblisi (Georgia). Márquez conjetura que “aquellas terribles condiciones de vida y de reclusión pudieron conducir a José a verdaderos estados de ansiedad, provocándole episodios de locura”. Nunca lograron sacarlo con vida de aquella terrible reclusión. Ni a saber con precisión la fecha de su fallecimiento. De hecho, a día de hoy no se tiene certeza de que, tras su muerte, los familiares llegaran a reclamar los restos del infortunado José Sojo. VIUDA DE GUERRA “La mujer de José me escribió para pedirme ayuda para lograr la indemnización como viuda de guerra”, recuerda Márquez. Sin embargo, era imprescindible que el familiar hubiera pasado más de tres años en cárceles españolas y José no cumplía ese requisito. Dolores no pudo cobrar nunca aquella paga, y ello a pesar de que su marido pasó más de la mitad de su vida en los campos de concentración soviéticos. No hay mucha más información sobre la vida y los orígenes de Sojo. En el propio Ayuntamiento de Casariche no han logrado recabar ningún tipo de documento sobre este vecino. Mucho menos la idea de recibir un reconocimiento. “El padrón –comentaba una funcionaria a Andalucesdiario.es– lo tenemos informatizado solo desde los años 90 y en la actualidad sería un verdadero trabajo de investigación encontrar la ficha de padrón de alguien que no se encontraba en el municipio desde 1936”. El último y definitivo golpe asestado por el cruel destino a José Sojo Castellano ha sido, pues, el olvido.